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El arte de llegar a los límites

Miércoles 30 de agosto de 2017
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LA NACION

Tío Osmanthys

Intérpretes: Carolin Widmann (violín), Marie-Elisabeth Hecker (violonchelo), Martin Helmchen (piano)/ programa: D'un matin de printemps, de Lili Boulanger; Trío opus 87, de Brahms; Trío opus 90, "Dumky", de Dvórak. Mozarteum Argentino/ En el Teatro Colón/ Nueva función hoy, a las 20/ Nuestra opinión: muy bueno

Es posible que aquello que defina el funcionamiento de una formación camarística sea el modo en que se logra una respiración común con agitaciones de carácter muy distintas. Lo que dijo Goethe del cuarteto de cuerdas, que era una conversación de cuatro personas inteligentes, se cumple también en el caso del Trío Osmanthys. La violinista Carolin Widmann, la cellista Marie-Elisabeth Hecker y el pianista Martin Helmchen tienen personalidades musicales muy diferentes, pero consiguen que esas diferencias se resuelvan como unidad sin renunciar a ellas. Pero también saben dosificar esas diferencias según el repertorio.

En D'un matin de printemps, la pieza de 1918 de Lili Boulanger que inició el programa, todo consiste en la tensión de un finisimo hilo de acero: una materialidad apenas visible y, sin embargo, rigurosa en su dureza. Boulanger abre su breve pieza con un ostinato del piano sobre el que el violín recorta el motivo que retomará a su turno el cello. Este principio de duplicación en la cuerda ya no se detendrá, y ese motivo, primero casi acuático, ganará dramatismo. Fue aquí formidable el diálogo entre Widmann y Hecker.

Así como D'un matin de printemps transcurrecon un aire de repentización, el primer movimiento del Trío N° 2 en Do mayor, opus 87, de Brahms, no podría tener un principio temático más estricto; en verdad, tras los primeros compases, el resto del movimiento resulta, por decir así, de suyo, regido por su propia ley interna. Con el piano quizás un poco reticente, el Osmanthys mostró esta severidad como se la debe mostrar, como encadenamiento incorruptiblemente lógico y, a la vez, siempre impredecible. Las variaciones del Andante, por su lado, tuvieron un dibujo que nunca perdió ni la nitidez ni su coloración centroeuropea.

De hecho, uno de los mayores méritos del concierto del Trío Osmanthys para el Mozarteum fue que la precisión sin atenuantes no asfixiara la lasitud mitteleuropea. En ningún lugar resultó más clara esta particularidad que en el Trío N° 4 en Mi menor, opus 90, "Dumky", de Dvórak. Podría pensarse que la verdad del "Dumky" está en los extremos. Pero hay que llegar a ellos y el Osmanthys dio realmente ese salto al vacío, se animó a esos vuelcos tan abruptos. Widmann, primus inter pares del trío, tiene un sentimiento melódico inclaudicable, y su manera de entender el repertorio romántico está filtrada por su frecuentación del contemporáneo.

Hubo una sola pieza fuera de programa: la Kleiner Wiener Marsch, de Fritz Kreisler, que sonó como un erizado crepúsculo.

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