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Un poeta en el espejo

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Jueves 07 de septiembre de 2017
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No parece sencillo encontrar semejanzas entre la poesía y el periodismo. Es cierto que algunos periodistas fueron poetas y que muchos poetas ejercieron -con grados variables de disgusto- el oficio periodístico. En las redacciones conocimos algunos (de los primeros y de los segundos). Uno de ellos fue el enorme poeta estadounidense John Ashbery, cuya muerte me sorprendió, como a todos, el domingo pasado. "Trabajar de periodista fue muy útil para mí", contó una vez Ashbery, premio Pulitzer. "Un artículo periodístico tiene realmente una forma. Nadie va a decirte cuál es. Es algo que hay que averiguar por uno mismo, y lo mismo se aplica a los poemas." Hay aquí una observación crucial: ni el artículo ni el poema poseen una forma que los preexista. Uno y otro se dan cada vez su propia forma.

No es una casualidad que yo descubriera los poemas de Ashbery en un diario. Me refiero a Diario de Poesía, esa revista irrepetible y ya extinta que -con su diseño, su pulso para la actualidad- aparecía colgada con ganchos en los quioscos como cualquier otro diario. Fue ya muy pronto: el número 4, que salió en el otoño de 1987, incluía un larguísimo poema de Ashbery: "Autorretrato en un espejo convexo". Era uno de los poemas mayores de Ashbery, pero entonces yo no sabía esto, ni siquiera sabía quién era Ashbery. La razón por la que lo leí fue porque el título del poema era el mismo que el de un cuadro que yo amaba, que el Parmigianino pintó en 1524 y que, desde ya, conocía en ese momento solamente por las reproducciones de la colección Pinacoteca de los Genios (cuando finalmente lo vi en el museo me asombró que fuera casi una miniatura y que el panel en el que está pintado fuera además curvo, para imitar el espejo).

A Ashbery lo fascinaba la mano derecha del pintor en el cuadro, que por efecto de la convexidad del espejo aparece literalmente desmesurada. "Ahí seguirás, intranquilo/ sereno en/ tu gesto que no es abrazo ni aviso/ pero que encierra algo de ambos en pura/ afirmación que no afirma nada." Eso escribió Ashbery en un verso del poema, y si suena tan bien como lo estoy citando es porque la traducción que publicó en 1987 Diario de Poesía era de Javier Marías. "En esto veo tan sólo el caos/ de tu espejo redondo que lo organiza todo/ en torno a la estrella polar de tus ojos que están vacíos,/ no saben nada, sueñan pero nada revelan." El pintor es joven (tiene apenas 20 años) cuando se pintó; él también, como el poeta, parece haber descubierto la pintura al realizarla. Más todavía, parece haberse descubierto a sí mismo al realizar esa pintura. ¿No es eso un autorretrato? ¿No es eso un poema, un descubrimiento? Vuelvo a citar a Ashbery: "Este pasado está ahora aquí: el rostro/ reflejado del pintor, en el que nos demoramos, recibiendo/ sueños e inspiraciones en una frecuencia/ no designada".

Podría citar muchos pasajes más del poema de Ashbery, pasajes en los que el poeta parece retratarse a sí mismo en la cavilación poética sobre el autorretrato del pintor italiano. Esta afinidad es probablemente un caso único en la historia de la poesía y en la historia de la pintura.

Ese primer poema que leí me hizo leer muchos otros de Ashbery: algunos me gustaron mucho, otros menos, ninguno tanto como "Autorretrato en un espejo convexo".

Al día siguiente de la muerte de Ashbery hablé con David Rieff, que, además de ser un intelectual de primera línea (o por eso mismo), es un excelente lector de poesía. "La ironía... -me dijo- la ironía de Ashbery era única." Tenía razón. La poesía de Ashbery fue una poesía del descubrimiento de sí mismo y del propio pasado, que es el presente también. Ese descubrimiento, si es de veras honesto, no puede ser más que irónico. Para decirlo con sus propias palabras, las más justas: "¿Qué es el pasado, para qué sirve? ¿Un sándwich mental?".

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