Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Robos, hurtos y algo más

Lunes 28 de agosto de 2017 • 00:44
0

Mirna subió de a dos los peldaños hasta su cuarto de la pensión. Eran casi las siete, y aún debía engalanarse para su cita en el café de Flores. Con presteza se quitó los zapatos y el uniforme de costurera y los sustituyó por los tacones y el vestido de chiffon que reservaba para las ocasiones. Descubrió deshilachado el ruedo y no dudó en recurrir al tijeretazo. Tiempo de coserlo no había, pese a tener el oficio.

Se cepilló con furia hasta esponjar el cabello rubio, y formó un bucle con una peineta.

El último toque: el labial rojo caramelo. Recogió el bolsito de brocado que se llevó parte de su miserable salario y bajó también a los saltos, para llegar a tiempo.

El ambiente del café, impregnado de humo y turbio por la rojiza luz del farol de la calle, la recibió con familiaridad. Ella era una parroquiana como los otros, sólo que concurría por una razón muy personal: verlo a él, al pardo Meneses.

El comisario ya estaba encaramado en su taburete junto a la barra. Pedía café cortado con crema y miraba sus manos grandes como peñascos, pensando en quién sabía qué cosas. Era una rutina que ella se sabía de memoria. Él saludaba a quien lo reconocía, inclinando la cabeza sin que se le moviese un músculo de su cara chata.

Mirna pidió una lágrima y se sentó en su propio rincón de siempre.

Revolvía con la cucharita, y espiaba al hombre famoso en la mítica Robos y Hurtos de la Policía Federal. Evaristo Meneses, el incorruptible, el que de un vistazo diferenciaba al chorro del pobre tipo. El que cargaba pegada a la pierna una 45 que metía miedo.

De ese hombre estaba prendada Mirna.

–¿Algo más, señorita?

–Nada, gracias.

El camarero acudió a la barra y cruzó palabras con el comisario también.

–¿Qué me dice del Loco Prieto? ¿Se enderezará algún día?

Meneses respondió sin mirar, encogiendo sus hombros.

–Quién sabe, si encuentra una mina piola que lo lleve por las buenas…

La respuesta llegó a oídos de Mirna y el corazón le latió hasta casi salírsele por la boca. ¡Una mina piola! El hombre pensaba entonces que una buena mujer era algo valioso. La esperanza, que nunca se rinde, alimentó sus fantasías. Retuvo el aliento hasta que vio desaparecer a Evaristo Meneses rumbo a su casa del bajo Flores.

Ella volvió también, con el ánimo conturbado por su anhelo. El cuartito de la pensión le resultó deslucido y triste frente a tamaña ilusión. Estaba a punto de soltarse el bucle cuando dos golpes discretos sonaron en su puerta. ¡A esas horas!

Abrió una rendija apenas y la figura sólida ensombreció el zaguán.

Mirna quedó muda.

–¿Señorita?

La voz se había vuelto amable para ella, sólo para ella.

–El mozo me dijo que usted vivía acá. Se le ha olvidado esto– y la manaza del pardo Meneses le mostraba su bolsito de brocado donde sólo cabían el labial y un pañuelo.

El comisario se tocó el funyi con un aire que a Mirna se le antojó galante.

–Buenas noches. Y la próxima, no abra sin saber quién es– la reprendió.

Sus pasos resonaron en los peldaños hasta mucho tiempo después, cuando Mirna aún se solazaba en su insomnio poblado de audaces delirios.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas