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Enrique Maldonado: "¿Dónde está mi hijo? Sólo queremos que aparezca"

Los padres del joven desaparecido hace casi un mes creen que a su hijo se lo llevó Gendarmería durante un operativo en Chubut; en la localidad bonaerense de 25 de Mayo esperan con angustia novedades

Sábado 26 de agosto de 2017
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LA NACION
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En 25 de Mayo, un mural recuerda la búsqueda de Santiago Maldonado
En 25 de Mayo, un mural recuerda la búsqueda de Santiago Maldonado. Foto: LA NACION / Ricardo Pristupluk

La casa de los Maldonado en el Barrio Obrero tiene mucho olor a hogar. Plantas cuidadas en la entrada, cuadros pintados a mano y cortinas de cuento. Se nota la mano de la madre en cada rincón. Allí el tiempo está detenido. Desde hace 24 días, Stella Maris Peloso y Enrique Maldonado, los padres de Santiago, no hacen otra cosa que esperar a que su hijo vuelva. "Yo no puedo ver la cara de mi hijo en una bandera, en un mural. Que aparezca. Eso es lo que quiero. ¿Dónde está? ¿Qué le hicieron? Lo estamos esperando", sintetiza Enrique.

En la casa de al lado vive Germán, el segundo hijo de la familia. Él y Sergio, el mayor, que reside en Bariloche, son quienes se pusieron al hombro la búsqueda de su hermano.

Son los que hablan con abogados, jueces y organizaciones de derechos humanos, y mueven cielo y tierra para que la cara de Santiago se convierta en una bandera. A los padres, en cambio, la ausencia de Santiago los dejó frágiles y vulnerables. Es tan así que prefieren no ser fotografiados para esta nota.

Enrique trabajó toda su vida en el área de Vialidad de la Municipalidad de 25 de Mayo. Ahora se jubiló. "Estamos muy mal", dice a modo de presentación. Alcanzó con mencionar el nombre de su hijo para que las lágrimas le llenen los ojos. Unos minutos después, mientras intenta explicar cómo están viviendo estos días, lo invade una congoja que lo hace parecer un chico. Y allí, en la puerta de su casa, llora. Sin parar. Después se recompone y se disculpa por la explosión de emociones.

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Hace cuatro días, aceptaron que les tomaran muestras de sangre y saliva para cotejar con el ADN de lo que se presume es una mancha de sangre y los cabellos encontrados en una camioneta de la Gendarmería. "Nunca dijimos que no. No nos lo habían pedido antes. Nos dijeron que vamos a tener que ir a Mercedes. Claro, ¿cómo no vamos a ir?", dice Enrique.

Stella Maris se suma a la charla. "Lo estamos esperando. Quedamos en que venía para acá. Íbamos a festejar su cumpleaños en familia", indica. Aunque la ausencia de su hijo menor la parte en dos, ella está convencida de que vive. "Me preocupa que esté bien. Que coma bien", dice Stella, que durante 29 años trabajó como encargada en la escuela 25 de Mayo, a dos cuadras de su casa. Allí fue Santiago hasta tercer grado. Después lo cambiaron a la Normal, donde terminó la secundaria.

En la casa de los Maldonado, la televisión está siempre encendida. El comedor, que en otra época era el lugar en el que Santiago tatuaba a sus amigos y clientes, hoy es el centro de operaciones. Los vecinos van y vienen, y les hacen compañía a los padres mientras consumen con fruición cada noticia que arroja la televisión. No vinieron funcionarios nacionales ni judiciales. Tampoco políticos. Sólo vecinos y amigos. Enrique tiene la presión por el piso. Stella no se queda un minuto quieta. Viven pendientes de la televisión. Con la piel galvanizada. Con el pálpito de que en cualquier momento Santiago va a aparecer.

"La cabeza no para"

Los hijos mayores se encargaron de armar una página web en la que publican las novedades del caso (www.santiagomaldonado.com). Cada día suben un comunicado y tienen una sección de "falsas noticias", donde desmienten versiones que circulan en los medios y en las redes sociales, y que denuncian como "operaciones políticas".

"Cada noticia es un suplicio. Ayer [por el miércoles pasado] dijeron que habían encontrado un cuerpo. Estuvimos pendientes toda la tarde, con el corazón en la boca", dice Stella. "Igual, lo que más cuesta es la noche", agrega Enrique. Y los dos se vuelven a desbordar. "Porque en el día uno está entretenido, viene gente. Pero a la noche, acostado, la cabeza no para", dice el padre.

