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Alumnos pobres: muy ricos en sus ganas de aprender

Lunes 28 de agosto de 2017
PARA LA NACION
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Foto: María Lavezzi

La neurociencia nos ha aportado conocimiento sobre el cerebro y su evolución, y ha puesto la mirada en ponderar el desarrollo neuronal según el contexto en el que se vive.

Los chicos que provienen de contextos de pobreza dedican su tiempo a sobrevivir. Sus cerebros están sumergidos en la zona de lo urgente, y sus necesidades emocionales primarias se ven invadidas por el dolor y el estrés, dejando poco espacio para el desarrollo de pensamientos creativos y rigurosos.

Pierden la confianza en los adultos y, gradualmente, en sí mismos. Esta espiral viciosa los lleva a vivir la etapa escolar con pocos resultados académicos, escaso desarrollo de habilidades mentales profundas y a manifestar problemas de conducta de diverso tipo.

La pregunta es: ¿miramos a los chicos y vemos lo que está allí o los miramos y vemos todo lo que les falta?

Porque hay muchas imágenes que se pueden disparar al contemplar a los alumnos de contextos vulnerables: podemos ver chicos ávidos por aprender, con signos de pregunta, abiertos a la creatividad, sonrientes, inteligentes, con potencial para cambiar el mundo. Chicos que cada mañana despiertan asombrados con la naturaleza, que disfrutan de las alegrías de sus amigos, con resiliencia para seguir buscando el mejor sentido a sus vidas.

La imagen que tenemos del chico que vive en la pobreza no tiene por qué ser de vacío, sino de potencialidad, de "niño rico" que está construyendo su propia vida y tiene derecho a explorar y crear.

La pobreza mental

Hay otra clase de pobreza, igual de preocupante, que es la que surge como modelo mental cuando hablamos de un chico. Es la que cree que su cerebro es una tabla rasa o un recipiente vacío al que se ha de llenar de conocimientos.

Este modelo es el que sigue en las mentes de adultos que aún no se han replanteado la profundidad de lo que significa aprender, y esta forma de pensar y actuar se ve más acentuada con los chicos que viven en contexto de pobreza, ya que no sólo se los ve como dependientes de factores externos para salir de su lugar, sino que este patrón se extiende a su familia y a su comunidad.

El atraso en los conocimientos sobre la pobreza y su desempeño cognitivo hace que los enfoques que se abordan para paliar la problemática estén basados en viejos paradigmas.

En países subdesarrollados y con bajo compromiso social con la educación en general, se instala un modelo asistencialista, sin un profundo conocimiento de los avances en las investigaciones de la neurociencia.

Hoy tenemos nuevas herramientas para apasionarlos. Ellas nos abren nuevas y ricas oportunidades para conocer más las mentes de los chicos y para saber cómo sienten y aprenden sus cerebros.

El verdadero desafío y cambio hacia la riqueza mental requiere de adultos que hagan de la reflexión y la investigación una nueva cultura educativa: cambia la manera de aprender, de evaluar, de enseñar, y también los espacios y contextos para comprender.

Los alumnos de hoy necesitan que desafiemos los discursos y los estilos pedagógicos imperantes. Los adultos podemos actuar con esperanza, con pasión, convicción y confianza para erradicar la pobreza mental, y así lograr una nueva cultura que genere riqueza en las mentes de los niños y jóvenes argentinos.

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