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Platense y la nostalgia de barrio

La infancia marcada por un color y por el espíritu de un club, Platense. Porque de la nostalgia barrial nadie escapa.

Viernes 25 de agosto de 2017 • 15:01
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Por Santiago Llach

Nunca me gustó la nostalgia barrial. Sentía en sus expresiones –libros, películas– una mezcla de decadencia y cursilería que me expulsaba. Pero, promediando la cuarentena, todo lo que pensé y lo que creí y lo que creí sentir entra en revisión y, como quería Marx, se desvanece en el aire. Eso me pasó hace un par de fines de semana, cuando fui a ver a mi sobrina a la muestra de patín del club Platense: en el barrio que me vio nacer, la pared de mis certezas fue demolida por el impulso imperfecto, emocionante y genial del arte amateur.

Ese sábado profundo de julio llovía con la ira de Dios sobre la General Paz. El estadio de Platense se levanta sobre la calle Zufriategui, a esa altura unos metros por encima de la autopista paralela, y mira desde el borde liminar de la Zona Norte a los que van y vienen hacia su destino sudamericano. Cerca, se acuesta el río marrón que le da nombre al club y a la patria, y quizás por eso Platense es uno de los únicos clubes del mundo que tiene camiseta de ese color.

El destino de Platense siempre fue limítrofe. Aunque lo fundaron en el barrio de Recoleta unos muchachos que ganaron unos pesos apostando a un caballo, su estadio estaba en Manuela Pedraza y Crámer, barrio fronterizo de Saavedra. En 1971, el club fue desalojado y cruzó la General Paz. En el último cuarto del siglo XX, el equipo de fútbol se mantuvo milagrosamente en Primera, siempre al borde, hasta que en 1999 se produjo su descenso final.

Mientras llegaba esa noche, vi las gigantografías publicitarias de Messi y de Cristiano trinando al borde de la autopista, y el brillo del agua reflectado en las torres nuevas que transformaron mi viejo Vicente López en otra cosa, en nuestra Miami Beach mirando al camalotal. En aquel Vicente, era común escuchar que el primo de tal, que el ayudante del jardinero, que el nieto de Roberto el bicicletero jugaban en la novena del Calamar: eran nuestros héroes. A mediados de los 80, fuimos con un hermano mío, en bicicleta, a probarnos en las inferiores de Platense. Llegamos tarde a la prueba, y ahí se terminó mi carrera futbolística profesional; mi hermano después llegó a jugar en la Cuarta de Tigre. (Descubro un patrón: llegar tarde. Por esa época también llegué tarde a una entrevista laboral en McDonald’s, y ahí se acabó mi carrera corporativa. Eso es mi vida: llegar tarde. Aunque, vaya paradoja, hoy soy obsesivamente puntual).

Como un sucedáneo de mi Rosario Central, ese amor a la distancia, también en esa época busqué seguir en paralelo a otro club. Platense siempre estaba cerca, así que fui a ver varios partidos en esa canchita que ya conocía porque la visitaba cada vez que jugaba Central. Pero en el fútbol no hay amantes, o al menos no para mí: no hay, no hubo ni habrá nada parecido a Rosario Central.

Este sábado torrentoso y frío, con un hiato de décadas, volví al club descendido y final. Estaba repleto de autos estacionados y tuve que dejar el mío en un hueco, con dos ruedas sobre la vereda y dos en la calle. En la entrada, un señor con sobrepeso me dijo por dónde llegar a la muestra de patín. Fui por un pasillo largo y oscuro, abajo de la platea. Pasé por una canchita de fútbol de salón justo cuando el equipo visitante metía un gol; se escuchó un vamos puto. Seguí y entré en un galpón gigante, lleno de gente. El público: cientos de chicas con plataformas y escotes y chicos con cortes de pelo de futbolistas y chamarras de camuflaje, con celulares enormes; chicos de mi edad, oteando los 50, mi generación, la de los adolescentes tardíos, la de la democracia que no pudo, no quiso o no supo, ejerciendo largamente la paternidad, pero vistiendo para los restos de una guerra que empezó en los años 80.

Y en la pista gigante: la luz y la belleza. Decenas de niñas, solas o en grupos, de 5 a 15 años, empezaron a ofrecer su arte con el patín. Cualquiera de ellas, pensé, haciendo contorsiones a riesgo de tropezón frente a 500 personas, demuestra más valentía en 10 segundos que toda la que yo creí tener en una vida entera de mediocampista aguerrido. La historia de la humanidad estaba ahí: la de la música (de Stravinsky a Shakira, del cante jondo a Rihanna) y la del baile (coreografías generosas que convertían a los cuerpos en algo angélico), pero también la historia, dolorosa y sublime, de aprender a ser mujeres. En ese recinto impensado se dieron la mano por un rato el Gran Arte y la gente común. El show era muy profesional, pero tenía también pequeños errores propios del amateurismo: el arte, como los seres humanos, es encantador porque es imperfecto. Salí y había clareado; la luna brillaba sobre Vicente López.

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