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El Parque de la Memoria en la mirada de dos expertos

Un espacio verde en la ciudad no tiene por qué asociarse siempre al concepto de ocio recreativo. En este caso, el Parque de la Memoria es un claro ejemplo de las múltiples funciones de los lugares urbanos al aire libre. Una peregrinación hacia el dolor, el horror, el recuerdo y la sanación.

Martes 05 de septiembre de 2017 • 14:47
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Por Cecilia Acuña / Fotos Claudio Larrea

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Dónde queda

El parque está ubicado sobre la costa norte del Río de la Plata, entre Ciudad Universitaria y Aeroparque. La dirección exacta es avenida Costanera Norte, Rafael Obligado 6745.

Por qué lo elegimos

En principio, debido a la importancia de que la ciudad (y el país) posea un monumento que conmemore a las víctimas del terrorismo de Estado, contemplando el período que va desde 1969 hasta 1983. Por otro lado, la premisa es destacar que el concepto de parque público no solo se vincula con espacios para la recreación, el deporte y el ocio, sino que también, tal como aclara el arquitecto Rodrigo Ruiz Medina, “un parque puede albergar diferentes temáticas y usos, como en este caso, dedicado a la historia, al respeto y a la memoria”..

El dato

Su ubicación no es para nada casual. El parque se encuentra a 300 metros del Aeroparque Metropolitano, debido a que desde el área militar del aeropuerto partieron varios de los denominados vuelos de la muerte, que transportaron a muchas de las víctimas que luego fueron arrojadas al río.

1-El memorial. Son cuatro inmensos muros de hormigón que contienen 30.000 placas de pórfido patagónico –un tipo de material de construcción–. En la actualidad, 9.000 se encuentran grabadas con los nombres de hombres, mujeres, niñas y niños víctimas de la violencia impuesta por el Estado. Los nombres están ordenados cronológicamente por año de desaparición y/o asesinato y por orden alfabético. En cada una de las placas, también se puede ver la edad de las víctimas y se destacan los casos de mujeres embarazadas. La nómina no está terminada, sino que todo el tiempo se incluyen nuevos nombres que la van completando. Las dimensiones del monumento y la desolación de un paisaje cuidado y austero logran transmitir el dolor y la tristeza por los hechos terribles sucedidos en esa época oscura de nuestra historia. El recorrido marcado por bancos, curvas y extensiones solitarias de césped conecta a los visitantes con la crudeza del significado del parque.

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2-Las esculturas. Junto con el monumento, que es el resultado de un concurso de proyectos organizado, en 1998, por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, esparcidas por las 14 hectáreas que ocupa el parque, se pueden apreciar 17 esculturas. Doce de ellas fueron seleccionadas por concurso, mientras que las cinco restantes pertenecen a artistas que poseen un fuerte compromiso en la lucha por los derechos humanos. Diseñado a ras del suelo y con vegetación de altura baja, el parque cumple la función de destacar tanto el memorial como las esculturas. Aquí, una de las primeras que se ve al ingresar: representada por tres figuras de bronce laminado, obra de Roberto Aizenberg, rememoran la ausencia y el vacío melancólico de víctimas sin tumba.

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3-La herida abierta. De acuerdo con el proyecto ganador del concurso para diseñar el parque –Estudio Baudizzone, Lestard, Varas, Ferrari y Becker–, los cuatro muros del Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado fueron diseñados como un corte, una herida abierta sobre una lomada artificial de césped sin otro ornamento que el mobiliario de bancos de hormigón dispuestos frente a cada uno de los muros. Desde este sector, no se contempla el horizonte del río, por lo que la sensación de dolor y opresión se hace más intensa.

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4-Los rostros desaparecidos. Una de las 17 esculturas que, en este caso, homenajea en concreto los rasgos de las personas que, desde viejas fotos carnet en blanco y negro, nos miran con el dolor de la lucha por la libertad. Nicolás Guagnini, artista creador de esta escultura, recrea un retrato de su padre desaparecido, fragmentado en 25 columnas de acero de unos cuatro metros de altura cada una. A través de una forma de cubo, el artista propone reconstruir la imagen de los que ya no están entre las columnas y el río.

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5-Una posible sanación. Después de una intensa peregrinación a través de los senderos del parque, el último de los muros concluye en un paisaje que combina lo acuático y lo urbano. Un pequeño muelle hace de vínculo con este espacio de sanación y, a la vez, de recuerdo de lo sucedido. La lomada artificial, según los diseñadores del parque, se pensó como un símbolo de construcción de una sociedad nueva y unida que mira hacia el futuro.

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6-Monumento al escape. Creada por el escultor Dennis Oppenheim, esta es otra de las esculturas expuestas en el espacio. Realizada en acero y vidrio coloreado, las tres formas representan los centros clandestinos de detención de personas. Se trata de algunas de las estructuras que más llaman la atención desde fuera del parque debido a sus dimensiones y colores. Las puertas de las supuestas casas se encuentran abiertas en alusión a la deseada libertad.

Elegido por:

Clara Miguens y Rodrigo Ruiz Medina

Clara Miguens es licenciada en Planificación y Diseño del Paisaje por la UBA, especialista en diseño del espacio público. Rodrigo Ruiz Medina es arquitecto, especialista en planificación urbana y diseño del espacio público, con criterios de sustentabilidad y normas LEED. Socios del estudio RM2 –www.estudiorm2.com– se desempeñan como consultores y asesores para municipios del país en proyectos de distintas escalas relacionados con higiene urbana, reciclado, medio ambiente y deportes, entre otros.

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