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Ese grito inútil

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Jueves 31 de agosto de 2017

Las vanguardias políticas y estéticas son siempre infantiles. Se enojan y rompen las cosas. Quisieran volver a un momento adánico y empezar todo de nuevo. No es una presunción inexacta porque lograron provocar una crisis tanto en el arte como en las flexiones de su pensamiento: la crítica y la filosofía. Claro que, en el caso de las vanguardias artísticas, ellas no pretendían retrotraer el arte a ese tiempo en el que no se lo llamaba arte y en el que algunos hombres -que tampoco habrían podido llamarse todavía artistas- dibujaban con tierra coloreada un bisonte en las paredes internas de una cueva. No. Las vanguardias son como esos chicos que quieren conquistar el poder para salirse con la suya e imponer sus caprichos. Esos caprichos (seamos justos) expandieron para siempre el horizonte de lo que era posible artísticamente.

Los manifiestos fueron la gran invención de las vanguardias, su arma de destrucción. En los manifiestos conviven las dos tendencias de las que hablaba antes: la del chico que no quiere obedecer y la del adulto que quiere mandar. Pensaba en esto a propósito de Manifesto, la formidable instalación audiovisual del alemán Julian Rosefeldt que inauguró el sábado en Fundación Proa.

Pasemos el caso en limpio. Manifesto es una videoinstalación con 13 videos, en 12 de los cuales actúa Cate Blanchett. En cierto modo, todo Manifesto es un one-woman show, el de Blanchett, cuyo trabajo es colosal en cada una de sus episódicas transformaciones: maestra de escuela, homeless, punk reventada, CEO, ama de casa, titiritera y siguen las metamorfosis. Todos esos breves videos tienen un momento de sincronización y, en un instante que parece eterno, escuchamos y vemos al unísono cada manifiesto leído por Blanchett, que mira de frente a la cámara.

Pero Rosefeldt no deja intactos los textos de cada manifiesto. Eso habría sido muy sencillo. Más bien, los mezcla como un mazo de naipes y los baraja de nuevo. Todos los manifiestos son finalmente intercambiables; el suyo podría ser, con razón, el manifiesto total, el manifiesto de todos los manifiestos y, a la vez, la lápida que clausura el manifiesto y sus pretensiones totalitarias.

A las vanguardias les gustaba hablar a los gritos, y a los devotos de ellas también les gusta que les hablen a los gritos. Sin embargo, no hay estridencia en la videoinstalación de Rosefeldt; no hay estridencia visual ni sonora ni gestual (en el rostro proteico de Blanchett, que es una y es muchas). Que el video dedicado a Dadá (el grito por excelencia) tenga por escena un funeral debería darnos bastante que pensar. Hay algo fúnebre en Manifesto. El propio Rosefeldt lo dice: "El manifiesto como medio de articulación artística ha perdido relevancia en el mundo globalizado". Es una buena noticia.

Por ejemplo, el progresismo político adora también los manifiestos, pero una cierta deformación óptica le impide advertir dos cosas: que, por un lado, los manifiestos son un límite (un límite que abre un horizonte nuevo, cierto), pero un límite en cualquier caso a la noción del progreso (el Manifiesto comunista de Marx y Engels es el ejemplo más claro de la pretensión del fin de la historia), y que, por otro lado, el manifiesto mismo es una cosa del pasado.

La experiencia que propone Rosefeldt se vuelve así una fascinante arqueología artística y política, una cápsula hecha de imágenes, sonidos y palabras (que son también sonido) que podría contener toda la información sobre la ilusión infantil de la revuelta. Así, su instalación es semejante a una visita a la cueva de Lascaux, salvo que en lugar de bisontes se representan utopías engañosas. Parece algo lejano en el tiempo, pero Rosefeldt nos habla a cada uno de nosotros, incluso en estas costas.

Ya rompimos todo lo que podía romperse. El único gesto vanguardista que nos queda parece ser el de la conservación.

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