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Pasar por el "loco de turno", la temeraria jugada del déspota

Luisa Corradini

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LA NACION
Lunes 04 de septiembre de 2017

PARÍS.- Los países occidentales piensan que al perfeccionar y hacer alarde de su capacidad nuclear el líder norcoreano Kim Jong-un sólo busca asegurar la supervivencia de su régimen ante la amenaza que representa Estados Unidos. Esa interpretación tiene al menos una virtud: tranquilizar al resto del mundo haciéndole creer que no estamos a las puertas de un cataclismo, por la simple razón de que el dictador de Pyongyang estaría practicando su propia política de la disuasión.

Ya que la disuasión nuclear parece haber mantenido al planeta lejos del Armagedón desde hace 75 años, Kim estaría persiguiendo el mismo fin de autoprotección que Paquistán, India o Israel, que no forman parte de las potencias atómicas "autorizadas" (Estados Unidos, Francia, China, Rusia y Gran Bretaña).

La explicación, sin embargo, parece un poco simplista. Porque, si bien lo peor estuvo alguna vez a punto de suceder, no es lo mismo que las ojivas nucleares se encuentren en manos de jefes de Estado sometidos a contrapoderes que en poder de un heredero irracional, lunático, capaz de asesinar a los miembros de su propia familia a sangre fría y que impone una dictadura implacable y grotesca a su pobre pueblo.

El problema en este caso es que nadie sabe muy bien si Kim es loco o se hace. Si realmente lo es, es legítimo esperar lo peor.

Pero el líder de Corea del Norte también podría estar movido por una verdadera lógica: haber decidido que -para mantener su régimen a flote- más vale poseer realmente la bomba nuclear y convencer a todos de que no dudará en utilizarla, aunque tenga que pasar por el loco de turno.

En todo caso, bomba de hidrógeno o no -como afirman muchos-, no hay ninguna duda de que el programa nuclear de Pyongyang progresa.

Según Norsar, fundación noruega independiente de reconocida autoridad en la detección de temblores de tierra y explosiones nucleares, el ensayo de ayer por la mañana alcanzó una potencia de unos 120 kilotones (ocho veces superior a la bomba de Hiroshima). La agencia surcoreana Yonhap consignó una potencia superior a 100 kilotones, mientras que los servicios meteorológicos del país informaron entre 50 y 60.

Cualquiera que sea la cifra exacta, el ensayo de ayer fue sensiblemente superior al precedente, realizado el 9 de septiembre de 2016, estimado por Corea del Sur en unos 10 kilotones. Los expertos creen ahora que, en aquel momento, Pyongyang bien podría haber probado una primera bomba H, a pesar de que -debido a su poca potencia- todos creyeron que se trataba en realidad de una bomba A.

El test de ayer confirma, en todo caso, que Corea del Norte aumenta efectivamente la capacidad letal de sus bombas. El anuncio de "éxito perfecto" de su ensayo fue precedido horas antes por una masiva comunicación a través de la agencia oficial del régimen KCNA. Las fotos muestran al líder inspeccionando "una bomba termonuclear de gran potencia". Su estructura en forma de maní permite pensar que podría ser montada en un misil balístico (ICBM). Por lo demás, Pyongyang desarrolla ese programa nuclear simultáneamente con permanentes pruebas de misiles de corto, mediano y largo alcance.

Entonces, ¿está verdaderamente loco o no? Para no desesperar, uno se siente tentado de pensar que hay otra ventaja en hacerse el alienado: incitar a los otros actores a moderar sus ardores, como prescribía la famosa "teoría del loco", de Richard Nixon.

Pero, si todo esto no es más que una gesticulación, ¿por qué es tan difícil sentirse tranquilo? Ayer por la mañana, cuando el mundo abrió un ojo con inquietud tras el anuncio del ensayo nuclear norcoreano, el otro despertó con la misma preocupación, mirando cuál sería la reacción de Donald Trump.

Por su impulsividad y sus características, el presidente norteamericano se encuentra hoy exactamente en la misma posición de Kim: como el loco de turno, con el dedo en el botón rojo, prometiendo "fuego y furor", en vez de hacer gestos de apaciguamiento, para llevar a su adversario a la mesa de negociaciones.

En las actuales condiciones, la teoría de Nixon -según la cual nadie es realmente demente- es tranquilizadora. Pero ¿qué sucede cuando no se sabe si quienes se encuentran frente a frente no son realmente dos locos?

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