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"Mi sudor me arruina la ropa"

Sábado 09 de septiembre de 2017
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Mi placard tiene un sector con las remeras y los suéteres prohibidos. Prendas infectadas con un olor ácido, mezcla de cebolla y queso azul, que se desprende de mis axilas transpiradas.

A lo largo de los años intenté distintos métodos para que no pasen a esa triste categoría de abandono: probé lavarlas con jabón blanco y secarlas al sol, remojarlas con vinagre, aplicar en mi cuerpo leche de rosas, bicarbonato de sodio, jabón de coco, glicerina, jugo limón, hasta he llegado a usar un protector estomacal llamado Phillips de venta libre en cualquier farmacia, pero no. Nada las salva.

En verano es más fácil de controlar. Quizás porque suelo usar musculosas y las axilas están más aireadas. En invierno, en cambio, antes de salir debo cambiarme la remera y hacer uso del lavamanos. Mojo la zona con agua tibia, jabón y luego aplico el desodorante, en aerosol, nunca en barra.

Además, si sé que voy a estar muchas horas fuera de mi casa, sobre la remera o el suéter agrego, sin pena, una dosis extra de perfume. Por último, me aseguro de tener en el bolso un pequeño aromatizador. Puede ser un body splash o una muestra trucha de cualquier colonia. Lo llevo en caso de emergencia.

Porque aunque esté en un bar, en un restaurante o una fiesta, si el tema se descontrola no dudo en encerrarme en el baño, quitarme la ropa, lavarme con cualquier jabón disponible y rociarme con algún aroma artificial.

Sé que en los últimos años han salido tratamientos de belleza innovadores para tratar el tema. Algunas personas se han sometido a tratamiento con antibióticos y el otro día una amiga me contó que se inyecta, cada seis meses, bótox en las axilas; eso, asegura, además de bloquear la transpiración en la zona, que no tenga olor alguno. Pero lamentablemente no me animo.

El año pasado probé la depilación láser. Fueron seis largas y dolorosas sesiones tras las cuales ya casi no tengo nada vello, pero el tufo, por algún motivo, persiste.

Me han dicho que es una cuestión hormonal y un médico hace mucho tiempo, me afirmó que cuando sea madre todo cambiará. Me aferro a esa predicción con esperanzas.

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