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La delantera de la selección, una manada de lobos hambrientos... sin colmillos

La Argentina cortó la sequía goleadora de más de 300 minutos, pero gracias a un tanto en contra; Messi intentó de todo y lideró al seleccionado, mientras los demás atacantes se perdieron entre las ganas y la ineficacia; nueva lesión de Di María en un partido crucial

Miércoles 06 de septiembre de 2017
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LA NACION
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Mauro Icardi cae en el área, acusando una zancadilla venezolana; el arquero Wuilker Fariñez le impidió convertir en el primer encuentro del delantero de Internazionale como futbolista profesional en suelo argentino, a sus 24 años
Mauro Icardi cae en el área, acusando una zancadilla venezolana; el arquero Wuilker Fariñez le impidió convertir en el primer encuentro del delantero de Internazionale como futbolista profesional en suelo argentino, a sus 24 años. Foto: LA NACION / Fabián Marelli

El gol que le devolvió el alma al cuerpo a la selección ... fue en contra. Y la esperanza se ahogó enseguida en otro empate desteñido. Ese gol que terminó con 309 minutos de sequía fue convertido por un tal... Feltscher, el apellido más impensado del universo. El volcán que propuso la Argentina se derritió, se consumió en la ceguera de un ataque desesperado. La superposición de nombres encarceló a la Argentina en su trampa. Confiado en la suerte, que suele proteger a los audaces, el planteo albiceleste sumó apellidos ofensivos a medida que los nervios tomaron la brújula, pero jamás llegó la recompensa.

Faltaron determinaciones filosas. Se extrañaron maniobras dinámicas sorpresivas. Se extravió el fuego mágico capaz de destrabar un partido enredado por propias limitaciones. El fútbol le dio un cachetazo a la acumulación de insinuaciones. Sin mecánica ni estructura, hasta la jerarquía no se siente habilitada para soñar con noches felices. Los cinco delanteros fueron una manada de lobos hambrientos que, 90 minutos más tarde, terminaron mansamente en el corral.

Lionel Messi otra vez intentó el rescate. Pero el problema es que la inteligencia suya juega sola; en cambio, la mediocridad caza en jauría. Rodeado de celebridades, otra vez no hubo sintonías.

En Messi conviven varios tipos de futbolistas; puede controlar el juego desde el eje, asistir a los delanteros o ejecutar él mismo al rival. Intentó todo; le alcanzó en cuentagotas. Su sentido del juego, superior al del resto, volvió a quedar al descubierto. Pero él al mando, desde una tarea casi de conducción, no alcanzó para construir esa victoria que era imprescindible. Hasta a él se le negó el gol.

Ángel Di María y otra lesión muy inoportuna. Los sinsabores lo persiguen con indeseable lealtad en partidos trascendentes. Se perdió la final de Brasil 2014, se lesionó en el cotejo decisivo de la Copa América 2015 y jugó con poco margen de recuperación en la definición de la Copa América de 2016..., y a los pocos minutos debió abandonar el partido. Anoche no había un título en juego, pero el encuentro revestía carácter de crucial. Y a los 24 minutos se agotó el tiempo de Di María. Hasta entonces había perforado por la banda izquierda, con velocidad y algunas gambetas. Era un pistón que llegaba al fondo y sembraba desequilibrio.

Di María hacía ancho el ataque, una tarea que intentó sostener Acuña con su ingreso. Al menos, esta vez el ex jugador de Racing tuvo el perfil en su favor, no como en el Centenario. De todos modos, Acuña es menos vertical y explosivo. La Argentina perdió aceleración en esa región del campo, pero él rescató de la palidez al equipo de Sampaoli cuando inventó el desborde y el centro que terminó en el tanto en contra de Feltscher. Acuña inquietó con la insistencia. Una y otra veces percutió con atrevimiento y corazón. De lo más rescatable de la apuesta de Sampaoli, más destacable si se recuerda que no integró el plan original.

Icardi vivió un partido muy especial. Un debut singular: a los 24 años, por primera vez jugó un encuentro profesional en la Argentina. Antes, había participado sólo en un par de amistosos en un Sub 17 de José Luis Brown, en el ya lejano 2008. Activo, intenso, obligó siempre con su obstinación física. Nadie puede reprocharle compromiso. Pero le faltó justeza en su función específica: empujar la pelota al gol. El arquero Fariñez le tapó dos remates en el primer tiempo y en otras acciones en que merodeó el gol pareció atropellarse. Nunca se resignó, siempre estuvo en la acción. Él atropellaba la maniobra en el gol en contra de Feltscher. Salió a 15 minutos del final, cuando Sampaoli intentó con Pastore enriquecer los circuitos de juego.

Dybala ofreció una versión más dinámica para salir continuamente de la posición de falso 9, mostrarse como opción y quitar referencias a la marca de Venezuela. Con más confianza y participación, se sumó a algunos circuitos con Messi y hasta se reencontró con una de sus mejores virtudes. Le faltó puntería, y cuando la desesperación comenzaba a bloquear a la Argentina, Sampaoli decidió su reemplazo para darle más peso al corazón del área: debutó Benedetto . El pequeño paso adelante que dio la Joya es insuficiente para el gigante que cada fin de semana la TV trae desde Juventus.

Lautaro Acosta se desplegó tanto en la cancha que por momentos apareció cubriendo el lateral derecho. Sacrificado, voluntarioso, no propuso mucho el pie a pie, pero cuando partió en diagonal logró quebrar la resistencia visitante. Alrededor de tantos galácticos no desentonó, pero no por méritos propios sino por el descolorido entorno. Los cinco delanteros se marcharon en silencio, sin gritos, sin goles. Colmillos desafilados que no asustaron a nadie.

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