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No al Mundial 2030

Viernes 25 de agosto de 2017 • 01:19
PARA LA NACION
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Amo el fútbol. Lamentablemente nunca tuve el talento necesario para destacarme ni ser respetado en una cancha. Pero aprendí a leer con las páginas deportivas (y la de chistes) de este diario centenario, que era el que comprábamos en casa. Con El Gráfico me convencí que el martes era el día del deporte (yo le esperaba en el kiosco de Jonte y Cuenca los lunes por la noche) y lo leía en dosis acotadas para que me durara más. Una rara mezcla de pulsión descontrolada y curiosidad infinita por enterarme de la última lesión o el potencial pase del año me hacía comprar las ediciones vespertinas de Crónica y La Razón. Y luego la Goles, Sólo Fútbol, hasta que por fin llegó el Olé. Lo confieso: es el primer diario que leo cada mañana (junto con el Financial Times).

Amo ir a la cancha. Desde que soy (al menos cronológicamente) adulto, trato de vivir siempre cerca del Monumental, al que voy todo lo que puedo y frente al que paso tan frecuentemente como sea posible (aunque no sea el camino más rápido o directo). Soy fana de River, veo seguido a la Selección, pero me encanta volver ahí porque me recuerda la inolvidable final del '78 contra Holanda, que vi junto con mis viejos justo detrás del arco de los goles soñados de Kempes y Bertoni. Ese día fui feliz y, por primera vez comprendí que podíamos ser competitivos a nivel global si trabajábamos en equipo y potenciábamos nuestra destreza natural (bueno, no la mía precisamente) con entrega y sacrificio. Me encantan los mundiales, tuve la fortuna de ir a un par más. Fascinantes mientras duran. El problema es llenar el vacío de los días (las semanas, meses, ¿años?) siguientes a la inefable eliminación.

Una cosa es amar al deporte más hermoso. Jugarlo lo mejor posible. Competir en torneos internacionales. Ganar cada tanto no vendría nada mal. Pero, ¿estamos en condiciones de organizar un mundial, incluso junto a un socio estable y sensato como el Uruguay? Tendremos ya resueltas en una década las prioridades estratégicas para desarrollarnos como Nación como para invertir tiempo y enorme cantidad de dinero en un evento de tamañas dimensiones? Pongamos foco en los temas de fondo, en consolidar las instituciones y fortalecer los mecanismos de movilidad social ascendente antes de darnos el lujo de albergar a selecciones y turistas de todo el planeta.

Hace muchos años, el secretario de Hacienda de un gobierno militar tuvo la inoportuna idea de criticar públicamente los excesos que sus jefes estaban haciendo con el gasto público. A los pocos días, le volaron literalmente el departamento donde vivía. Por suerte no hubo víctimas fatales. Pero el mensaje fue contundente: se trataba justamente de poner énfasis en la fortuna que sin control alguno estaba mal gastando el Ente Autárquico Mundial '78. No temo que pase eso ahora, aunque corro el riesgo de que mucha gente se enoje conmigo porque crea que los mundiales sirven para acelerar la construcción de infraestructura, modernizar aeropuertos, atraer turismo, fomentar nuevos negocios. Creo que todo eso puede y debe lograrse sin invertir dinero que no tenemos ni tendremos. Pongamos nuestra imaginación y creatividad en cosas que realmente hagan la diferencia.

Es que organizar un mundial cuesta en efecto muchísima plata. Lo mismo ocurre con otros eventos de trascendencia internacional como las olimpiadas. Tal vez los países desarrollados puedan darse el lujo de asignar recursos escasos a tales efectos. Pero, ¿es ese el caso de los países más pobres? Chile hizo un mundial a comienzos de los '60 y se estrelló una década más tarde luego de un largo periodo de inestabilidad y alta inflación; México organizó dos mundiales (1970 y 1986) y tuvo sendos episodios dramáticos doce y ocho años después, respectivamente; nosotros caímos en default en el 82 y tuvimos dos estallidos híper inflacionarios al final de esa década; Grecia, Brasil, Sudáfrica ... no parece haber excepciones a esta regla horrible pero real: para organizar un evento deportivo internacional es un requisito fundamental ser un país desarrollado. Si se pretende evitar descalabros de gasto público, escándalos de corrupción y grandes episodios de desidia, falso nacionalismo y ese hueco sentido del deber cumplido que emerge con los fuegos artificiales de un partido inaugural. Los mundiales no tienen la culpa; son en todo caso eventos que condensan, sintetizan muchos otros problemas previos que en general se profundizan de manera considerable.

Propongo lo siguiente: posterguemos la organización del mundial para cuando salgamos definitivamente de la decadencia, cuando venzamos para siempre la pobreza y la marginalidad, cuando tengamos mejor educación que Suiza y Finlandia, cuando estemos entre los 10 países con mejor índice de desarrollo humano. Hasta entonces, todos los recursos que dilapidaríamos en la organización del mundial de 2030 los usamos para aumentar el presupuesto en Ciencia y Tecnología. Esperamos tanto tiempo, esperemos un par de décadas más. ¿Queremos hacer algo realmente importante con nuestros hermanos uruguayos? Construyamos un puerto de aguas profundas con la colaboración de Brasil y Paraguay. O la Escuela de Gobierno y Política Pública del Mercosur. O clonemos a Enzo Francescoli. Lo que les guste más.

No tiremos la plata, no nos sobra nada.

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