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Los Monos, la banda que aterrorizó a Rosario

Con una investigación que les llevó dos años y más de 200 entrevistas, los periodistas Germán de los Santos y Hernán Lascano reconstruyen en su libro la génesis y expansión de la banda narco.

Jueves 31 de agosto de 2017 • 15:38
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El "Pájaro" Cantero, quien fuera el líder de la banda más peligrosa de Rosario.
El "Pájaro" Cantero, quien fuera el líder de la banda más peligrosa de Rosario..

Por Pablo Corso

A fines de los 90, mientras los chicos del Gran Rosario se desmayaban de hambre en las escuelas, un jinete marginal cartoneaba por la villa La Granada, creada para esconder a los pobres durante el Mundial 78. Se llamaba Máximo Ariel Cantero y le decían “El Viejo”. Un día se asoció con su cuñado, Juan Carlos Fernández, y cambió los cartones por los fierros. Con la droga como salida laboral, armaron una banda que cobraba peajes a dealers y ladrones en el sudeste rosarino. El Viejo tomó el liderazgo solitario en abril de 2003, cuando Fernández desapareció en el Paraná después de un presunto accidente de pesca. Habían librado batallas por botines de caballos o marihuana con bandas como Los Garompa y Los Arriola. Guiada por el precepto “que se maten entre ellos”, la policía los dejaba hacer.

A principios del nuevo siglo, los ganadores de ese tablero darwinista se hacían llamar Los Monos. Ordenaban crímenes y torturas, dejaban cadáveres a la vista. Eran los narcos más violentos que había conocido “la Chicago argentina”. Dos décadas después, Germán de los Santos y Hernán Lascano reconstruyeron con pulso firme esa historia y sus derivaciones sangrientas en una investigación de dos años, con más de 260 entrevistas, vivencias personales, rastreo de documentos y buceo de expedientes.

El mural evocativo en Rosario con el rostro del "Pájaro" Cantero.
El mural evocativo en Rosario con el rostro del "Pájaro" Cantero..

Cuando el Poder Judicial empezó a cercar al Viejo, el mando recayó en Claudio “Pájaro” Cantero, el mayor de sus ocho hijos. Durante la primavera kirchnerista, el barrio había mejorado con plata en la calle, desocupación de un dígito y nuevos centros de salud. Pero también se multiplicaban las madres adolescentes y los soldaditos que veían que los capos andaban en BMs y usaban perfumes traídos de Miami. “Los vecinos nos contaron el costado doméstico de Los Monos: cómo se tejían las lealtades y el miedo, cómo lograron que La Granada fuera su mayor protección, y por eso nunca se fueron de allí a pesar de haber acumulado millones”, dice de los Santos, corresponsal de La Nación con experiencias en Pakistán y Afganistán.

En 2012 la banda ganaba 400 mil pesos por día gracias a una economía mixta: búnkeres de droga, seguridad paga, alquiler de máquinas para obra pública, renta de propiedades, licencias de taxi y remises en el casino City Center. En el centro no querían a Los Monos, pero sí a la plata de Los Monos, que llegaba en billetes chicos y arrugados. “Sus inversiones iban a concesionarias de autos de lujo, financieras, inmobiliarias y estudios de profesionales”, enumera Lascano, que trabaja en el diario La Capital de Rosario desde 1993. “Vendían droga con la lógica meticulosa de una pyme. Ni la policía ni el sistema penal de jueces y fiscales les pusieron freno”.

Cuando les encontraron “la mansión de Beverly Hills”, una casona con caballerizas y duchas a control remoto, un oficial se dio cuenta de que la pileta tenía forma de Ratón Mickey. “Estos tipos son una ternura”, acotó. Aunque lenta y temerosa, la Justicia había logrado trazar un organigrama y decomisar un patrimonio de al menos siete propiedades y 55 vehículos. Ya los estaban escuchando cuando se fortaleció la sospecha de que habían matado a Martín “Fantasma” Paz, cuñado del Pájaro, que blanqueaba la plata de la banda en las concesionarias. El Fantasma se había vuelto ambicioso (reclamaba la mitad de las ganancias de los búnkeres) y terminó cavando su fosa.

