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Emociones fáciles, del arte a la política

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Domingo 10 de septiembre de 2017
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En un pasaje de Historia del llanto (la primera de esa serie de nouvelles de cuño autobiográfico a la que pertenecen también Historia del pelo e Historia del dinero), Alan Pauls cuenta la visita que el chico protagonista hace con su padre a un local en el que actúa un cantautor de protesta bien de los setenta. No se menciona el nombre, pero podría imaginarnos sin problemas que sería el que canta por ejemplo: "Todo está guardado en la memoria/ Sueño de la vida y de la historia". A propósito de ese personaje, epítome del progresismo, el propio Pauls dijo en su momento: "No puedo dejar de ver las cosas que aborrezco de esa cultura basada en el dolor, la inmediatez, en la identificación, en el 'ser igual que', en lo simple, en lo esencial. Valores que detesto con toda mi alma. Y a la vez no hay otro lugar para mí. Por eso el libro es tremendo."

Si el libro es o no tremendo, corre en este punto por cuenta y riesgo del propio Pauls, impelido fatalmente a habitar un espacio que aborrece. Lo tremendo es en todo caso el tipo de sensibilidad estética que tiende a imponer, casi bajo la forma de una coacción, la ética progresista, y esa misma ética, que trae consigo una sensibilidad. Fue el pecado original (otros podrían decir más bien condición de existencia) de una parte de la poesía argentina de los sesenta, con su aleación de impostado porteñismo, propaganda política y cotidianidad. Otros poetas, los mejores, como Leónidas Lamborghini, que estuvo siempre en guardia contra las "antologías de Buenos Aires", prefirió no nombrar directamente, no decir, y devolver la distorsión multiplicada formalmente. Por otro lado, es lo que habían hecho algunos poetas del tango: Cátulo Castillo y Homero Manzi fueron finamente sentimentales pero jamás sensibleros.

Además de colonizar el campo progresista, los años kirchneristas recrearon esa sensiblería que conocimos en los sesenta (incluso con su léxico, sus puntuaciones), pero trajeron consigo dos diferencias: por un lado, donde había tango pusieron teoría política de segunda o tercera mano; por el otro, esa sensiblería migró además del arte al habla y a la escritura en las redes. No debo ser el único que al entrar a Facebook descubre que, para quienes participan de esa posición política, la red se convirtió en una sociedad de socorros mutuos. "Me conmovió reencontrar a mis compañeros, que no dejan de serlo aun cuando no compartamos el cotidiano", escribió por ejemplo una socióloga tras una de las marchas de los otros días, estos mismos días en que la sensiblería tiende a crisparse. Podemos celebrar la migración: de los malos poemas pasamos a la catarsis del posteo.

En el arte, el exceso sentimental resulta siempre inútil, y es una variedad de lo cursi. Pero el pensamiento (incluso el pensamiento político) no puede sustraerse del todo a la emoción. La sensiblería progresista arrebata esa emoción del mismo modo que un mal asador arrebata una carne. En el arte, en la política, en la filosofía vale la preceptiva que un poeta pedía para el poema: encontrar el hilo más frío que lleve a la emoción.

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