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¿Quiénes fueron los primeros boqueteros de la historia argentina?

En 1631, el muro fuerte de Buenos Aires amaneció perforado y toda la recaudación desapareció; la investigación y el ladrón que pidió que lo ejecutaran pero no lo ahorcaran

Viernes 25 de agosto de 2017 • 11:17
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El primer robo de boqueteros de nuestra historia se remonta al siglo XVII, más precisamente al 16 de septiembre de 1631. En el terreno que hoy ocupa la Casa Rosada se levantaba el fuerte de Buenos Aires, que era un reducto que se había construido con el fin de cuidar a la ciudad del ataque de corsarios y piratas. Esa mañana se descubrió un robo en el fuerte y se lo anunció a los vecinos con un cañonazo.

Los ladrones habían trepado por el muro sur de la edificación y habían perforado la pared de la oficina de la Contaduría, donde se hallaba un cofre de cedro, reforzado con tirantes de hierro más dos cerraduras. Era la caja donde se guardaban los caudales del fuerte. El documento que se labró para conocimiento de la gente de la ciudad decía que los ladrones habían hecho "un boquete en la Contaduría y Tribunal de los Jueces Oficiales de Vuestra Majestad, donde está su real caja y quemado la tapa y robado nueve mil cuatrocientos y tantos pesos a ocho realeo".

Inmediatamente comenzaron las pesquisas con el fin de hallar a los culpables. No tardó en detectarse la ausencia del vecino Pedro Cajal, un chileno de 22 años que vivía en un rancho vecino al convento de Santo Domingo. Las autoridades detuvieron al indio Juan Puma, criado de Cajal, quien aseguró que no sabía dónde podían encontrar a su amo. Fue llevado al calabozo, pero esa misma noche Puma logró fugarse.

El gobernador Francisco de Céspedes envió partidas para atrapar a los sospechosos. Una de ellas recapturó al indio Puma en la costa de San Isidro. Algunos días después, un grupo comandado por el General Orduña encontró a Pedro Cajal oculto entre fardos en una carreta que partía desde Arrecifes. Llevaba parte del botín en una bolsa. De inmediato trasladaron a los dos a Buenos Aires.

Fueron condenados a la horca. Pero Cajal protestó y reclamó cambiar su pena. Solicitó que lo mataran de un garrotazo en la nuca y luego lo decapitaran. ¿Por qué? Tenía derecho a exigir una muerte menos indigna que la horca -y más directa o efectiva- por ser hijo natural de un funcionario que actuaba en Chile. Su reclamo fue aceptado.

El 30 de septiembre de 1631, ambos reos se confesaron y fueron paseados por la aldea porteña, engrillados, para que los vecinos conocieran su delito y su condena. Luego de un par de vueltas, los llevaron al muro del Fuerte, donde Cajal fue muerto de un garrotazo y Puma fue ahorcado. Les cortaron las cabezas y las colocaron en picas, junto a ese muro que habían escalado para cometer el robo.

Del total robado, 2457 pesos jamás aparecieron.

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