El quiebre llegó en la madrugada del 26 de mayo de 2013, cuando un tipo bajo y robusto disparó tres balazos contra el Pájaro, que tomaba whisky frente a la disco Infinity de Villa Gobernador Gálvez. A los 29 años, había potenciado a la banda expandiendo la venta de droga y comprando a la policía. El crimen cegó de odio a la familia, que ordenó un baño de sangre. Lo llamaban “el delivery de la muerte”: chicos de gorrita que se bajaban de la moto, tiraban y escapaban. A veces de día y frente a los bares de una ciudad luminosa. El primero fue Diego “Tarta” Demarre, dueño del boliche, a quien acusaron de entregador. Máximo Ariel “Guille” Cantero -hermano del Pájaro- le dio siete balazos. Después mataron a la familia de un sicario, Milton César, que terminó entregándose: los sospechosos preferían la cárcel a la venganza narco. Más tarde la policía detuvo a Milton Damario, el hombre que habría apretado el gatillo. Los Monos se habían confundido de Milton.

Con la muerte del Pájaro, su hermanastro Ramón “Monchi” Machuca se hizo cargo de la red de búnkeres con vigas de hierro y paredes de ladrillo doble que funcionaban las 24 horas. Cada uno recaudaba hasta 9 mil dólares por día. Los adolescentes que los atendían se llevaban 500 pesos, pero muchos morían baleados, mutilados y quemados por peleas entre bandas. Esa violencia teatral, que los medios nacionales y extranjeros empezaban a naturalizar, también era consecuencia del cambio de modelo de producción de cocaína: “Las cocinas habían bajado los costos y multiplicado la mercancía”, explica Lascano.

Los Monos, de Germán de los Santos y Hernán Lascano. Editorial Sudamericana.
Los Monos, de Germán de los Santos y Hernán Lascano. Editorial Sudamericana..

Monchi se complementaba con Guille, que amenazaba a la policía con frases como esta: “Tengo un arsenal escondido en la villa. No saben lo que les pagamos a los jefes de ustedes”. De los 40 imputados que terminarían en el juicio por asociación ilícita, 16 eran de las fuerzas de seguridad. Juan “Chavo” Maciel -sargento de la secretaría de Delitos Complejos provincial- les entregaba información sobre los operativos, gestionaba la liberación de soldados, pasaba frecuencias de patrulleros y direcciones de policías honestos. Cuando se entregó a la Justicia, Guille siguió manejando el negocio desde la cárcel, pero su teléfono también estaba pinchado: quedó registrado ordenando muertes y transacciones. Después de la incautación de un cargamento de 60 kilos de cocaína, fue procesado por tráfico de drogas. (Las escuchas, una fuente relativamente nueva en la investigación periodística, permitieron a los autores del libro recrear los crímenes con precisión extrema).

El Monchi, hace un año y luego de ser apresado
El Monchi, hace un año y luego de ser apresado.

En 2015 se armó la causa más grande contra Los Monos, acusados de integrar una organización criminal basada en la violencia para hacer negocios. Aunque 14 integrantes quedaron libres después un juicio abreviado, los cabecillas no pudieron escapar. El Viejo Cantero cayó -según el relato policial- arriba de un carro de cartonero tirado por un percherón viejo. Después de estar tres años prófugo, dando entrevistas clandestinas con una gorra que decía “Mabu” (“el más buscado”), Monchi fue interceptado por una patrulla de la Federal en Buenos Aires. Ahora da pelea desde la cárcel. A principios de agosto grabó un video para la jueza que lo procesó, avisándole que conocía su dirección: “Usted vive en un barrio privado, pero nosotros nacimos en un barrio privado… Privado de luz, de agua y de seguridad”.

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