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Una infancia entre historietas

Daniel Gigena

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LA NACION
Martes 05 de septiembre de 2017

En los pueblos y barrios donde viví hasta la adolescencia, las librerías no existían. Los comerciantes que abrían una, en vez de novelas, enciclopedias y libros de cuentos, vendían cuadernos, lápices y papeles. Algunas de mis compañeras eran verdaderas artistas a la hora de usar esos papeles de diferentes colores, todos con un misterioso fondo de telarañas. Quizás esa criatura que vivía en las alturas del cielorraso, con su perseverancia artesanal, estuviera asociada a la sabiduría que la escuela nos iba a proporcionar.

En verdad, la librería del barrio o del pueblo en las sierras era el quiosco de diarios y revistas. En los años 70, la clase trabajadora compraba diarios y revistas de todo tipo: matutinos y vespertinos, semanarios, revistas deportivas y de espectáculos, publicaciones didácticas para chicos y (mis favoritas) historietas. Soy uno más de los que aprendieron a leer a través de historietas. Mis primos compraban El Tony, pero sus madres coleccionaban Intervalo. Unos y otras me prestaban los ejemplares. Los personajes hablaban en un español extraño, que en ese entonces me parecía elevado.

Seguramente, los diarios y las revistas eran accesibles porque mis padres, que trabajaban como operarios en fábricas, compraban toneladas de papel impreso por semana. Por varias razones, los jueves era un día especial en la familia. Los diarios traían comentarios de películas que nunca vería en la pantalla grande; ese día salían las revistas de actualidad que le gustaban a mi madre y, además, llegaban al quiosco de la estación ferroviaria o de micros nuevas entregas de los personajes creados por Dante Quinterno. Hoy todos ellos me parecen un poco obtusos, e incluso les podría hacer objeciones ideológicas (nada más absurdo y tardío), pero durante aquellos años tenían más realidad que algunos parientes, maestros y compañeros de escuela.

Seguía con atención las aventuras de Patoruzú (aunque prefería al personaje de la Chacha), las locuras de Isidoro y, en una versión sin discotecas ni desfalcos como los que había en el mundo del joven Cañones, las travesuras de Patoruzito e Isidorito, a las que Quinterno y sus guionistas habían imaginado como correrías en una arcadia rural. El formato apaisado de las revistas nos permitía usos originales: se podían enrollar y esconder (¿de quién?) en una cartuchera; se las podía llevar en el bolsillo del guardapolvo y camuflar en un cuaderno. Era sencillo leerlas tendidos en el pasto o en un sofá a la hora de la siesta.

A diferencia de otros chicos, lectores como yo de revistas de historietas, nunca se me ocurrió crear una. Las de mis compañeros de escuela eran protagonizadas por piratas, militares, pilotos de autos y aviones, versiones mejoradas de ellos mismos. Como los profesores de dibujo habían determinado mi incapacidad para el arte de las imágenes en dos dimensiones, me había resignado a idear argumentos para los personajes dibujados por los más talentosos. Usaba el lenguaje neutro de los melodramas de Intervalo y de los episodios de aventuras de El Tony.

La gran sorpresa en el ecosistema literario familiar tuvo lugar cuando a los quioscos empezaron a llegar libros. Colecciones bien encuadernadas, libros de autores argentinos y extranjeros, ejemplares con tapas de diferentes colores. Tardé en captar que cada color definía un género: la novela era verde; la biografía, morada, y el ensayo, grisáceo. Los quería a todos. Sin asombro de su parte, al menos que recuerde, mi padre reemplazó la compra de revistas de historietas que le encargaba al diariero por la de libros. Había que pedirlos e incluso, como si se tratase de una casa o un auto, "señarlos". ¿Podía fallar? De ninguna manera. Cada nuevo título de la colección de libros llegaba los jueves al mediodía, poco antes de que mi padre, de vuelta del trabajo, pasara por el quiosco de diarios de la estación de trenes o de ómnibus.

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