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Libros. Moloch, de Aleksandr Kuprín

Domingo 03 de septiembre de 2017
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LA NACION
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Una vez más al rescate de pequeñas piezas de gran valor, La Compañía publica Moloch, novela breve de Aleksandr Kuprín (1870-1938), traducida y sustanciosamente prologada por Alejandro Ariel González. La publicación, señala González, viene a llenar un vacío: el que, para el común de los lectores argentinos, se produce en el conocimiento de la literatura rusa de fines del siglo XIX y comienzos del XX. El especialista pone fecha a ese hiato: desde 1880 hasta mediados de 1910. De ese período, afirma, exceptuada la obra de Chéjov y de Gorki, no es mucho lo que se ha difundido en estas tierras.

Kuprín tuvo una vida difícil y azarosa. Nació en 1870 en el pueblo de Narovchat. Su padre murió cuando el pequeño Aleksandr tenía apenas un año y, entre los seis y los diez, el niño vivió en un instituto para huérfanos porque su madre no tenía dinero para mantenerlo. Luego ingresó en la academia militar de Moscú y desarrolló una carrera en el ejército hasta que en 1894 se retiró. Mudado a Kiev, se dedicó de manera profesional a la escritura, que ya practicaba (había publicado un cuento y componía poemas que permanecían inéditos). En Ucrania se desempeñó como periodista; aunque más tarde viajaría intensamente, desempeñando los más variados oficios (cantante, actor, obrero, agricultor, pescador).

¿Qué resonancias traen al lector actual las páginas de Moloch, narración de 1896? El título refiere a la sanguinaria deidad homónima precristiana que exigía el sacrificio humano como prenda de adoración. El Moloch de Kuprín es una inmensa fábrica de laminación de metales para la industria ferroviaria, monstruosa en sus dimensiones, sus ruidos, la amenaza de sus peligros. Quienes alimentan su funcionamiento trabajan en condiciones de semiesclavitud, explotados por una casta de gerentes y directores sóolo ocupados en medrar, y un patrón -el burgués Kvashnín- que es hoy un estereotipo pero que en la narrativa de la época comenzaba a despuntar como arquetipo: desbordado por la gordura, autoritario, voraz, codicioso y carente de todo escrúpulo.

La historia se cuenta desde el punto de vista del frágil ingeniero Bobrov, que trabaja en la fábrica aunque preferiría no hacerlo, y cuya sensibilidad le permite comprender las dimensiones de la injusticia y de la hipocresía social de ese pueblo de provincias que vive del gran Moloch y le rinde pleitesía. La desesperación de Bobrov, sometido a una vida que empobrece el espíritu, lo lleva a buscar la salvación en una mujer, a creer que se ha enamorado de la voluble y coqueta Nina Zinienko, hija de uno de los jefes de la fábrica y de una mujer ambiciosa, a la caza perpetua de maridos ricos para sus cuatro hijas. La parábola del ingeniero es el derrotero de una víctima.

Los momentos más punzantes de la novela los alcanza Kuprín cuando pinta la personalidad de sus personajes. Esos retratos son siempre cuadros maestros, aun en sus trazos más leves. Como lo que de Kvashnín le dice a Bobrov un colega que lo admira: "Lo principal es que nunca conoce el asunto del que habla, pero lo toma con el mayor aplomo. Mañana lo escuchará y seguramente le parecerá que toda su vida no ha hecho más que ocuparse de altos hornos, pero, en verdad, entiende de ellos tanto como yo de sánscrito".

MOLOCH.Aleksandr Kuprín, La Compañía

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