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¿Cómo explicar el atroz atentado en La Rambla?

Héctor M. Guyot

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LA NACION
Sábado 26 de agosto de 2017
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Escribir es conferir orden y trazado al caos. Siempre tuve por buena esta definición del cuentista norteamericano Sherwood Anderson. Tal vez porque entiendo que vivir implica una tarea parecida. El narrador trata de hilvanar causas y efectos para tejer la trama de una historia, y lo mismo hace cualquier persona para dotar de sentido y significado a su vida. Es un trabajo arduo, porque la realidad es un magma confuso que esconde la respuesta a la gran pregunta, esa que tarde o temprano enfrentamos en soledad: ¿para qué? Quizá vivimos para aprender a dar respuesta a esa pregunta, pero no hay garantías. Y nos debatimos en la eterna lucha entre el caos y el orden, entre el sentido y el sinsentido. En esa misma tensión parece pendular el mundo. Puedo ilustrar esto con dos hechos recientes que no guardan relación entre sí, salvo la de reflejar estos dos extremos en disputa permanente, dentro y fuera de nosotros.

La primera es una experiencia de orden y belleza. Hablo del concierto que el lunes de la semana pasada brindó en el Colón el pianista húngaro András Schiff. Tocó sin interrupciones, durante casi dos horas, el primer libro de El clave bien temperado, de Juan Sebastián Bach. Ante un teatro colmado y expectante, Schiff resultó un canal prodigioso para el fluir incesante de la música de Bach, siempre la misma y siempre distinta. Al abandonarme a ella, sentí que se desenvolvía como si manara de una fuente inagotable y hubiera existido desde el principio de los tiempos. Paradójicamente, parecía que se iba creando a medida que la percibíamos, como si invitara a los oyentes a participar de una energía cósmica que jugaba con polifonías sorprendentes. Había en esas piezas, y en el modo en que las interpretaba Schiff, un soplo de absoluto que de pronto iluminó la existencia con una belleza y un sentido que se trasladó de la música a otros órdenes de la vida. Mientras sonaba aquello, todo estaba bien. Por el devoto silencio con que el público siguió el concierto, por las reacciones que sobrevinieron al acorde final, sospecho que no fui el único que experimentó sensaciones de esta clase.

Schiff fue un canal para llegar a Bach. Y Bach, un canal para llegar más allá. Acaso, al lugar de donde brota el sentido.

Todavía duraban las impresiones de ese concierto cuando de pronto, tres días después, irrumpió el sinsentido en una versión brutal. ¿Cómo concebir que un chico de poco más de 20 años lanzara una furgoneta a toda velocidad por La Rambla de Barcelona con la intención de atropellar la mayor cantidad posible de personas? ¿Cómo llegó a asumir y a perpetrar un acto semejante? ¿Y cómo explicar la muerte de esas 13 personas que habían salido a la calle sin saber que la alucinación de un fanático acabaría con sus vidas? ¿Cómo se explican estas muertes los familiares de las víctimas?

Ese paseante desprevenido, que hasta hace un rato tejía planes y sueños, podría haber sido un amigo nuestro o un pariente de viaje. O uno mismo. De algún modo, lo de Barcelona nos implica a todos, ¿y qué sentido tiene la vida cuando el sinsentido puede segarla sin aviso y de esta forma?

La insensibilidad y la deshumanización se incuban en la falta de sentido. Allí, en ese terreno, trabajó el imán de Ripoll para inocularles el veneno a estos jóvenes. "Yo no quería hacer daño a nadie. Pero el imán nos decía que inmolarse es bueno", dijo ante el juez uno de los sobrevivientes del grupo. Los amigos del conductor de la furgoneta, muerto el lunes por la policía, dijeron a la prensa que se trataba de un chico "muy bueno"; tanto, que sus padres solían ponerlo de ejemplo. "Era un chico estudioso, trabajaba y no se metía en problemas", dijo el padre del conductor, desolado. "Nadie vio nada raro. ¿Qué íbamos a ver?"

La música de Bach es una plegaria que celebra la energía divina. El festival de sangre y muerte perpetrado en La Rambla fue concebido como una misión religiosa. Ambos hechos están dedicados a Dios. Pero el segundo ilustra el modo en que la búsqueda de un sentido puede acabar en el sinsentido más brutal cuando quien busca se despoja de los atributos humanos esenciales. A causa de esa misma condición humana, siempre precaria, el sentido y el sinsentido a veces están separados por una delgada línea.

A pesar de todo, y en medio del caos, cada uno debe arreglárselas para conferir orden y trazado a un mundo en el que conviven la belleza más sublime y el más atroz de los crímenes, el ser en su plenitud y el vacío de la nada, la música sin tiempo de Bach y el demencial atentado de Barcelona. La lucha se libra a diario. Resulta difícil y desigual, pero es necesario que lo intentemos.

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