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El juego del miedo II

Martes 05 de septiembre de 2017
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Los que tenemos un poco más de 50 atravesamos nuestras adolescencias -dichosas, atormentadas, soñadoras y confusas- con la amenaza de un holocausto nuclear. De algún modo, los trece días de octubre de 1962, cuando éramos unos bebes, habrían de sellar las tres décadas siguientes, poco más, poco menos.

Era como un zumbido sordo de fondo. Dos naciones de un poderío incalculable estaban aputándose mutuamente con las armas más temibles jamás creadas por la civilización. Ojivas que no sólo sembraban el fuego y la destrucción, sino también una herencia radiactiva para la posteridad y un invierno nuclear al que la humanidad le costaría sobrevivir. Lo había anticipado Einstein, en cuyas teorías se basaba la guerra atómica. "No sé qué armas se usarán en la tercera guerra mundial -dijo-, pero la cuarta la pelearán con piedras y palos."

Luego la tensión se aflojó y volvimos a mirar el cielo con confianza. Nos habíamos acercado al abismo. Lo sabíamos. Todos lo sabíamos. Y ahora parecía que habíamos aprendido la lección. Espero que sea así. Porque de nuevo el espectro del fantasma nuclear se agita en los titulares de los diarios. Y, con toda franqueza, ya estamos un poco cansados. No se puede vivir con miedo.

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