Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Un drama musical íntimo y profundo

Miércoles 06 de septiembre de 2017
SEGUIR
PARA LA NACION
0

Yerma, o la cuadratura del círculo / Libro: Federico García Lorca / Idea y dirección general: Julieta Cancelli / Intérpretes: Julieta Cancelli, Fernando Atias, Carla Liguori, Maxi Trento, Pepa Luna, Ana María Santiago, Mónica Romero, Anabella Ablanedo y Daniel Antonio Corres / Músicos: Nicolás Del Cid, Daniel Lifschitz, Sebastián Espeche / Vestuario: Jorge López / Luces: Carlos Gaber / Música: Sebastián Espeche / Coreografía: Anabella Ablanedo / Arreglos vocales: Gerardo Flores / Asistente de dirección: E. Ruiz Moreno / Producción ejecutiva: J. Cancelli, E. Ruiz Moreno, L. Oviedo / Funciones: sábados, a las 19.30 / Sala: El Cubo, Zelaya 3053 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: buena

Desde los antiguos griegos, la cuadratura del círculo es un problema imposible de resolver. Comparación que la actriz, bailaora, cantante y directora Julieta Cancelli eligió para armar su Yerma sin importar tiempos ni distancias: hay seres que no cuajan, propósitos que no se cumplen, realidades que no cambian aun cuando sean forzadas. No hay regla ni compás que consiga cuadrar al círculo.

Sin casi tocar una letra del original de Federico García Lorca, la directora pone el énfasis en esta irreconciliable diferencia. La Yerma que protagoniza es una mujer contenida, desgarrada por no engendrar un hijo, incapaz de negociar otra salida. El marido, Juan, es un hombre tan autoritario como impotente ante los reclamos que no quiere oír. Tanta negación terminará en un estallido violento al que poco a poco vemos anidar en las entrañas de la joven esposa maniatada en el deber ser heredado.

La otra elección de Cancelli es explorar la musicalidad de la obra. Diálogos y canciones flamencas están imbricados perfectamente y de manera tan fluida que convierten a esta Yerma en una tragedia musical. Una puesta para la que cuenta con las melodías compuestas y el oficio de tres grandes intérpretes en escena (guitarras de Sebastián Espeche, además director musical, y Nicolás Del Cid, y la flauta de Daniel Lifschitz) que acompañan sobre todo, junto con los cambios de luces, los momentos íntimos, cuando algo de la profundidad del alma intenta aflorar.

Clave también el papel del ensamble (la coreógrafa Anabella Ablanedo, Mónica Romero y Daniel Antonio Corres), vestidos en colores brillantes que los recortan del resto, que siguen la acción de los personajes y protagonizan, además, uno de los segmentos más bellos de la obra: la escena de las lavanderas en el río es sintetizada en un número de danza flamenca muy estilizada donde el trío intercambia las habladurías de pueblo chico. Del desenfado a la angustia, las voces de las protagonistas femeninas se apropian de honduras lorquianas: Cancelli, una experta (el año pasado estuvo nominada al Hugo por Lorca, poeta de tierra en el rubro Mejor unipersonal musical), Carla Liguori (como María, la amiga de Yerma) y la gracia bien plantada de la española Pepa Luna (la Vieja pagana).

En el centro del escenario se ubica una tarima circular que tiene distintas funciones durante los tres actos: cama mientras se mantiene unida y tres módulos cuando se subdivide. Son muy pocos elementos, usados con mucha plasticidad como el enorme mantón con el que juegan Yerma y los bailarines, convertido poco después en el bebe arropado de María. Algo exagerada la cantidad de humo en penumbras, la naturalidad con que avanza la narración como una obra de teatro musical es su mejor hallazgo.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas