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Nuestro fin de semana

Lunes 04 de septiembre de 2017
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De chica, el mayor de los terrores era perderme. Hablo de un miedo profundo, de esos que acometen sin nombre, ausentes de palabra, arrasadores. Era un pánico, no obstante, más bien infundado: niña de ciudad, de pasos rigurosamente monitoreados, estaba tan lejos de extraviarme como de saber -realmente saber- de qué se trataba la autonomía.

Pero el miedo permanecía allí, agazapado. Y se desató un día, en medio de lo más parecido a un bosque que pude conocer por entonces: las módicas extensiones de pinos y eucaliptos que cada tanto emergen a la vera de la costa bonaerense. Caperucita sin canasta, Gretel sin miguitas de pan, me había internado apenas un poco en uno de esos bosquecitos playeros. No pasó mucho tiempo para que, repentinamente, no supiera dónde estaba. Árboles, hojas, tierra. Todo era de una opacidad indescifrable. Sobrevino el miedo: un terror desbocado, una desmedida tenaza de vacío. Buscaba y buscaba, pero no podía divisar el auto familiar, la reposera donde solía acomodarse papá, la mesita desplegable donde aguardaban los vasos de plástico de mamá.

Por aquella época, desorientarse era eso: perder de vista a mis viejos, quedarme sin la brújula de su presencia. Y es extraño. Porque recordé aquella sensación hace unos días, al ver una obra de teatro que no refiere directamente al extravío. O quizás, sí.

Se trata de Paraty, que se presenta actualmente en el Cultural San Martín y fue escrita por el dramaturgo suizo Lukas Bärfuss. La versión original se llama Málaga; Cecilia Bassano, codirectora de la obra, optó por la ciudad brasileña en la adaptación del universo europeo a la mirada local. Porque se trata de resonancias: si para alguien de habla alemana el sur español es sinónimo de sol, disfrute y liberación del deseo, para nosotros ese anhelo se tiñe de la luz del Brasil. E inmersos en ese imaginario están Vera y Miguel, los protagonistas de la obra, una pareja en pleno proceso de divorcio y en plena puja por un fin de semana. Ella ha iniciado una nueva relación y quiere irse dos días a Paraty con su flamante novio. Él quiere partir a Montevideo, a un congreso que considera impostergable para su carrera. La cuestión es, claro, quién se queda con la pequeña hija del ex matrimonio. "Es tu fin de semana con ella", dice la mujer. "Es mi futuro profesional", recuerda el hombre. Toma y daca. Debe y haber. La niña nunca aparece en escena; es apenas un nombre, una ficha para la que nadie encuentra el casillero donde ubicarla. Una entidad a la que habrá que poner precio: el de la persona que se haga cargo de ella durante ese bendito fin de semana.

Responsabilidad y dinero. Para Bärfus, vivimos en una sociedad intoxicada por la carencia de uno y el exceso del otro. O, más exactamente, hundida en la tiranía de una lógica monetaria que lo impregna todo. En eso están Vera y Miguel: intercambiando gestos, billetes y favores como quien intercambia bienes financieros. La cuestión es ganar. La urgencia es cumplir con un mandato disfrazado de puro goce: vértigo, diversidad y éxito en la cama; vértigo, diversidad y éxito en la profesión. Estar en carrera. Y pagar, en todo caso, a quien ayude a remover los escollos.

En eso están Vera y Miguel. Extraviados en la misma espiral que, en algún punto, nos marea a todos. Esa que, unos diez años atrás, hizo que unos cuantos operadores de Wall Street, embriagados de velocidad, dígitos y promesas de ser los más grandes, desataran la irresponsable serie de sucesos desafortunados que pusieron la economía mundial al borde del precipicio. Con similar ceguera, Vera y Miguel juegan sus acciones emocionales en lo que creen que es una justa reivindicación del derecho al éxito y a la ganancia personal.

"It's not dark yet, but it's getting there." La frase de Bob Dylan inaugura la puesta en escena de Paraty. Adivinen la integridad de quién terminará estallando por los aires.

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