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En el aula no se milita

Jueves 31 de agosto de 2017
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Hay una preocupación legítima de toda la sociedad en torno a un hecho, la desaparición de una persona. Su nombre es Santiago Maldonado. Cada ciudadano tiene el derecho de expresar esa inquietud de la manera que le resulte más afín. También los chicos y los adolescentes. El silencio reflexivo es una opción válida. La manifestación libre y pública de esa preocupación, otra.

Pero ayer la mezquindad de la corporación gremial docente arruinó una oportunidad pedagógica única para la construcción de ciudadanía: que chicos y adolescentes ávidos por conocer mejor el caso Maldonado pudieran llevar espontáneamente –y subrayo el “espontáneamente”- el tema a sus aulas y allí sus docentes, formados la enorme mayoría en las mejores tradiciones de las pedagogías liberadoras, pudieran acompañarlos en el estudio preciso de ese episodio de la actualidad que depara cuestiones centrales de la vida en democracia.

¿Tiene que entrar el tema “desaparición de Santiago Maldonado” al salón de clase? Y más en general, ¿tiene que entrar la más pura coyuntura? Sobre eso, surgen algunas cuestiones.

Primero, que es completamente válido que el presente se cuele en el aula pero con una salvedad importante: siempre que sea de la mano de preocupaciones genuinas de los alumnos. Claramente esto se da con los chicos de nivel medio. Es más discutible en primaria. Y dejo afuera al jardín de infantes: las agendas de la opinión pública quedan definitivamente fuera de lugar en ese nivel.

Por eso es totalmente cuestionable que una corporación, en este caso el gremio docente, se arrogue el derecho de imponer una perspectiva a todo el sistema educativo y además, falseando datos de la realidad. La justicia todavía está investigando un hecho que sigue poco claro a pesar de las certezas de CTERA.

Segundo, la escuela tiene un problema: la falta de sentido para muchos de los chicos que asisten a ella. Que por momentos encuentren un tema de interés personalísimo y lo lleven al ámbito escolar y confíen en un adulto para entenderlo es una oportunidad de una riqueza difícil de encontrar. Por eso es de enorme gravedad dañar esa mecánica delicada con guías doctrinarias que tergiversan la fluidez de los intereses, las visiones y las identidades adolescentes.

Imponer temas y sesgarlos es romper un pacto de confianza y honestidad intelectual entre quien enseña y el alumno que finalmente abre sus brazos a esa relación.

La CTERA y los docentes que se unieron a su campaña infligieron esa herida. En el aula no se milita. No se manipula a la adolescencia. Se la respeta. Se construyen herramientas para pensar. Se educa.

Tercero, los consensos acerca de los contenidos que se enseñan en las aulas son delicados, arduos y le llevan años de construcción a una sociedad. Por eso el presente debería ingresar a la escuela sin los filtros sesgados de intereses impuestos por poderes de turno o corporaciones con peso propio. La actualidad debería colarse solamente a ritmo de esa pura vitalidad y voracidad exploratoria de los chicos y adolescentes que pululan por los patios escolares.

Cuarto, con tres guías de adoctrinamiento, la principal confederación sindical docente borró de un plumazo la tan mentada autonomía por la que lucha la profesión docente en Argentina. Los docentes deberían prestar especial atención a lo sucedido: sus representantes gremiales creyeron necesario darles un guión único para dar sus clases. La CTERA transformó a las secuencias didácticas, la hoja de ruta que los docentes elaboran para enseñar temas en el aula, en una guía doctrinaria excluyente en la peor tradición controladora del trabajo docente. Algo que el estado hace décadas que no se anima a plantear.

Quinto, se habla mucho del aprendizaje por proyectos. La inquietud espontánea de los estudiantes en una clase era una oportunidad para ponerla en práctica.

Ante lo sucedido con el caso Maldonado durante la gestión macrista no se trata de compensar los sesgos ideológicos llevando al espacio escolar los otros casos de desapariciones de personas sucedidos en gobiernos de otro signo político. No se trata de inventar una teoría de los dos demonios para cada tema dentro del aula.

Un docente profesional puede enriquecer el caso estudiando el funcionamiento de la justicia; el estatuto de los pueblos originarios; el nacimiento del estado argentino con todos sus dilemas; conceptos claves como el de propiedad privada y la libertad de expresión; el uso legítimo de la violencia por parte del estado y sus límites; la responsabilidad ciudadana de los particulares; la igualdad ante la ley. Y la precisión historiográfica.

En cambio, la corporación sindical docente puso a la escuela como un bastión de un campo de batalla. Llevó la grieta empobrecedora al ámbito escolar. El hecho es grave y la actitud de CTERA, llanamente irresponsable. El gremio de los docentes que debería estar preocupado por la reconstrucción de una escuela pública donde puedan convivir constructivamente no sólo terciles de ingreso sino también perspectivas diversas sobre la vida volvió a levantar muros donde cada uno es el enemigo del otro.

Finalmente, hay que subrayar que el problema no es sólo CTERA. La escuela debería quedar más allá de los intereses de las corporaciones privadas tanto empresariales como sindicales y también de partidos políticos y credos. El guardapolvo blanco que ya no se usa dejaba en claro algo: la igualdad en el espacio escolar de cada sujeto más allá de su origen social y sus creencias políticas o religiosas. En la escuela, todos los ciudadanos son iguales; todas sus perspectivas, las que caen dentro del círculo de empatía de los valores democráticos y humanistas, valen lo mismo y ninguna hegemoniza la verdad.

Cada vez que el interés de un grupo acapara el monopolio discursivo dentro de la escuela, la escuela pública se marchita. Muere un poco. Eso sucedió en estos días.

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