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El campo de la muerte

Ezequiel Fernández Moores

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PARA LA NACION
Martes 05 de septiembre de 2017 • 23:59
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Después de veinte años, Ed Cunningham dijo basta. Su límite no fue porque el fútbol americano pueda parecerle hoy más violento. Huesos rotos, para Cunningham, siempre fueron parte del paisaje natural. El lo jugó. Fue capitán del equipo campeón nacional en la Universidad de Washington de 1991. Jugó además cinco temporadas en la National Football League (NFL). La violencia del juego, en rigor, comenzó a preocuparle a Cunningham desde su nuevo trabajo como comentarista del campeonato universitario para las cadenas ESPN y ABC. Ganaba un buen salario anual de seis dígitos y era respetado. Pero renunció. A metros suyo chocaban los mastodontes. Y él ya era conciente de los daños. "Acaso es el primer periodista -lo presentó The New York Times- que renuncia a seguir siendo testigo tan cercano de la carnicería, viviendo de un deporte que, él sabe, está matando a algunos de sus participantes".

"El juego no es seguro para el cerebro y eso, para mí, es inaceptable". Hay videos que muestran a Cunningham hace ya diez años preocupado por los jugadores que volvían a la cancha apenas minutos después de haber sufrido una conmoción cerebral. "Tenemos que proteger a estos jóvenes", dice en 2007 tras el golpe que recibe un quarterback de Stanford. Un año antes se había matado Andre Waters, con 44 años, ex compañero suyo en los Cardinales de Phoenix (ahora Arizona). En 2011 se suicidó otro de sus compañeros, Dave Duerson. Bicampeón del Superbowl, economista y representante sindical de los jugadores, Duerson tenía 50 años cuando se disparó en el pecho. Dejó su cerebro intacto para que fuera revisado por la Facultad de Medicina de Boston. Un año después fue el turno de un jugador que había sido rival de Cunningham. Junior Seau, 43 años, también se disparó en el pecho. Y también dejó su cerebro para ser revisado. Los médicos encontraron que todos tenían CTE (encefalopatía traumática crónica), la degeneración progresiva del cerebro por los golpes en la cabeza.

Una de las últimas y más duras imágenes que Cunningham recuerda -y llora cuando lo cuenta- fue en diciembe pasado. Un quarterback de Iowa golpeado varias veces y reemplazado sólo dos minutos antes del final. "¿Qué están haciendo?", inquirió a los entrenadores apenas terminó el partido. "¡Son sólo chicos!". Se cansó de ser testigo sobre cómo comienza todo. El campeonato universitario empezó hace una semana sin él ya al borde del campo. Y la NFL, la liga más millonaria del deporte mundial, iniciará mañana jueves su nueva temporada. Prevé ingresos records que subirán a 14.000 millones de dólares. Difícil meterse contra una industria que, además, forma parte de la cultura de Estados Unidos. Contra la naturaleza de un deporte en el que, como alguien definió una vez, "no hay vencedores ni vencidos, sino sobrevivientes".

Pasaron ya documentales-denuncia de la TV. Las películas de Oliver Stone (Un domingo cualquiera) y Concussion (Conmoción), el filme que cuenta la historia del neuropatólogo de origen nigeriano Benett Omalu (Will Smith) cuyas investigaciones, más la intervención del Congreso, obligaron a la NFL a pagar indemnizaciones de mil millones de dólares a los cientos de jugadores víctimas de demencia, ELA (enfermedad lateral amiotrófica) y otras enfermedades, casi todas ellas provocadas por los golpes en el cerebro. Allí está hoy en Netflix la serie Ballers, en la que el actor Dwayne Johnson, exjugador, comienza a sufrir ataques violentos, pero tiene miedo de ir al médico. Y, más importante, siguen los suicidios. Rashaan Salaam, exjugador de Chicago Bears y Cleveland Browns, fue encontrado muerto en diciembre pasado en un parque de Boulder, Colorado. Balazo en la cabeza. 42 años. Su familia, musulmana, negó que su cerebro fuera revisado por los médicos.

Cunningham no quiere ser ahora un "evangelizador anti-NFL", pero su debate ético obligó a otros. "Si yo renuncio -se excusó el veterano Al Michael, de la NBC- otro hará este trabajo en mi lugar". Un forista le respondió con una vieja cita de Upton Sinclair: "Es difícil conseguir que un hombre entienda algo, cuando su salario depende de que no lo entienda". El debate se hizo casi sangriento en los foros. "Winners don't quit" (Los ganadores no renuncian), increpan a Cunningham. Hay foristas que lo acusan de "traidor" y de unirse a una "conspiración de izquierda" en contra del "deporte-macho" de Estados Unidos, como Colin Kaepernick, el quarterback que ya no tiene equipo después de arrodillarse cuando sonaba el himno nacional, en protesta contra la brutalidad policial. "Su gesto politizó al fútbol y provocó que bajaran los ratings", protestaron muchos. "¿Y si la baja se debe a que ya estamos cada vez más informados de los daños de tanta violencia?", se preguntan otros. A la "grieta" -un atajo que etiqueta y así paraliza el debate- algunos la interpelan con más información. La Universidad de Boston revisó en julio pasado 111 cerebros de exjugadores de la NFL: 110 tenían evidencias de enfermedades cerebrales. "The football field -afirmó un forista- has become a killing field" (El campo de fútbol se ha convertido en campo de la muerte).

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