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Sport & snob, en clave de corte inglés

Domingo 10 de septiembre de 2017
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LA NACION
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Deporte inglés: predominan los trajes con rayas netas y bordes bien perfilados
Deporte inglés: predominan los trajes con rayas netas y bordes bien perfilados.

Entre las huellas vistosas que perduran del imperio británico están la práctica y el culto del deporte tal como nuestra cultura los entendió por varias generaciones. Los trajes de deporte ingleses, hechos de contrastes extremos, bloques de colores sólidos dispuestos en simetrías sencillas, recuerdan la emblemática de los torneos medievales, rayas netas y bordes bien perfilados que delinean la indumentaria y definen el cuerpo. Expresan una estricta geometría social, es decir, política, bajo riguroso control: llegadas a su ápice, todas las sociedades producen versiones altamente estilizadas de sí mismas.

Del cricket al croquet, los sports aristocráticos no son muchos, pero se difundieron ampliamente. Los militares y los miembros de la administración colonial los hicieron conocer por los cuatro rincones del imperio, seguidos por los hombres de negocios y los burgueses educados en las escuelas y universidades privadas. Los deportes exaltaban los méritos que se exigían de los representantes del poderío británico: compromiso, aguante, tenacidad, lealtad, docilidad, respeto, sentido de las jerarquías. Y, last but not least, un sólido autocontrol, una gestión racional de las propias emociones, una economía psíquica.

Los intereses del equipo debían imponerse a todo cálculo personal, tal como el individuo debía poner sus ambiciones al servicio de la empresa colectiva que, incluyéndolo, lo sobrepasaba. No resulta difícil ver en el rugby, deporte favorito de las academias militares, una transcripción del espíritu de conquista-fuerza bruta, sudor y garra. La cultura del cuerpo, la bien llamada educación física de las public schools, debía modelar la fibra moral a través del desarrollo

muscular. En este proyecto pedagógico, los deportes chic servían de modelos de comportamiento, reglamentados por códigos: el decoro, la cortesía, el fair play se vuelven exigencias inherentes al juego mismo. El deportista estaba predispuesto a tener maneras irreprochables y mostrarse digno en la derrota y afable cuando vencía. Su conducta ejemplar debía hacer del juego el espejo de una cultura noble.

Acompañaba tales excelentes intenciones un intenso, compacto esnobismo. Había que satisfacer en cada uno y en todos los detalles los férreos y pérfidos, aunque no sutiles, criterios de admisión de los clubes, obsesionados con el carácter exclusivo de sus membresías. No alcanzaba con poseer un más que respetable capital financiero que asegurara el mejor material, un impecable guardarropa, caballos y perros y los imprescindibles criados para salvarse de la blackball, la bolilla negra.

Solamente entonces los elegidos podían penetrar en una geografía del aislamiento espléndido: grandes propiedades inaccesibles al común de los mortales, mansiones suntuosas entre parques y jardines, lujo, calma y competitividad. Pero para todo esto era necesario llenar otro requisito: merecer verdaderamente la pertenencia a las clases ociosas, disponiendo de suficiente tiempo libre como para participar en competiciones que duraban a menudo varios días, nunca menos de tres para el cricket, más aún para el golf o para la caza. De todo aquello la moda ha conservado ciertas prendas que bien debemos llamar icónicas: camisetas, suéteres, chaquetas, pantalones, ejemplos supremos de chic sereno que y alimentan aún hoy estéticas como la de Ralph Lauren, la marca, o la de Bruce Weber, el fotógrafo.

En las antípodas de aquel despliegue de sastrería está la ropa deportiva actual. Fluida, llana, sensual, accesible a todos los públicos, el sportswear salió de los armarios de los clubes y se impone como nuevo uniforme de calle, a toda hora, para toda función, en todos los contextos. Domina a la moda entera. Con ella lo popular deviene exclusivo. Basta ver los precios de ciertas zapatillas. Hasta el esnobismo es hoy un fenómeno de masa.

El autor ha colaborado en Vogue Paris, Vogue Italia, L'Uomo Vogue, Vanity Fair y Andy Warhol's Interview Magazine, entre otras revistas

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