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Madrid imperdible: guía alternativa para un destino clásico

Una vuelta diferente por la capital española, desde el nuevo paseo del río Manzanares, pasando por barrios como Lavapiés y circuitos gastronómicos y culturales en plena ebullición

Domingo 10 de septiembre de 2017
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PARA LA NACION
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Puente Arganzuela, en el nuevo circuito Madrid Río, sobre el cauce del Manzanares
Puente Arganzuela, en el nuevo circuito Madrid Río, sobre el cauce del Manzanares.

El eje museístico Prado-Reina Sofía-Thyssen, la Plaza Mayor, el Palacio Real, la Gran Vía, la Puerta de Alcalá y la Cibeles, los bares de tapas en La Latina, los barrios de los Austrias y de las Letras, el flamenco y los toros, tal vez el estadio Santiago Bernabéu y, por supuesto, El Corte Inglés. Los dedos de ambas manos parecen suficientes para enumerar los atractivos clásicos de cualquier paseo por Madrid.

¿Pero es eso todo lo que tiene para ofrecer la capital española? ¿Alcanza para satisfacer la demanda de los casi seis millones de turistas que la visitan cada año?

Por supuesto que no, desde ya que hay mucho más. Es cuestión de abandonar los circuitos tradicionales y alejarse apenas un poco del centro (en algún caso, ni siquiera eso) para ver Madrid desde otros puntos de vista. Los siguientes son sólo un puñado de ellos... como para tener que pedir prestada, como mínimo, una mano más.

El renacimiento del río

El nuevo circuito Madrid Río, sobre el cauce del Manzanares
El nuevo circuito Madrid Río, sobre el cauce del Manzanares.

El Manzanares nunca tuvo buena prensa en Madrid. Río lánguido y poco caudaloso, históricamente apenas si fue tenido en cuenta por las mujeres que bajaban a sus orillas a lavar la ropa o como lugar para refrescarse en verano. En general fue considerado más un estorbo que un regalo de la naturaleza. Así fue siempre? hasta 2011.

Desde entonces y a lo largo de casi 7 kilómetros de recorrido, el nuevo complejo Madrid Río otorgó al Manzanares un protagonismo inaudito. El ambicioso (y muy costoso) proceso urbanístico comenzó con el soterramiento del tramo adyacente de la autopista M-30, primer anillo exterior que circunvala la ciudad, y continuó con el embellecimiento y revalorización de un corredor de 952.000 metros cuadrados en ambas márgenes del cauce, que así pasó de área insalubre donde reinaban el ruido y la contaminación a pulmón medio ambiental y deportivo de primera magnitud.

El paseo, que sólo puede recorrerse a pie, con patines o en bicicleta, tiene todo lo que se puede exigir a un espacio verde urbano, ideal para refrescarse en las noches de verano o caminar bajo el sol tibio del invierno. Árboles, jardines, fuentes, zonas de juegos infantiles, amplias explanadas, un invernadero de cristal y áreas para practicar todo tipo de actividades físicas componen una oferta variada.

Madrid Río cuenta además, a su paso, con múltiples atractivos, como los viejos puentes de Toledo y de Segovia (el más antiguo de la ciudad, construido en el siglo XVI), que han recuperado su valor histórico y su belleza de antaño. Hoy compiten de igual a igual con las obras contemporáneas que permiten ir cruzando de una ribera a otra del río, como los puentes Monumental de la Arganzuela, el Oblicuo y los Gemelos, decorados con mosaicos de vidrios reciclados, o el curioso Puente en Y.

Existen varios quioscos que disponen sus mesas a lo largo del trayecto para reponer fuerzas; y un restaurante con terraza (el Café del Río), situado en el exacto punto donde se obtienen las mejores vistas de la ciudad, con el Palacio Real, la catedral de la Almudena y la iglesia de San Franciso El Grande robándose todas las fotos.

Lavapiés: giro a la izquierda

Barrio del Lavapiés
Barrio del Lavapiés.

Cuando llegues a Madrid chulona mía voy a hacerte Emperatriz de Lavapiés. En 1948, el compositor mexicano Agustín Lara dedicó los primeros versos de la que quizás sea la canción más famosa sobre la Villa y Corte a quien ya era su ex esposa, la actriz María Félix. Por entonces, el barrio de Lavapiés, que trepa y desciende pequeñas colinas entre La Latina, Atocha y el museo Reina Sofía, presentaba un aspecto muy venido a menos. Pero claro, Lara nunca había estado en Madrid antes de escribir su obra.

