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Mister Korea y el juego de la gallina

Sergio Berensztein

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PARA LA NACION
Viernes 08 de septiembre de 2017 • 02:10
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Nací justo días antes de la Crisis de los Misiles en Cuba, allá por octubre de 1962, cuando casi entramos en una guerra nuclear que pudo haber terminado con la civilización humana, al menos como la conocíamos hasta entonces. Algo parecido ocurre ahora, 55 años más tarde. Ya no son dos superpotencias las que utilizan a terceras partes para dirimir sus conflictos e intereses, como fue tan común durante la Guerra Fría. Ahora, un pintoresco y singular dictadorzuelo de un país marginal, educado en Suiza y admirador de Denis Rodman y la NBA, pone en vilo literalmente al mundo entero. Kim Jong-un realiza sistemáticamente pruebas nucleares y hace llover cohetes de largo alcance como quien juega aburrido a la Playstation en su casa (yo sé, mejor no demos ideas, ¿no? Acá solamente se les perdió un mero misil).

Una vez más, como ocurre con el terrorismo de ISIS o con el cambio climático, el sistema de organizaciones multilaterales demuestra su incapacidad ya no sólo para contener desafíos complejos, sino incluso para evitar que se agraven. Vivimos en un entorno global turbulento y caótico, fruto y expresión de la actual situación de apolaridad: hay varias potencias relevantes (como EE.UU., China, la UE, Rusia), con influencias variables en función del tema o la región, pero nadie tiene el poder suficiente para promover un mínimo orden o previsibilidad. Más aún, los acuerdos o regímenes internacionales carecen a menudo de la capacidad para disciplinar la conducta de muchos estados nacionales (ocurre algo similar con actores extra o no estatales), que promueven su interés individual, ignorando el bien común. Esto incluye la seguridad y la estabilidad regional e incluso global. Se trata de un escenario hobbesiano: la ausencia de una autoridad centralizada y legítima promueve conductas defensivas, agresivas, un verdadero sálvense quien pueda.

Todo ocurre como si cualquiera se animara a hacer cualquier cosa, no sólo Kim Jong-un. ¿Acaso Irán no avanzó mucho más de la cuenta con su propio programa nuclear? Muchos dudan incluso de que el acuerdo logrado no está siendo respetado en su totalidad. Más aún, con el pretexto del desequilibrio regional, otros países de Medio Oriente podrían seguir los mismos pasos (¿Arabia Saudita, Egipto, Turquía?).

La capacidad de disuadir conductas agresivas o incluso violaciones masivas a los derechos humanos ya había quedado enormemente limitada hace tiempo, antes incluso de los traspiés de la administración Obama en la Siria sangrante de Bashar Al Assad. Para peor, el fortalecimiento de potencias emergentes que rechazan y cuestionan los valores de la democracia liberal, sobre todo China y Rusia, genera nuevas oportunidades para que otros aprendices de tiranos en literalmente el mundo entero puedan sobrevivir y hasta prosperar, con resultados catastróficos para sus pueblos. Nicolás Maduro, por ejemplo, logra resistir a pesar del descalabro militarizado de una Venezuela convertida en narco-estado, con el invalorable y eficaz servicio del régimen cubano, a cargo de la inteligencia desde el fallido golpe de 2002. Menos mal que hace tiempo que el Dr. Neurus perdió el poder en Trulalá.

Cuestionados los tibios mecanismos de gobernanza global, una mezcla de amenazas de guerra y coordinación diplomática internacional, son hoy los instrumentos a través de los cuales se están buscando contener la crisis coreana. Una semana, Donald Trump se disfraza de cowboy y revolea diatribas de fuego y furia; reta a Corea del Sur, su principal aliado en la region; y amenaza con durísimos embargos y sanciones económicas a quienes comercien con Pyongyang. A la siguiente, Beijing y Moscú parecen retomar protagonismo y evitar que el conflicto escale y un error humano lo torne irreversible. Tanto Putin como Xi Jinping tienen muchos otros problemas en la región: India es siempre vista como amenaza; su conflicto con Pakistán (también ambos con arsenales nucleares) está lejos de resolverse; Japón volvió silenciosamente a convertirse en uno de los países que más gasta en defensa; y Corea de Sur tiene ahora acceso a material militar norteamericano de última generación.

¿Qué impacto puede tener esta situación en la Argentina y América latina? Cualquier escalada militar en Asia convierte a nuestro país infinitamente menos relevante de lo que ya es a los ojos de sus socios comerciales y de la comunidad de negocios. Esta pérdida de visibilidad estratégica fue perfectamente sintetizada por Donald Trump en ocasión de la visita del presidente Macri: "Yo le voy a hablar de Corea del Norte y él me va a hablar de limones", dijo. También es de esperar una contracción en los flujos internacionales de capital, de crítica importancia para el crecimiento de países como el nuestro. El centro de gravedad de los asuntos económicos mundiales se encuentra hace tiempo en el Asia-Pacífico. América latina en general y la Argentina en particular apostaron su prosperidad futura al crecimiento sostenido de Asia. Atraer inversiones en tiempo de guerra es siempre mucho más difícil. Los recursos privados suelen aumentar sus niveles de conservadurismo y se reorientan hacia aquellas empresas que sean fundamentales para la supervivencia. De los diez socios comerciales principales de Corea del Norte, tres son latinoamericanos: República Dominicana, Venezuela y Chile. La Argentina intentó subirse a esa lista, según reveló recientemente el vocero hispano de Kim Jong-un, Alejandro Cao de Benós, durante el anterior gobierno. También en eso fracasaron.

Kim Jong-un sigue su derrotero. Y como el personaje que protagonizó James Dean en Rebelde sin causa, disfruta desafiando a la que fuera la principal súper potencia global con una estrategia conocida como "el juego de la gallina": dos autos que avanzan en dirección contraria por el mismo camino con rumbo de colisión. Puede que ambos frenen a tiempo y se evite la destrucción total. Si uno de los dos cede y pega el volantazo, quedará humillado y el otro será el gran ganador. Pero el riesgo de que falle la dirección, los frenos, el timing y todo termine en un Apocalipsis nuclear es demasiado elevado. Cómo será la cosa que juegan las gallinas y no quiero ni mirarlo por la tele.

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