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En el país del ruido y la furia

Héctor M. Guyot

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LA NACION
Sábado 02 de septiembre de 2017
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Tenemos mucho ruido y poco diálogo. Son demasiados los que están muy seguros de sus opiniones y las declaman como la verdad revelada. Así, hacen su aporte a la confusión general. Los temas que son materia de debate se suceden en radios, pantallas y redes, pero, lejos de ser esclarecidos, se oscurecen cada vez más. Lo único que queda en limpio es que buena parte del país está dividida en posiciones antagónicas inconciliables. No es raro. Más que problemas a resolver, esos temas son la materia que alimenta el festival de opiniones y la plataforma desde la que cada uno despliega su ideología, su visión cristalizada del mundo.

Los más ideologizados ya no ven ni tratan de ver la realidad, sino que acomodan los datos para confirmarse en sus dogmas. Algunos esconden, detrás de estas posiciones, un cínico interés político. Pero son muchos los que parecen incapaces de ver otra cosa que sus ideas sobre las cosas.

Así estamos, y no por casualidad. El kirchnerismo, que ha divorciado la palabra de la realidad, exacerbó estos extremos durante los últimos años. A costa de una progresiva alienación que se derramó sobre la sociedad, Cristina Kirchner ha creado un universo discursivo hecho de engaños y mentiras en el que vive y del cual se alimenta. Asistimos en estos días a su esfuerzo agónico por imponerlo una vez más para desdibujar las evidencias: necesita con desesperación recuperar el poder que perdió y eludir las consecuencias, ya no de sus palabras (que mucho daño han hecho), sino de actos concretos cuyas descripciones se acumulan en los expedientes judiciales.

En esta lucha, en este ruido, todo puede ser malversado. Incluso el caso de Santiago Maldonado. El artesano desaparecido pasó de ser considerado un sujeto a ser utilizado como un mero objeto, bien de uso de una campaña opositora que -pruebas a la vista- no se detendrá en consideraciones morales a la hora de aprovechar todo aquello que le sirva para socavar a un oficialismo que parece mejor posicionado para las elecciones de octubre. Para hacerlo, moldeará los hechos a su antojo. O se los inventará. En definitiva, eso es lo que han hecho el kirchnerismo y sus artilleros en este caso. En su acto del miércoles, la ex presidenta mostró un afiche del joven artesano y habló de "desaparición forzada". Y lo cierto es que la fiscal de la causa ha dicho que no hay elementos suficientes para inferir que a Maldonado se lo llevó la Gendarmería.

También usaron a Maldonado los principales gremios docentes. Dando por seguro lo que es sólo una de las hipótesis que hoy se manejan en el caso, llevaron a las aulas una acción de adoctrinamiento que no sólo demuestra su desprecio por la verdad, sino también por la dignidad de sus alumnos, que no son recipientes vacíos donde verter ideas adocenadas. Al contrario, los chicos deben aprender a pensar por sí mismos. Ayudados, precisamente, por los maestros. Pero aquí la política y la ideología lo contaminan todo. Lo de Ctera, Suteba y compañía fue una bajada de línea tan grosera y nociva como aquellas que hacía La Cámpora cuando el kirchnerismo aspiraba a ser sueño eterno. Un intento de llevar la posverdad a la cabeza de inocentes que, además, están en sus manos. El fuerte rechazo de los padres, masivo y articulado, es un síntoma de salud, una tarjeta roja a la peligrosa mezcla de la enseñanza con la política partidaria o facciosa.

En medio de todo el ruido, la voz de Graciela Fernández Meijide puso las cosas en su lugar. Ante un caso del que hasta ahora sabemos poco, lo mejor es la prudencia. No adelantarnos a las evidencias. Tampoco descartar ninguna de las hipótesis, incluida aquella que eventualmente pueda incriminar a agentes de la Gendarmería. Pero hay que guardar las proporciones. En caso de que así fuera, igualar al Gobierno con la dictadura, como pretende el kirchnerismo, sería un desvarío inadmisible.

Cristina todavía marca agenda. Seguimos hablando de ella. Sería saludable ocuparse de otras cosas. Eso quizá sea posible cuando su influencia política sea poco más que marginal y ya no represente un lastre que tira para atrás y aspira al futuro. De todos modos, es mejor no engañarse. El ocaso del kirchnerismo no significará, de llegar, el fin del fanatismo (que no se concentra todo allí, claro). El viejo virus no morirá y encarnará de otro modo. Para generar algunos anticuerpos deberíamos tratar de desterrar esa certeza tan inmadura y tan nuestra de que estamos siempre en lo cierto. Deberíamos empezar a dudar de nuestras opiniones. Tal vez así afloje un poco el ruido y se vaya haciendo espacio para el diálogo, si me disculpan la ingenuidad. Y la opinión.

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