Lavapiés pudo haber sido barrio judío en el Madrid medieval, versión no aceptada por todos los historiadores. Fue sin duda el vecindario más castizo de la ciudad, cruzado por calles con nombres tan píos como Ave María, Amor de Dios o de la Fe (que, por cierto, antes se llamó de la Sinagoga). Pero a finales del XIX comenzó un período de constante degradación. En sus míticas corralas, un tipo de edificación que puede parangonarse a los conventillos porteños, se fue instalando la gente con menores recursos, muchos llegados desde las provincias en busca de trabajo.

Así, la escasez de dinero de sus habitantes y el descuido de las autoridades lo fue convirtiendo en un área olvidada, casi marginal. Pero todo puede cambiar, y un siglo más tarde Lavapiés está de última moda.

La transformación comenzó en los 80. Primero fueron los más jóvenes quienes colonizaron y dieron nuevo impulso al barrio. Después llegaron los inmigrantes de todas partes del mundo para mezclarse con la fauna autóctona y aportar sus sabores, olores y colores (se dice que más de 80 nacionalidades pueblan el barrio) en tiendas, restaurantes y calles, con su música y sus propios festivales. Y, por fin, una nueva bohemia, la de los dueños de las ideas libertarias, las luchas de género y el espíritu contestatario.

Hoy, para saber qué se piensa y qué se dice en el ancho mundo de los movimientos sociales españoles basta con sentarse en uno de los infinitos bares de la conocida como Costa Argumosa y aguzar el oído.

Fue en Lavapiés, en el Teatro del Barrio, donde hizo su presentación pública Podemos, la fuerza política que puso en duda el bipartidismo histórico de conservadores y socialistas en el país. Varios Centros Sociales Autogestionados (Tres Peces Tres, La Mala Mujer, Ecooo, La Tabacalera) funcionan a la vez como usina de ideas comunitarias y pulmones de cultura alternativa y contemporánea. Y también se destacan librerías como La Malatesta, especializada en temas que reflejan las luchas de diversos grupos activistas; y Venir a Cuento, que también es editorial para escritoras olvidadas; Bajo el Volcán; Burma, con su colección de novela negra, cómics, novelas gráficas y libros ilustrados; o La Casquería, en el mercado de San Fernando, que vende libros al peso.

Por las calles del barrio hay arte en las múltiples galerías cercanas al Reina Sofía; teatro en el Centro Dramático Valle Inclán, las salas Puerta Estrecha y Mirador (esta última, gestionada por Juan Diego Botto) o La Casa Encendida; y arquitectura al alcance de los ojos en las rehabilitadas Escuelas Pías, incendiadas por los anarquistas en 1936.

Como corolario, el Paticano de Lavapiés, un espacio irreverente y sacrílego donde el bufón italiano Leo Bassi brinda cada domingo una misa patólica en la que mandan la crítica social y el humor ácido sobre la actualidad política del país.

El reino de lo alternativo

Pocas calles madrileñas han tenido a lo largo del tiempo peor fama que la de la Ballesta. A espaldas de la Gran Vía, en pleno centro de la ciudad, fue durante décadas un antro de prostitución, drogas y criminalidad, del que todavía perdura algún resabio. Pero desde hace algunos años, Ballesta y su entorno -un triángulo conocido como TriBall- está en franca recuperación.

Tiendas de diseño, nuevos hoteles, una onda ecológica y new age presente en los restaurantes y en la oferta comercial ganaron espacio a medida que ocupaban el lugar de los burdeles y las pensiones de mala muerte. Junto a ellos, el teatro, con tres enclaves que atraen públicos diversos y ayudaron a la apertura de bares y confiterías con ese atractivo que brinda la mitad de camino entre lo bohemio y lo cool.

En la calle Loreto y Chicote (homenaje a dos actores, justamente) se encuentran las minisalas del Microteatro por Dinero, una experiencia de enorme éxito con obras de 15 minutos de duración; y el cabaret Agrado, abierto a todo tipo de espectáculos. Y en la Corredera Baja de San Pablo sigue en pie desde 1880 el ilustre teatro Lara, una joya en sí mismo y merecedor de una visita haya o no función.

