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Un oasis de humanidad: lo que aprendí de conocer a la Madre Teresa

Hoy, en la fecha de su muerte, se celebra el Día Internacional de la Beneficencia

Martes 05 de septiembre de 2017 • 16:00
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Era 1994, tenía 24 años y sentí que era hora de devolver algo de lo recibido. Yo tenía educación, familia y salud, tres cosas que uno tiene sin mucho mérito propio, en realidad. Por eso cuando terminé mi carrera universitaria, decidí ofrecerme como voluntaria con las Misioneras de la Caridad en Calcuta.

Llegar a la Casa Madre en el 54 A, A.J.C. Bose Road, en Calcuta, es sentir que uno llegó a las puertas de un oasis de humanidad, para después descubrir que esta sensación se repite al entrar a cada uno de los hogares de las Misioneras de la Caridad.

Con la Madre Teresa
Con la Madre Teresa.

La Madre recibía a cada voluntario con una sonrisa y una bendición. Uno se agachaba para sentir su mano pesada sobre la cabeza y tenía la certeza de que jamás tendría ni el 1% de su fe, su tenacidad, su amor por los demás o su coherencia.

Además de preguntarte de donde venías, te pedía que volvieras a tu país de origen y siguieras haciendo algo de lo que uno allí hacía. Era una bienvenida y despedida al mismo tiempo. También nos pedía coherencia y no tomar este privilegio de compartir el trabajo diario junto a las Misioneras de la Caridad como una aventura.

En su charla a los voluntarios nos explicaba qué era para ella rezar, y tomaba sus manos y enumeraba: primero con una mano, cada dedo correspondía a una acción: tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me distes de beber; fui forastero, y me recibiste; estaba desnudo, y me vestiste; enfermo o preso, y me visitaste. Entonces tomaba la otra mano y repetía, una palabra por cada dedo: "Me lo hiciste a mí". Juntaba ambas palmas de su mano y así, así entonces rezaba. Eso era para ella la oración, era pura acción.

Mujeres en situación de calle que iban a buscar comida a la escuela Ghandi
Mujeres en situación de calle que iban a buscar comida a la escuela Ghandi.

Como voluntaria podía elegir entre trabajar en Shishu Bhavan, la casa de los niños; Pren Dam, el hogar de los enfermos, y Kalighat, el hogar del moribundo.

Decidí empezar por el final de la vida, para luego atravesar sus diferentes etapas en el mismo día. Es que de trabajar durante las mañanas ayudando a bañar a los enfermos, darles de comer, lavar la ropa y la vajilla, pasaba las tardes dando clases de inglés a chicos en situación de calle en la Escuela Ghandi.

La vida en un día

La vida en un día y al revés. Un aprendizaje feroz de todo lo que hay que agradecer cada día, por el resto de la vida.

El privilegio de trabajar junto a ellas es descubrir que lo poco que uno hace, tiene otra medida si se mide con la vara de aquel que lo necesita. Uno a veces podía pasar toda la mañana dándole de comer a una sola persona: visto desde mí, quizás era poco, pero desde su medida, era mucho, porque necesitaba que alguien le diera de comer.

Uno va descubriendo como uno se achica y se agradan las manos para dar respuesta. Esto pasa cuando el protagonista es el otro, aquel que necesita. Que es otro que no necesita de mí sino que necesita de un par de manos. Y mi privilegio fue poder estar ahí.

Uno quiere curar el mundo, y descubre que se cura de a una herida por vez.

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