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Las cárceles imaginarias

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Miércoles 06 de septiembre de 2017
Foto: Roberto Schmidt

Nunca vemos las cosas hasta que otros nos las muestran. Es la clave de la conversación (quizás incluso del psicoanálisis) y, sin duda, también de la fotografía: ese arte por excelencia de hacernos ver lo que siempre estuvo a la vista y, sin embargo, no veíamos. Por ejemplo, las cárceles, a medias imaginarias y a medias reales, en las que vivimos. La mujer que camina en el atardecer de Bangkok es una de las cautivas de esa cárcel. Pero es una cárcel tan inmaterial que está hecha solamente de luces y de cables. Es la blue hour: la "hora azul", por un lado, pero también la "hora triste": el amanecer, tan parecido al crepúsculo, y tan distinto porque guarda todavía una expectativa. ¿De dónde viene entonces la tristeza? Acaso de que lo único real que la rodea es artificial. El neón y los cables trazan la geometría del encierro. El poeta Goethe creía que la naturaleza era una amiga que nos consolaba. La mujer solitaria que va a su trabajo quizá no encuentre en la tecnología ese consuelo.

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