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Una resurrección que depende de sus propios vecinos

Viernes 08 de septiembre de 2017
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Mucha gente no sabe que los pueblos también se pueden morir. No sólo pueblitos insignificantes, caseríos perdidos en medio de la nada, sino también pueblos que llegaron a tener 2000 habitantes, con banco, escuela, clubes, iglesia, hoteles, fábricas... Según el último censo, en la Argentina hay más de 800 pueblos rurales (unos 200 en la provincia) en esa situación. Víctimas del cierre de ramales ferroviarios, de la tecnificación del agro, de cambios en la matriz productiva o de la desaparición de industrias, entre otros factores, van perdiendo población hasta extinguirse. Un día se les extiende el certificado de defunción: dejan de figurar en los mapas.

No mueren de pie. En un proceso que lastima los ojos, el progresivo abandono se devora edificios, calles, plazas, monumentos. San Mauricio, en el noroeste bonaerense (a 528 kilómetros de la Capital), es uno de los tantos que virtualmente han desaparecido. A comienzos del siglo pasado vivió épocas de esplendor como pujante localidad en un área de fértiles praderas, pero se quedó sin tren y fue siendo desplazado por su vecina América, elegida cabecera del partido de Rivadavia. En su única casa ocupada hay un desarmadero de autos. Pese a algunos intentos de hacerlo resurgir, San Mauricio es apenas una foto velada y patética de lo que alguna vez fue. Yace debajo de arenas, pastizales y el olvido.

La desaparición de pueblos se da también en países desarrollados, como España, Francia, Italia y muchísimos más. En la Argentina, algunas ONG (Responde, a nivel país, y Proyecto Pulpería, en la provincia, entre otras) se constituyeron con el objetivo de intentar revertir la tendencia. El éxodo del campo a las ciudades es uno de los procesos sociales y económicos más dolorosos y perjudiciales, con trastornos en las dos puntas del camino: despoblación de las zonas rurales y pésimo estándar de vida en las barriadas que rodean los grandes centros urbanos.

¿Es posible frenar este fenómeno? ¿Pueden tener los pueblos que se extinguieron una segunda oportunidad? Los expertos sostienen que "pueblo que muere, pueblo que no resucita". Se trata de intervenir antes, cuando su corazón todavía late. En la ONG Responde estudian a fondo la problemática de localidades que están en riesgo de desaparecer y con profesionales de distintas disciplinas -sociólogos, economistas, ingenieros agrónomos, abogados- sugieren cursos de acción. Por ejemplo, proyectos ligados al turismo o a una reconversión productiva.

En Santa Fe, Saladero Cabal era un caserío sobre el río San Javier que se había constituido en torno de un gran frigorífico de una empresa británica. Un buen día la planta cerró y la mayoría de los pobladores emigraron. Hasta que una inmobiliaria de la zona compró el predio y lo loteó. Nació así un pueblo que ya no viviría de la carne, sino del turismo. La fórmula funcionó.

Para que un proceso de resurgimiento sea eficaz, dijo hace años la geógrafa y socióloga Marcela Benítez, fundadora de Responde, se necesitan proyectos innovadores, pero lo más importante es el capital humano, los propios habitantes: "La gente tiene que ser protagonista del cambio. Si se involucra, todo es posible".

Exactamente eso es lo que está pasando en Faro. Proyecto Pulpería colabora con la iniciativa de darle una nueva vida al pueblo, pero el factor determinante es la voluntad de sus 14 vecinos. Sí, sólo 14 vecinos. Si el milagro de la resurrección es posible, la nueva placa de fundación llevará sus nombres.

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