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Mísia, guardiana de un bellísimo legado

Martes 05 de septiembre de 2017
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LA NACION
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Mísia

Músicos: Fabrizio Romano (piano), André Dias (guitarra portuguesa), Bernardo Viana (viola de fado), Vasco Sousa (bajo acústico). lugar: CCK/ Nuestra opinión: muy bueno

Cuando interpreta con ánimo juguetón "María, la portuguesa", el muy esperado clásico de Carlos Cano con el que concluye el espectáculo que una vez más la trae de regreso a Buenos Aires, Mísia ya se ha puesto al público en el bolsillo. Es un momento de regocijo, como si un aire liviano hubiese ingresado de pronto en la sala, y que contrasta con esa atmósfera de concentrada gravedad tan reconocible para quienes están familiarizados con la obra de Amália Rodrigues, la más grande fadista de todos los tiempos y a quien está dedicado este show. Esa circunspección es muy acentuada en la primera mitad del impecable repertorio, durante la que Mísia recibe el sobrio acompañamiento de Fabrizio Romano en el piano (particularmente afortunada en dos o tres momentos del programa y sobre todo en un pasaje impresionista que trae una atmósfera etérea que parece extraída de una obra de Ravel o Debussy), cuyo delicado melodismo y sentido de la proporción contribuyen a exaltar las dotes interpretativas de la cantante. El pianista sabe (y lo saben también los tres guitarristas excepcionales que se sumarán en el segundo segmento, los tres de parecida riqueza musical y discreción) que lo primordial son los textos tan bellamente escritos por Amália. Y, sobre todo, lo sabe la exquisita intérprete nacida en Oporto, en cuya expresión vehemente y reconcentrada vibra el drama de un modo contenido y, por eso, verdaderamente conmovedor. En esa desnudez se cifra la sabiduría del espectáculo, con el añadido de que en unos cuantos casos la anfitriona dice los textos en español antes de cantarlos, en el afán de arrojar luz sobre su secreta belleza.

Curiosamente, ese clima de pesadumbre se interrumpe entre tema y tema, porque no importa cuán desgarrador sea lo que acaba de escucharse (por ejemplo, la perturbadora "Rasga el pasado") ni cuál el impacto emocional que esos textos produzcan en la intérprete, en esos prolongados intersticios Mísia decide regalarle al auditorio algunas notas de un humor ligero y refrescante; aunque -hay que decirlo todo- de cuando en cuando se cuelen en esa atmósfera de cautivante cordialidad dos o tres observaciones que dan cuenta de un espíritu por momentos oscuro y algo quebradizo que promueve en el espectador las ganas de subirse al escenario y abrazarla.

La despedida (sólo hasta el día siguiente, porque el segundo concierto se lo dedicará a un repertorio más amplio que va del fado al tango y resume veinticinco años de carrera) es con dos clásicos: "Lágrima" y "Lisboa antiga". A esa altura del concierto, pese a los recaudos de la cantante, que se niega a ser considerada la sucesora de Amália y considera el espectáculo no un tributo sino un regalo de gratitud a la enorme fadista, el espectador sabe que está ante la heredera de un bellísimo legado.

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