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Bellas historias, gran actriz

Lunes 04 de septiembre de 2017
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LA NACION
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LA PIEL DE ELISA

Autoría: Carole Fréchette/ dirección: Silvina Katz/ intérpretes: Dana Basso, Lisandro Penelas/ músico: Miguel Gomiz/ diseño de espacio: José Escobar/ vestuario: Ana Nieves Ventura/ asistencia de dirección: Bárbara Majnemer/ sala: Espacio Callejón (Humahuaca 3759)/ funciones: sábados, a las 20/ duración: 60 minutos/ Nuestra opinión: muy buena

La primera cuestión que asombra es el espacio elegido para esta puesta. Y luego, con el devenir del relato, queda claro que es el mejor lugar, el ideal, para que albergue estos cuentos que esta noche se abren a los pocos espectadores que tienen el privilegio de ver a Dana Basso interpretando a Elisa, y muy de cerca. El bar del Espacio Callejón, aquel sitio que antes de cada función recibe al público y oficia de sala de espera, hoy es protagonista -o casi, porque la protagonista indiscutida es Elisa-. Unas mesas dispuestas para pocas personas son las butacas elegidas para esta puesta. Algunos, incluso, se acomodan en la barra que prácticamente se erige como escenario. Basso los recibe, es la anfitriona de esta noche, saluda y comienza el viaje por los cuentos de amor, algunos vividos por ella y otros que toma prestados. La clave está en los detalles. Contar con minuciosidad esas historias, no olvidarse de nada, recordar hasta el más mínimo matiz, revivirlas. Sentir por un momento el escozor del amor en estado puro. Entonces el trabajo de Basso se vuelve fundamental. Es que se necesita de una gran actriz para pasar de una historia a otra, de una amante que ama con furia en París a Sigfredo, a Juan en Buenos Aires, convertirse en hombre para amar a Ginette. Con la furia necesaria para hacernos viajar a aquellas historias y mantener la sensualidad encendida.

Aunque los relatos sean bellos y el amor sea evocado permanentemente, Elisa pregunta, interpela con un grado de tensión que asegura que el trasfondo de esta historia no es el amor, sino la angustia de sentir extinguida la pasión. Por eso, cuando pregunta si hay algo raro en sus codos, en su cuello, si notamos que la piel ha crecido más de la cuenta es con miedo, con ansiedad. Algo que parece obedecer más a una cuestión estética termina por instalarse como el verdadero conflicto de ella. Una especie de enfermedad que esta mujer lleva a cuestas. Entonces se suma el otro personaje (Lisandro Penelas), que, acodado en la barra, podría confundirse con un espectador más, pero su vestuario extravagante afirma que algo de ficción circula por su ser. De improviso se pone en acción e interactúa con Elisa. Su participación es clave para la trama. Es el salvador. El diseño del espacio propuesto por José Escobar se ajusta a la puesta porque aquí la participación del público se vuelve capital. Y para ello es necesario que la sensación de estar en un bar sea cierta; los espectadores serán los oyentes y, en algún sentido, la garantía de que su mal no crezca. La iluminación que por tratarse de un bar jamás se apaga asegura que los espectadores estemos ahí, activos. Un músico en vivo completa el plan, sus melodías les dan color a las historias. La obra de la canadiense Carole Fréchette es acertadamente dirigida por Silvina Katz que le imprime ese grado de verdad justo y necesario para que la pieza se despliegue.

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