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En el nombre del jedi

Martes 29 de agosto de 2017

"Yo soy tu padre..." El chico tendría unos siete años y una espada de madera. Ahí estaba, en medio de la plaza, sin necesidad de máscara de Darth Vader para jugar a ser el malo más malo de la más popular de las galaxias muy, muy lejanas. Hablemos de culturas híbridas, pop, apropiaciones. Hablemos de consumo irónico: cómo se reía, el pequeño Vader, entre gesticulaciones y voz impostada.

Uno es hijo de su tiempo. En mi caso, nunca fui especialmente adoradora de Star Wars, pero no me perdí ninguna de las películas de la saga. Incluida Rogue One, que fuimos a ver en familia, y cuyas peripecias seguí intermitentemente: me capturaban el clima del cine, los murmullos de la platea, la exclamación "¡Leia!" durante la fugaz recreación digital del personaje de Carrie Fisher. Sobre todo seguía los gestos de mi hijo, apenas más grande que el Darth Vader de la plaza, semioculto tras sus anteojos 3D, disfrutando, sorprendiéndose, haciendo suya la continuidad del mito.

Justo unas semanas atrás, cuando, por esas cosas de la navegación por Internet, miraba con él el tráiler de Los últimos jedi (la próxima película, anunciada para fines de este año), llegó a mis manos el libro de Silvana Moreno y Federico Andrade El camino del jedi. Intervenciones de la Fuerza, podría haber pensado un fan.

Más que indagar en los aspectos estrictamente cinematográficos de Star Wars, el libro sigue la senda de trabajos que -muchos de ellos, ligados a la psicología junguiana- encuentran en Star Wars elementos propios de la espiritualidad oriental, arquetipos y mitos universales. Algo que siempre estuvo allí (George Lucas concibió su proyecto cuando la intensidad de la contracultura de los años 60 y 70 aún no se había apagado) y que los autores van deshilvanando con sencillez y gracia.

Es que hay rasgos de algo así como un "efecto Star Wars" que siempre sorprenden. Como el discurso que Hillary Clinton -a fines de 2015, al tanto del estreno del Episodio VII y en campaña por la presidencia de los Estados Unidos- finalizó con el inconfundible "que la fuerza esté con ustedes" ("aunque, bueno, no le funcionó del todo y perdió las elecciones frente a Donald Trump", apuntan con ironía pop Moreno y Andrade). O la increíble enumeración de academias internacionales que enseñan "a combatir como un jedi", pastores que se asumen fans de Star Wars e incorporan elementos de su imaginería a la hora de impartir misa, o la expansión del "movimiento jedista", comunidad online y culto no teísta que, si bien no está oficialmente reconocido como religión, en los Estados Unidos consiguió que sus donantes sean eximidos de impuestos y en Gran Bretaña cuenta con más seguidores que la cienciología.

Es el asombro. También, la verificación de que no hay recoveco de la trama cultural que no sea denso, múltiple de resonancias e impredecible en su diversidad.

Cuando se ocupa de los guiños al budismo y el taoísmo, El camino del jedi recuerda las meditaciones del diminuto Yoda en los pantanos del planeta Dagobah. Y alude a la presencia en la saga de algunos principios que suelen resonar en las clases de tai chi o en la lectura más o menos atenta del Tao Te Ching: "La vida es sufrimiento para quien no acepte la imperfección, la vacuidad, la impermanencia". Y sí: nada ni nadie resultan ser como el ideal ordena, todo tiene su pizca de absurdo, cada instante está condenado a pasar. Orientales u occidentales, solemnes o pasadas por el tamiz de la cultura de masas, las versiones se parecen. Pienso en mi cómplice predilecto, ese con el que a fin de año vamos a despuntar el vicio por las batallas interestelares, los sables láser, el exotismo alienígena. Ver a un chico crecer es como tocar la impermanencia con las manos: habitar con un maestro jedi que, como corresponde a todo verdadero sabio, ni siquiera sabe que lo es.

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