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Entre la novela y la realidad

Viernes 25 de agosto de 2017
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Si una buena novela es atrapante, con frecuencia la gestación de una idea genial puede rivalizar con los mejores argumentos de ficción. Remontar las huellas que condujeron a ese parto, extenuante y dionisíaco, a esa revelación jamás alcanzada, es una aventura intelectual que acelera el corazón.

El físico y escritor Arthur I. Miller lo logra de modo magistral en Einstein y Picasso (Tusquets, 2007), donde investiga cómo ambos genios abrevaron a principios del siglo XX en las ideas del matemático Henri Poincaré sobre el espacio y el tiempo. Picasso metabolizaría esa visión en el cubismo, y Einstein, en la Teoría de la Relatividad.

Un caso asombroso es el que se da cuando varios talentos conciben teorías similares casi al mismo tiempo, pero de modo independiente. En los capítulos iniciales de El gen. Una historia personal (Debate, 2017), Siddartha Mukherjee recupera dos ejemplos notables de esta coincidencia: el de Darwin y Wallace, y el de Mendel, Hugo de Vries, Carl Correns y Erich von Tschermak-Seysenegg.

La historia de cómo Darwin desarrolla la teoría de la evolución es conocida. En 1831, tras intentar estudiar medicina y prepararse para ser pastor anglicano, el naturalista en ciernes se embarca en el HMS Beagle para dar la vuelta al mundo. Durante el viaje de cinco años, pasa por el archipiélago de las Galápagos, donde llaman su atención unos pájaros cuyos subtipos eran endémicos de una sola isla. Al regresar, comprende que eran trece variedades de pinzones y que "era como si cada sitio hubiera producido su propia variante (...) -explica Mukherjee-. ¿Y si todos provinieran de un ancestral pinzón común?" La respuesta de Darwin a esta pregunta, formulada en 1839, fue que cuando los animales se reproducen generan variantes y que, como los individuos compiten por recursos escasos, sobrevive la mejor adaptada al entorno.

Pero hete aquí que el sabio inglés no envió a la imprenta su manuscrito y años después, en 1855, el joven Alfred Russel Wallace (que también había hecho un viaje por mar y remontado el Amazonas) publicó en Annals and Magazine of Natural History un artículo que ¡llegaba a las mismas conclusiones!

La de Mendel es otra trama de novela. Tras fracasar repetidamente en exámenes de biología, este monje agustino dedicó ocho años a sembrar arvejas y analizar qué ocurría cuando las cruzaba. En el jardín de su monasterio produjo veintiocho mil plantas y casi cuatrocientas mil semillas, y anotó puntillosamente los resultados. Su experimento mostraba que la herencia sólo podía explicarse por la transmisión de unidades de información discretas (que hoy llamamos "genes"). Publicó sus hallazgos en una revista de Brno, pero fueron cubiertos por el polvo del olvido durante casi cuatro décadas.

A fines del siglo XIX, el joven holandés Hugo de Vries, interesado por las variantes vegetales extrañas, reunió un vasto herbario de "monstruos". Cuando las cruzó con plantas normales, vio que los rasgos alterados no se mezclaban y publicó un artículo titulado "Monstruosidades hereditarias", en el que argumentaba que cada rasgo provenía de una única partícula de información. Cuál no sería su desilusión cuando un amigo le envió el viejo trabajo en el que Mendel se le había adelantado. Aunque no fue el único. Ese mismo año, un botánico de Tubinga, Carl Correns, y otro de Viena, Erich von Tschermak-Seysenegg, publicaron sendos estudios que recapitulaban los resultados de Mendel.

Al margen: dos datos muy pintorescos ilustran la miopía que a veces rodea los grandes hallazgos. Después de que Darwin y Wallace presentaron sus conclusiones en la Sociedad Linneana, el presidente de ese foro científico opinó "que el año anterior no se había producido ningún descubrimiento de relieve". En cuanto a Mendel, su artículo sólo fue citado cuatro veces entre 1866 y 1900. Hoy es un gigante de la historia del conocimiento.

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