La misma Corredera Baja conduce hasta la calle Espíritu Santo, transformada en la última década en un pequeño centro comercial alternativo. A su alrededor se mezclan pequeños negocios de ropa, complementos, joyas, librerías y otros locales llenos del encanto que tienen las tiendas que no responden a las grandes franquicias. Bares de tapas (los fanáticos de las croquetas deberían acercarse a Casa Julio, en la calle Madera, que es la preferida de Bono, de U2), restaurantes y teterías le dan aún más sabor al área.

Espíritu Santo es, además, la puerta de entrada a Malasaña, barrio que crece en torno de la plaza donde se recuerda el levantamiento de los madrileños el 2 de mayo de 1808 contra la ocupación francesa. Malasaña configura hoy el encaje perfecto entre la ciudad antigua, tradicional y clásica con la onda vanguardista y rompedora que fue tomando los cascos viejos de todas las urbes europeas a partir de los 80 y 90. Mejor colofón para una tarde de caminata con sorpresas, imposible.

Ponzano, la calle gourmet

Algo alejado de los circuitos habituales, el amplio distrito de Chamberí mantiene sus esencias sin sentir en demasía la presión turística que de algún modo sufren otros puntos de Madrid. Representante cabal de una clase media más o menos acomodada, el área es escenario de una vida que intenta llevarse sin sobresaltos, salvo en dos sectores muy concretos. En las cercanías de Moncloa, histórico sitio de encuentro nocturno (y de borracheras) de estudiantes y jóvenes en general. Y en tiempos más recientes la calle Ponzano, en la otra punta del distrito.

Situada en el barrio de Ríos Rosas, no demasiado lejos del Paseo de la Castellana, Ponzano se ganó en los últimos años una merecida fama de calle gourmet. Lo logró merced a la apertura de sucesivos restaurantes, cuidados tanto en su carta como en los mismos establecimientos. Casas como Sala de Despiece, Smoking Club (que no es un club de fumadores), La Contraseña, La Máquina de Chamberí y varias más presentan una oferta de cocina muy diversa, ideal para una cena diferente, que bien puede anticiparse con unos vinos de primera en la Taberna Averías. Todo, sin que haga falta ni siquiera doblar una esquina.

El templo del faraón

¿Egipto en Madrid? Todo es posible...
¿Egipto en Madrid? Todo es posible....

Sin duda que Adijalamani de Meroe, rey de la Baja Nubia allá por el siglo II antes de Cristo, jamás soñó el destino que tendría el templo a los dioses Amón e Isis que ordenó levantar en la ciudad de Debod. Entre otras cosas, porque posiblemente no sabría dónde quedaba Iberia, pero sobre todo porque ni siquiera se había fundado Madrid.

Sin embargo, los caminos del Señor -o los de Amón- son insondables y aquella capilla erigida cerca de la primera catarata del Nilo decora desde 1972 un rincón de la capital de España.

Sí, aunque suene extraño, es posible trasladarse al Antiguo Egipto solo con caminar unos minutos desde la Gran Vía. La historia, muy resumida, cuenta que siglos después de que fuera abandonada, en el año 635, la región de Nubia fue tomada por la ingeniería hidráulica de los egipcios modernos. Primero a través de pequeñas represas que inundaban las ruinas de los templos durante diez meses al año. Más tarde, con la construcción de la gran represa de Asuán. Fue en ese momento que las autoridades pidieron ayuda internacional para rescatar lo que se pudiera de los edificios que quedarían definitivamente bajo las aguas. España participó en la tarea y como compensación recibió la custodia del llamado templo de Debod, que había sido desmontado piedra a piedra de su emplazamiento original.

La capilla y los jardines que la rodean se encuentran en la cima de un promontorio sobre la calle Ferraz, a escasa distancia de la Plaza de España, pero no se ve desde abajo. Hay que subir una escalinata ancha y relativamente cómoda para acceder a la explanada y, de pronto, viajar a la Baja Nubia de hace 2200 años. El interior se puede visitar, aunque actualmente se encuentra cerrado por restauración.

A cambio, el paseo tiene un premio extra: justo detrás del templo se abre al horizonte el Mirador de la Montaña, un espacio desde el que se puede extender la vista hasta mucho más allá de la Casa de Campo y así disfrutar de uno de los mejores atardeceres que ofrece la ciudad, con el sol escondiéndose detrás de la sierra de Guadarrama recortada en el horizonte. Seguro que a Adijalamani le hubiera gustado.

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