La última vez que Stella habló con Santiago fue unas horas antes de que se fuera al corte de la ruta 40, a la altura de la Estancia Leleque, en Chubut. Le dijo que se iba a despedir de un amigo suyo de la comunidad mapuche y que a la vuelta se tomaba el colectivo para volver a su casa. "¿Vos me podés ir a buscar?", le dijo a la madre. "Sí, claro", respondió Stella. Santiago iba a tomar el ómnibus que llegaba hasta Bragado y se iba a bajar en la ruta. La madre lo iba a buscar allí. Pero antes de que la llamara para avisar que estaba llegando, al celular de Stella llegó, según cuenta, el mensaje de un amigo de Santiago que le avisaba que su hijo se lo había llevado la Gendarmería.

Empezó a llamarlo, con la esperanza de que la atendiera. De que fuera mentira. Después supo que Santiago había dejado el teléfono en la biblioteca en la que estaba viviendo, en El Bolsón. "Siempre hacía eso de dejar el celular. Me decía: «Yo te llamo cuando vuelvo porque tengo miedo de perder el celular por ahí»", cuenta Stella.

Ella y Santiago tienen una relación muy cercana. Él es el más chico, el mimado. Hablaron por teléfono varias veces esa semana. Él le hacía sonar el celular y ella lo llamaba para que él no gastara.

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Santiago cumplió años seis días antes de desaparecer. Stella lo llamó y hablaron un rato. Le dijo que tenía ganas de verlo. Habían pasado ocho meses desde la última vez que vino al pueblo. Fue en enero, después de un viaje que hizo por Entre Ríos y Misiones. Entonces volvió. Estuvo para las Fiestas y se quedó hasta los primeros días de enero. Quería ir a Chile. Recorrerlo todo. Y se fue. Estuvo cinco meses. Y en el último tiempo, trabajó para una casa de tatuajes. Por eso tenía un celular chileno. Lo llamaban cuando tenía un trabajo y él iba para allá. Ese es el teléfono al que lo llamó al día siguiente su amigo, Ariel Mariotto Garzi. Ese es el teléfono que se dice que se activó en Chile, aunque en realidad es un celular chileno. Mariotto Garzi declaró que cuando lo llamó, alguien atendió sin contestar y que la comunicación se sostuvo por 22 segundos hasta que le cortaron. Que escuchó pasos. El joven declaró en la causa y, según su relato, le dieron protección como testigo. Hasta que, según denuncia el propio Mariotto Garzi, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, dio a conocer públicamente su nombre. Fuentes oficiales, sin embargo, dijeron que no hay ningún testigo en el programa de protección.

En abril volvió de Chile y se fue para El Bolsón, donde estuvo tres meses, hasta el día de su desaparición. No importaba cuán lejos estuviera. Santiago siempre volvía a su casa para la fecha de su cumpleaños. O los días siguientes. Allí volvía y se rearmaba para un próximo viaje. "Es un mochilero. Lo que a él le gusta es viajar. No se queda mucho en ningún lugar, porque él es así. Desde chiquito siempre fue muy solidario", dice Enrique.

Santiago dejó 25 de Mayo cuando cumplió los 18 años. Se fue a vivir a La Plata, donde empezó a estudiar Bellas Artes. Allí conoció mucha gente, cuenta la madre, y esos ideales anarquistas que había adoptado en la adolescencia tomaron una nueva forma. "Pero él nunca tuvo militancia política. Porque descree de la política. Él tiene compromiso social. Se hace amigo de todo el mundo y apoya las causas que le parecen justas. Por eso estaba en el corte de la ruta", dice Stella.

Los padres están convencidos de que su hijo no forma parte de Resistencia Ancestral Mapuche (RAM). "Es amigo de todos, pero no es de RAM. No sé qué habrán hecho ellos, si son forajidos como dicen. Pero Santiago no es de ellos", afirma el padre. Y agrega Stella: "A Santiago se lo llevó la Gendarmería. Se lo llevaron sólo porque estaba ahí".

"Está en contra del sistema"

Los amigos cuentan que cuando Santiago Maldonado vivía en 25 de Mayo siempre llevaba libros en la mochila. Que era malo jugando al fútbol. Aprendió a hacer tatuajes y lo adoptó como medio de vida. Que a quien no tenía para pagar o le había pasado algo importante, como perder a un padre o tener un hijo, le regalaba un tatuaje. Se había hecho vegetariano y le gustaba comer lo que daba la tierra, por eso le decían "el Brujo".

Algunos lo recuerdan como el primero en andar en patineta por el pueblo. Emmanuel Sofi lo conoció de chico. "Él no cree en el gobierno, en la política ni en la Iglesia. Está en contra del sistema. Pero él respetaba la creencia del otro. Él miraba el interior", publicó el joven en su Facebook.

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