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El Tigre reposa en Isla Margarita

Una nueva propuesta para pasar los fines de semana; el ambiente con sabor a Caribe y la comida, casera

Viernes 06 de noviembre de 1998

Un nuevo, pulcro y apacible parador isleño aprovisiona equipos de mate, picadas y comidas, junto con un solárium de arena rodeado de fresnos y casuarinas, a 10 minutos de lancha del puerto del Paraná de las Palmas, un embarcadero flanqueado por recreos más tumultuosos.

Resulta poco común encarar un paseo isleño que no parta desde la Estación Fluvial Tigre. Sin embargo, desde el puerto de Escobar arrancan navegaciones en las lanchas colectivo más confortables del Delta y paseos en el catamarán Libertad. Estos recorridos, conocidos por los pescadores deportivos y los habitantes del Paraná de las Palmas, no están tan difundidos entre los buscadores de renovados espacios de esparcimiento.

Para llegar al puerto de Escobar, a 16 kilómetros de esa localidad bonaerense, a 50 kilómetros de Buenos Aires, debe encararse la ruta Panamericana, ramal a Zárate, hasta el desvío a Escobar. Es el lugar de cruce con la ruta provincial 25, que se toma a la derecha. Esta carretera transversal, que viene desde Pilar, cruza Escobar y sigue hasta la zona del barrio El Cazador, aún en lo alto de la barranca, y desde allí desciende al bajío por el que recorre 10 kilómetros a través de un túnel forestal saturado de perfumes de flores silvestres que hacen obvia la abundancia de panales. En la sinuosa travesía -que cruza por un viejo puente el río Luján y llega a orillas del río Paraná de las Palmas- se escalonan improvisados puestos de venta de la miel lugareña, pero también otros productos de granja y hasta pan casero.

Toda la calma para aquellos que tienen jornadas agotadoras
Toda la calma para aquellos que tienen jornadas agotadoras. Foto: Francisco N. Juárez

En este punto final carretero -que se prolongaba en un viejo proyecto interisleño, ideal para acortar el puente Colonia- está el embarcadero frente al ancho río y junto a una pequeña ensenada. Desde allí, aguas arriba, corre el sector de recreos aledaños a la modesta costanera. Varios caminos vecinales llevan hacia otros campings. El más cercano es Puerto Joy, contiguo a la ensenada, un lugar rústico, pero con arenas costeras y sombrillas hongo de paja, que desde lejos aparentan un ilusorio destino caribeño.

Carabelas de hoy

Isla Margarita, en cambio, es un nuevo emprendimiento miniturístico -surgió hace apenas un mes y medio- basado en nueve hectáreas con un envidiable verdor provisto de fresnos, casuarinas, álamos e infaltables palmeras, que asoman sobre el río Carabelas Grande, en cuyo lecho se asienta su sólido muelle. Brinda un servicio diferenciado de casi todo lo que se encuentra en el Paraná y su delta.

La costa silvestre de Isla Margarita está a menos de un kilómetro del Paraná de las Palmas y sobre la arena de su amplio solárium lucen blancas y flamantes sombrillas, tentación de los náuticos adoradores de sol que remontan el río. Todos los sábados, domingos y feriados está habilitado para pasar el día sin ninguna tarifa por el desembarco en el lugar y con el único cargo de la consumición, original y servida en una terraza pulcra y bien decorada sobre el muro de una edificación de nueva y sólida mampostería de ladrillo a la vista.

Se trata de un rincón apetecible para los necesitados de un paréntesis silencioso y silvestre, apartado del radio tumultuoso de la oferta turística isleña y a la vez accesible: está a 10 minutos de lancha desde el puerto de Escobar. Los visitantes deben aceptar las reglas del lugar, que no está destinado para hacer el propio picnic ni encender fuegos.

La anfitriona María Teresa Marité Brindza, que habla fluido inglés además de italiano, ya que desciende de peninsulares (también de lituanos), no es una improvisada: desde1986 trabajó para La Benquerencia, la estancia turística que en estos momentos se fracciona como un country club. Por ahora se ocupa de una atención personalizada para pocos; sugiere caminatas por el sendero costero de kilómetro y medio; puede atender con entretenimientos a los visitantes más chicos; permite pescar, y ella misma cocina las delicias para todo el día.

A pesar de los ancestros y su perfil europeo, Marité tiene para la primera hora y la media tarde un servicio especial: mate. Esa infusión en etapas, para dos, cuesta 10,50 pesos e incluye la provisión de calabaza con bombillas y demás elementos materos, acompañados de cuatro especialidades de levadura. Más abundante aún es el bautizado té de la isla -también para dos-, un despliegue de tartas y confituras a 14,50, que compite con el desayuno en todas sus variantes, incluido el chocolate, donde lo casero abarca panqueques y dulces varios.

Toque mediterráneo

Las mayores provisiones llegan a la mesa con la picada doble, abundante pero nada clásica -sin aceitunas, palitos u otros entremeses- en mérito a breve platos más sustanciosos (no menos de seis variantes) como pequeñas albóndigas, una deliciosa tarta de jamón y queso, y alguna suculencia de la cocina europea, con tono mediterráneo, todo regado por cerveza y a 18 pesos. No falta la provisión de vinos y a pedido se encargan ensaladas y toda la variante de la sana alimentación. No hay parrilla.

Para llegar desde el puerto de Escobar, con espacios libres para dejar el automóvil y casilla expendedora de pasajes de ida y vuelta a 5,60 pesos, los servicios de lancha parten cada hora desde la 7.30 y hasta las 18.30. Las lanchas recorren el Paraná de las Palmas, pero se desvían a pedido por el río Carabelas Grande los mil metros que dista el muelle de Isla Margarita y conviene arreglar con los pasajeros el regreso.

Los que prefieren no hacer un viaje hasta las islas tienen en Puerto Escobar muchas opciones de camping, claro que diferentes y más convencionales, como Puerto Joy, nombre que sintetiza el del concesionario Jorge Omar Yoly -o preferentemente Coco-, otrora armador de areneros al que la privatización del lecho del Paraná -ahora en manos de un consorcio belga- sumió en otra novedad económica: resultó mal negocio buscar la arena más lejos y vendió su último barco.

Conserva una gorra de capitán de ultramar encasquetada en lo alto de su veterano porte, todavía espigado y que arranca en juveniles botas texanas, toda una figura que imanta a una clientela bohemia que invade su camping ribereño. Ingresar a Puerto Joy, con coche y todo, a 300 metros del pavimento, cuesta tres pesos per cápita y ticket que anuncia un categórico prohibido bañarse . Es que la arena del solárium llega hasta las aguas donde el Paraná, ahora con gravoso peaje, pero liberado a navegaciones sin dificultades, tiene allí treinta metros de profundidad y una anchura desmesurada.

Coco atiende el mostrador, despacha módicas hamburguesas y choripanes, y se acoda como cualquier marinero del planeta para enfrentar una copa y contar su historia.

Francisco N. Juárez

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