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Lukas Bärfuss: el horror detrás de la relojería perfecta

El escritor suizo, que acaba de visitar Buenos Aires para el estreno de una de sus obras de teatro, es también un novelista quirúrgico, atento a lo que se esconde siempre detrás de las mejores intenciones

Domingo 10 de septiembre de 2017
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LA NACION

Para pensar en Suiza, el lugar común sugiere los relojes (precisos) y los chocolates (delicados). Se les pueden sumar la disciplina burocrática y financiera: los bancos, los cantones, los cuatro idiomas oficiales (alemán, francés, italiano y romance). Agréguense un par de lujos: los centros de esquí, la hotelería de alto vuelo. Anótese, para terminar, un lugar común reciente: Roger Federer, que en su juego aúna como nadie delicadeza y precisión.

Lukas Bärfuss
Lukas Bärfuss.

Con esos elementos en el mapa genético, el escritor suizo más representativo debería ser Vladimir Nabokov, instalado en su cuarto del Montreux Palace, mientras garabatea Ada o el ardor y recuerda sus días como profesor de tenis. Por supuesto, Nabokov era ruso y norteamericano; sólo llegó a estar afincado en el país alpino. Por lo demás, ningún escritor no tiene por qué ser adalid de su propia nacionalidad. El autor suizo inevitable tal vez sea el menos helvético: Robert Walser (18978-1956). Era un ser angelical, pero la fricción del mundo fue demasiado para su psique frágil. Terminó internándose por propia voluntad en un hospital psiquiátrico, donde escribiría con letra minúscula y enrevesada sus hoy famosos microgramas y se dedicaría a dar largos paseos por los alrededores. Murió en uno de ellos, congelado, como uno de los personajes de su novela Los hermanos Tanner. ¿Será Walser el más suizo entre los suizos?

Lukas Bärfuss (Thun, 1971) sólo coincide con el autor de Jakob von Gunten en la casualidad de una ciudadanía y en que su carácter discrepa con la imagen que reflejaría una nación donde la estabilidad es dogma. Tiende a escandalizar con la acidez de sus obras de teatro y su pluma crítica se las ingenia para rozar las llagas disimuladas tras la perfección aparente. “Suiza está loca”, un texto vitriólico que publicó años atrás en el alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung, es una prueba de su oposición a cualquier status quo.

Su curiosa formación ayudó a la constancia de no sentirse cómodo en ninguna parte. Bärfuss no cursó la universidad; de hecho, ni siquiera terminó la secundaria. Tiene algo de personaje de Dostoievski (o, si se prefiere, de Arlt). “Mi biografía es una anomalía –contó el escritor, en su reciente paso por Buenos Aires, donde asistió a la puesta de una de sus obras de teatro–. No estaba previsto que fuera escritor. Por diversas circunstancias familiares pronto tuve que ocuparme de mí mismo. En una sociedad que se basa en la seguridad, sufrí todo lo contrario. Comencé a vivir en la calle. Cuando hacía buen tiempo no había problema en dormir a cielo abierto, pero en invierno uno necesita encontrar donde estar seco, sin que la policía lo moleste.” Pronto descubrió que las bibliotecas públicas eran el mejor refugio para compensar toda esa intemperie.

Ya veinteañero, el trato fervoroso con la lectura le permitió conseguir trabajo como librero. Cinco años después, dejó su puesto: le daba miedo aburguesarse, quería volver, como Lou Reed, al lado salvaje, y se autodesignó escritor. “Me gusta mucho más la libertad que la seguridad –dice Bärfuss–, así que como suizo soy totalmente atípico”. Todavía hoy lo acosa la imagen del narrador a la Ernest Hemingway, en camiseta y aporreando una máquina de escribir. Por eso, confiesa, nunca escribe todo directamente en la computadora.

El teatro como forma de vida

Bärfuss quería escribir novelas, pero antes de darse cuenta hizo escala en el teatro. Parece un fatalismo suizo. Walser era un enamorado de las tablas (aunque soñaba sobre todo con ser actor). Max Frisch y Friedrich Dürrenmatt, los dos escritores suizos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, fueron también dramaturgos. El segundo, en particular, fue prolífico. Bärfuss parece seguirle los pasos. Primero hubo una beca, más tarde un amigo director le pidió que adaptara el Edipo rey de Sofocles. Como le resultó imposible, terminó por escribir una versión propia y fundando una compañía con otros colegas. El teatro se convirtió en modo de vida y las obras se fueron sucediendo de manera vertiginosa.

Ilustración: Javier Joaquín
Ilustración: Javier Joaquín.

