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Una fuerza que genera desconfianza y que deberá aprender otra dinámica

Lunes 28 de agosto de 2017
LA NACION
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Sin armas a la vista, y al parecer tampoco guardadas en los cientos de escondites selváticos que construyeron durante décadas de vida clandestina, la ex guerrilla colombiana de las FARC se convierte esta semana en un partido y concreta así uno de los procesos de cambio más espectaculares de la política latinoamericana.

Atrás quedaron 53 años de combates en nombre del pueblo de la guerrilla más antigua de América latina, contra fuerzas regulares y bandas paramilitares, que dejó 250.000 muertos y millones de desplazados en las zonas rurales. Por delante los espera una etapa de vida en democracia para la que nadie tiene demasiadas certezas ni seguridades. Después de firmar la paz, entregar las armas y reconvertirse en partido político, las preguntas se superponen entre los analistas políticos y los electores colombianos. ¿Sabrán ajustarse a las reglas de juego? ¿Suavizarán su extremismo mesiánico? Y lo más importante: ¿cuáles son sus verdaderos objetivos e intenciones?

"Hay que celebrar el hecho de que un grupo armado haya cambiado la violencia por la política. Es un avance que hace cinco años se creía que era imposible. Los más preocupados son los partidos de izquierda, minoritarios, que se las tienen que ver con un nuevo contendiente", dijo a LA NACION la analista política Laura Gil.

Las FARC todavía no celebran. Tienen la experiencia de la década del 80, cuando después de un proceso de paz crearon un partido político, la Unión Patriótica, que sacó a la superficie a cientos de guerrilleros que fueron fácilmente marcados, perseguidos y asesinados por paramilitares.

Del lado de la ciudadanía, la mayoría de los colombianos ya demostró el año pasado, al votar en contra del acuerdo de paz en un plebiscito, que las FARC no estaban entre sus villanos favoritos. Entre los temas en discordia figuraba precisamente su entrada a la vida política. El presidente Juan Manuel Santos sacó adelante el acuerdo de todos modos, sin el visto bueno de los votantes, mediante la aprobación del Congreso y comenzó su ejecución.

"Pero ¿qué queremos, unos tipos armados con una lógica anacrónica o los queremos haciendo política aunque no estemos de acuerdo? -señaló Gil-. En la medida en que ellos entren en la vida política van a ir adquiriendo dinámicas diferentes. Van a tener que moderar posiciones, van a tener que moderar el lenguaje, van a tener que aprender a debatir, van a tener que aprender a sentarse con el otro."

El objetivo inmediato son las elecciones del año que viene, para las que formarán alianzas a fin de potenciar sus posibilidades. El enorme desprestigio que se ganaron entre la opinión pública, por su inveterado recurso a la fuerza, los obliga a tratar de afianzarse en las zonas rurales y olvidarse de momento de las ciudades, donde no tienen ninguna chance.

Las nuevas FARC cuentan de todos modos con cinco bancas para el Senado y otras cinco para Diputados, cortesía del acuerdo de paz que les permite arrancar con cierta representación. Esas bancas también los harán atractivos para otros partidos a la hora de ganar amigos.

Según el ex canciller Rodrigo Pardo, "el primer objetivo de ellos es consolidar el proceso de paz y asegurar que no hay marcha atrás, que no hay posibilidad de revisión del proceso y de las condiciones pactadas". Como no son populares, afirmó Pardo a LA NACION, "preparan una estrategia de alianzas y apoyarán a quien haya que apoyar para evitar que la derecha elimine los acuerdos en caso de llegar al poder".

"Personalmente no tendría ningún temor con su entrada a la política. Lo tenía antes, cuando estaban en la lucha armada. Ahora participarán, lograrán cuotas de poder limitadas que no van a ser significativas en el corto plazo y que por el contrario significan un precio por dejar atrás la confrontación abierta", agregó Pardo.

Si el poder ya no brota de la boca de un fusil, sino más bien de la disputa electoral, queda por ver qué ideología defenderán los viejos rebeldes en el Congreso.

Los observadores coinciden en que las declaraciones, pistas y actitudes de los rebeldes desde la firma del acuerdo apuntan en dirección, claro está, a la izquierda del tablero, un modelo que en principio, según Pardo, "simpatiza con modelos anticapitalistas, cercanos a lo que ha sido la izquierda latinoamericana de los últimos años".

Es difícil de prever hasta dónde llegarán las FARC en su aventura democrática. Parte de esa incertidumbre es la tierra de nadie en la que pueden convertirse las regiones del interior que estaban bajo su dominio, y donde siguen circulando todo tipo de bandas armadas.

"Es en las zonas rurales donde las FARC tienen que construir una base política importante, así que su evolución depende de cómo evoluciona el tema del control territorial. Los pueden matar, los pueden desaparecer. Puede pasar de todo ahí. Va a ser un proceso muy largo, muy lento de afianzamiento político que depende de lo que pase en sus territorios", dijo a LA NACION el politólogo Pedro Medellín. Y señaló que prevé, en síntesis, "una transición muy traumática".

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