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Desde ahora, un mar de incógnitas nos acechan

Miércoles 06 de septiembre de 2017
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NUEVA YORK.- El martes fue mi primer día de vuelta a clases en la Universidad Baruch, donde estoy cursando el último año. Tenía muchas ganas de volver a la escuela, pero era imposible concentrarme. Estaba completamente distraído con el latigazo de noticias sobre la posibilidad de que Donald Trump elimine el DACA, la política anunciada por el presidente Barack Obama en 2012 que permitió que casi 800.000 jóvenes inmigrantes como yo pudieran salir de las sombras de la sociedad.

Varios procuradores generales estatales republicanos han amenazado con entablar un juicio si el presidente no revoca el DACA para el 5 de septiembre.

Antes del DACA, no podía conseguir legalmente un trabajo. No podía tener una identificación estatal. No podía solicitar prácticamente ninguna beca. Además, viajar era peligroso.

Sin embargo, con el DACA obtuve seguridad social, identificación estatal y permiso para trabajar. Encontré empleo en un restaurante, el cual casualmente estaba ubicado en uno de los hoteles de Trump. Me había estado escondiendo durante siete años, pero se había acabado.

No es que la paranoia de mi vida anterior se hubiera terminado: todos los dreamers sabían que DACA era una medida que brindaría una tranquilidad temporal y que estaba sujeta a renovación. Tienen registradas las huellas digitales de todos nosotros, así como los antecedentes penales.

Esta situación de los dreamers es muy incomprendida. No somos un grupo que demos por sentado las bendiciones que tenemos. Sabemos cuál es el peso que llevamos sobre los hombros. El discurso sobre los inmigrantes en este país es indignante. Nunca tomé nada de nadie que no me perteneciera y he trabajado arduamente por todo lo que he logrado. He trabajado arduamente para poder estudiar y construirme un futuro, y con el DACA he empezado a recoger los frutos poco a poco. Me inscribí en una universidad y estoy cerca de obtener mi título en Gestión Pública.

Me deprime imaginar que podría no terminarla o que mi título podría ser sólo un papel sin valor sobre un muro porque no podré tener trabajo cuando me titule. Mi familia podría separarse: si me deportaran, me perdería de la infancia de mi sobrina y de un sobrino que está por nacer. Quiero que mi familia y mi comunidad vivan sin este temor: el miedo a ser deportado y a buscar ayuda, aunque estemos enfermos.

En lo personal, no podría volver a las sombras aunque lo intentara. No obstante, la libertad que he obtenido y el futuro por el que he trabajado tanto podrían terminar hechos pedazos si se revocara el DACA. Lo peor es que probablemente me enteraré de mi futuro en un tuit del presidente. Tal vez dependa de su estado de ánimo.

Sin importar lo que diga, los dreamers están para quedarse.

El autor es un dreamer, estudiante de la Universidad Baruch

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