De esa producción, ya se estrenaron en al Argentina Las neurosis sexuales de nuestro padres, Petróleo y La prueba. Ahora le toca el turno a Paraty, que se encuentra en cartel en el Centro Cultural General San Martín. La versión (de Cecilia Bassano, co-directora de la puesta con la actriz Carla Pantanali) traspone a esa playa brasileña el título original, Málaga, sinónimo de un clásico destino vacacional para los suizos, y cuenta el drama de una pareja en proceso de divorcio que debe decidir quién cuida a la hija un fin de semana en que ambos deben viajar, cada uno por su lado. La obra propone, como suele ocurrir en el teatro del autor suizo, un dilema directo y urticante.

Bärfuss es también, y quizá contra todo, narrador, un terreno más amplio y sinuoso en que su imaginación y sus especulaciones pueden emprender direcciones asombrosas. En alemán dio a conocer este año Hagard (la historia de un especulador inmobiliario que se obsesiona, para empezar, con los zapatos de una mujer), que se suman a sus dos novelas previas, Cien días (2008) y Koala (2014), publicadas en castellano por la editorial argentina Adriana Hidalgo.

¿Qué puede haber llevado a un escritor suizo a escribir una novela sobre el genocidio de Ruanda, ocurrido en 1994, algo a priori tan alejado de su experiencia? Bärfuss se retrotrae a un taller de la escuela primaria para explicar su fascinación por el país. La imagen idealizada que le quedó de la “Suiza del África”, con sus montañas y neblinas, se dio de bruces con su reverso: la masacre que los hutus llevaron adelante contra los tutsis. Leyendo toda la biografía posible para explicar esa imagen contradictoria, Bärfuss descubrió que nadie hacía la menor referencia al papel que en materia de asesoramiento había jugado Suiza en Ruanda, después de que se independizara de los belgas.

Cien días sigue los pasos de David Hohl, un suizo que se desempeña en una agencia de ayuda helvética. Enamorado de una hutu europeizada, Agathe, el joven funcionario, se quedará de manera clandestina en el país cuando todos los blancos huyeron para descubrir, en el centenar de jornadas que dura la masacre, los límites de “el horror, el horror”. En efecto, hay mucho de El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad, en esta terrible historia de locura poscolonial. También de Graham Greene, aunque en sus páginas las simples agencias gubernamentales o de espionaje son reemplazadas por las filantrópicas agencias humanitarias. Entre esas buenas intenciones europeas y los crímenes, descubre David, se había producido una simbiosis. La masacre emprendida por los hutus funcionaba con la exactitud de un mecanismo de relojería.

El interrogante último de Cien días, dice Bärfuss, se relaciona con la violencia humana en general y puede resumirse en aquella pregunta que se hace Georg Büchner –uno de los autores que considera clave– en La muerte de Danton: descubrir qué es eso que en nosotros roba, miente, se prostituye y asesina. “Creemos que el orden es la perfección, pero el orden perfecto es el infierno perfecto. En los trenes del Reich, a los judíos se los transportaba en el ferrocarril oficial y tenían que llevar ticket; en Ruanda, los europeos le enseñaron muy bien a los hutus cómo trabajar de manera comunitaria. Durante la masacre, los asesinos trabajaban hasta las cinco, que era lo que habían aprendido. Y después volvían al día siguiente, a las nueve de la mañana, a matar lo que quedaba de la familia”.

En Koala, en cambio, el crimen es tan silencioso que ni siquiera lo parece. Un escritor que retorna a su pueblo natal para dar una conferencia sobre Heinrich von Kleist se reencuentra con su medio hermano, al que desde chico, por su abulia, sus compañeros de campamento habían rebautizado “Koala”. Pocos días después, cuando el narrador se entere de su suicidio, iniciará una reflexión culpable sobre las razones de la autoinmolación.

Podría ser una simple novela de duelo, sino fuera que, al escudriñar el origen de ese apodo tan a contramano, la narración emprende un desvío y se traslada a Australia, de donde es originario ese marsupial inocuo, de aspecto simpático, que se nutre con plantas venenosas. La relación directa entre progreso, capitalismo y brutalidad parece ser una de las recurrencias más sutiles de la narrativa de Bärfuss. En Koala se cuentan historias de los presidiarios y presidiarias que alimentaron la colonia inglesa en aquellas latitudes remotas, se habla de colonizadores y explotadores, hasta que, finalmente, la rueda del tiempo favorece fatalmente el encuentro del hombre, ese depredador, con esa especie a contramano, que había subsistido durante milenios sin hacerle daño a nadie.

La masacre es de aquí de otro orden. La pereza, en un mundo que entroniza la laboriosidad, es radicalmente incomprensible. También lo es el suicidio, esa última declaración de principios de aquellos que, como ocurre en Koala, no encajan en el engranaje del mundo. Bärfuss parece empeñado en desarmar, para poder examinarlo en detalle, el mecanismo de una sociedad que apenas se mira a sí misma. Su prosa es precisa y delicada, pero también un instrumental quirúrgico implacable.

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