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La sonrisa detrás del crimen

Hugo Beccacece

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PARA LA NACION
Miércoles 06 de septiembre de 2017
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A las hermanas Ocampo les encantaba leer relatos policiales, sobre todo cuando viajaban en tren. Por eso, no es extraño que la primera escena de la novela Los que aman, odian, la única que Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares escribieron a dúo, se desarrolle en un tren ni que su narrador se ocupe de resolver un asesinato. De un modo deliberado, la adaptación cinematográfica dirigida por Alejandro Maci tiene poco que ver con el libro original. Maci se propuso hacer otra cosa.

Bioy y Silvina escribieron la novela en un mes y la primera edición se publicó en 1946. Por supuesto, hay un crimen, guiños literarios y autobiográficos, una pareja de amantes y "la otra" (no diremos quiénes son), además de personajes ridículos, varios de ellos investigadores, y un chico que pertenece a la galería de niños tristes, precoces y perversos de Silvina. El humor prima en casi toda la narración, sobre todo al comienzo. Los autores se burlan de sus personajes. Eso es lo que más diferencia el texto literario del film, mezcla de thriller y melodrama. En el libro, el narrador es el médico homeópata Humberto Huberman. En la película, a Humberto lo bautizan Enrique Huberman y lo encarna Guillermo Francella.

Ocampo y Bioy crearon al doctor Huberman como un personaje decididamente cómico, una parodia de Watson y de los detectives a la manera de Hercule Poirot, de Agatha Christie, a la que los Bioy le deben mucho. Huberman es de una pedantería caricaturesca e irresistible gracia, no un enamorado patético como en el film. Es un testigo, un investigador aficionado más que un actor. Ya en las tres primeras páginas del libro, Humberto acumula citas literarias: se refiere varias veces al Satiricon de Petronio y, como ansía ver el mar, menciona la Anabasis de Jenofonte (siglo V a. C.), que cuenta la fuga hacia el Mar Negro de los mercenarios griegos, desdichados seguidores de Ciro, el derrotado príncipe persa. En su afán marino, Huberman evoca en griego la célebre exclamación de esos fugitivos: Thalassa, thalassa! (¡El mar, el mar!), que también fue citada por Joyce en el Ulises. No para ahí la cosa. Huberman, cual Gladys Minerva Pedantoni (la de Niní Marshall), se refiere a los pies como "frívolos viajeros", tal como los llama Paul Verlaine en su poema "Dios mío, tú has herido mi corazón de amor". Por si fuera poco, el homeópata guarda un gran parecido físico con Goethe (compárese a Goethe con Francella).

Los Bioy publicaron el libro en la colección El séptimo círculo, de Emecé, que dirigían Borges y "Adolfito". En varios capítulos de Los que aman, odian, sin dar el nombre de esa colección, se describen sus famosas tapas "arlequinescas", diseñadas por José Bonomi. Al pasar, algunas escenas del film muestran las "arlequinadas" en el cuarto de Mary, la víctima asesinada.

El doctor Huberman de Ocampo-Bioy nunca habría osado besarse con la bella Mary, como lo hacen Francella y Luisana Lopilato. Mary jamás se entera en el libro del tibio interés de Huberman por ella. Él la habrá auscultado, pero no gozado. Nada de "polvo serán, más polvo enamorado" (Quevedo). Mientras que todos los personajes son sospechosos de haber matado a Mary, el único por encima de toda suspicacia en la novela es Huberman.

El detective amateur imaginado por los Bioy, cuando acierta a descubrir al culpable del crimen, lo hace como un vidente, no por razonamientos. Eso mismo lo lleva a renegar de su acierto en cuanto le presentan un mínimo reparo. Otro desvío importante entre la novela y el film es el destino del asesino después de su confesión. En el original, se embarca en un bote a la deriva, mientras que en la película se le da una vuelta de tuerca al asunto.

El libro se termina con una pregunta sobre la intimidad de la pareja de "enamorados que tantas veces se miraron creyéndose criminales y que nunca dejaron de quererse". Ésa es una confesión secreta, mutua y temprana entre Silvina y Adolfito, porque los dos, durante su largo matrimonio, que salpicarían de amoríos, actuaron recíprocamente como "criminales", pero "nunca dejaron de quererse".

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