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¿Miramos un partido de fútbol sintético hoy?

Los deportes virtuales podrían echar luz sobre el futuro de los robots, la inteligencia artificial y el empleo

Viernes 08 de septiembre de 2017
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Voy a necesitar una mano con esto. Como saben, mi ignorancia respecto del fútbol es intachable. Sólo conozco las reglas básicas de este deporte, aunque sin lujos, y ya. Creerán que exagero. Para nada. Las preguntas con las que a veces me despacho son ilustrativas. Por ejemplo, ¿existe un número máximo permitido de goles? O bien, ¿hay algún motivo para que la cantidad de jugadores de cada equipo sea un número primo?

No, el fútbol no es lo mío. Tampoco los otros deportes, con la excepción de las carreras de autos y el box. En fin, aunque normalmente esta laguna cultural me tiene a maltraer, el otro día me permitió, tal vez, tener una suerte de iluminación. Estaban pasando un partido de fútbol en uno de los televisores que pueblan la Redacción. De suyo, no soy de prestarle atención a tales eventos. Pero esta vez, quizás por una mezcla de cansancio con mi sobreexposición a las computadoras, apareció en mi mente un cartelito que decía: “Qué, raro, están pasando un partido de Play por la tele”.

Me disculparán los aficionados, pero eso fue exactamente lo que ocurrió. Mi miopía no ayudó, es cierto, y cuando observé que había varias personas prestando atención al televisor, y que, por lo tanto, se trataba de un juego real, mi siguiente pensamiento fue: “¿Por qué no?”

En serio, ¿por qué no?

No falta mucho para que un partido de fútbol generado por computadora sea indistinguible de uno real, tanto en lo visual como en lo que concierne al juego en sí. Olvídense del FIFA o del PES. Piensen en jugadores sintéticos controlados por supercomputadoras dando origen a un partido exactamente igual, incluso mejor que los que pasan por la tele. (Al margen, ¿mejor en qué sentido?)

Sí, hasta a mí, que soy un neófito, el planteo me parece absurdo. La pregunta es por qué, y creo que las respuestas podrían echar luz sobre uno de los temas más preocupantes de estos tiempos: el de la inteligencia artificial, los robots y el empleo. Así que voy de nuevo. ¿Por qué un partido sintético, aunque fuese incluso más entretenido que uno real, no nos entusiasmaría?

A transpirar la camiseta (virtualmente)

Parece una obviedad, pero es una obviedad que la TV tiende a enmascarar. Ver un partido de fútbol (u otros deportes muy populares) en el living, con una buena pantalla y tus snacks favoritos es por sí un programa para millones de personas. Ahora bien, ¿lo sería aún cuando supiéramos que no hay nada ocurriendo en el mundo real? ¿Le daríamos crédito si supiéramos que las hinchadas, los cantitos, las gambetas y los histriónicos técnicos son una simulación? En mi opinión, no.

¿Por qué Del Potro es más que un gran jugador de tenis? Porque superó lesiones y padecimientos con una fortaleza y una voluntad heroicas. Les ganó a los otros tenistas, pero también se superó a sí mismo y a la desigual fortuna. ¿Por qué Messi es Messi? Porque hace cosas que la inmensa mayoría de los seres humanos no puede hacer. Nos ocurre lo mismo que con un actor genial o un músico virtuoso. Los admiramos porque son excepcionales, porque tiran por tierra la idea de que somos todos iguales. Y admiramos eso porque si fuéramos todos iguales la civilización sería un hormiguero o una colmena.

De vuelta en el fútbol sintético, el primer problema es que, de momento, no podríamos ir a la cancha a ver el partido. No ocurre en ninguna parte, salvo en la memoria de una computadora. Nadie transpira la camiseta. A nadie lo tortura un tendón y aún así atraviesa cinco sets (gane o pierda, es igual). Entonces, a mi entender, el espectáculo pierde toda la gracia.

¿Para qué sirve el deporte?

Esto, sin embargo, no tiene porqué seguir siendo así en el futuro. El fútbol robótico ya existe, aunque ciertamente no es lo que entendemos por fútbol humano. Como el box, el tenis e incluso las carreras de autos, no me extrañaría que en algún momento, como ha previsto ya la ciencia ficción, veamos competencias entre máquinas capaces de reemplazar a futbolistas, pilotos y boxeadores sin la menor fisura.

¿Nos entusiasmarán tales encuentros? Seguramente. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que no nos entusiasmarán por las mismas razones que las justas deportivas entre humanos. De nuevo, admito mi más absoluta ignorancia en estos temas. Pero cada vez que veo a un sedentario incorregible apoltronarse y pasar 90 minutos viendo correr y esforzarse a 22 muchachos me pregunto lo mismo: ¿para qué sirve el deporte? O, mejor dicho, ¿para qué le sirve a esa persona que está sentada en su sofá y que por día recorre a pie una distancia menor que la que hay entre arco y arco?

Tengo la impresión de que hay algo del orden de la catarsis aristotélica aquí. Nos identificamos con ese sujeto que puede evadir media docena de rivales y anotar un gol. O con el que se sube a una máquina de una potencia demencial y la conduce con precisión quirúrgica durante dos horas en un circuito endemoniado. Ver a alguien hacer algo que nosotros no podríamos hacer ni en cien vidas quizá sea una forma de participar de ese logro. Porque ese crack y nosotros tenemos algo en común, por muy lejos que se encuentren nuestras destrezas. Ambos somos humanos.

Con jugadores sintéticos o con robots no participaríamos de tal resonancia; en el mejor de los casos podríamos admirar la habilidad de los programadores de los jugadores artificiales y la de los fabricantes de los androides. Los que vieron Real Steel saben que al final el guionista no puede sino echar mano del boxeador humano y del robot más querible del cine (después de Wall-E).

Charlie Kenton (Hugh Jackman) y Atom, el robot sparring que pasa del fango a la gloria gracias a Max Kenton (Dakota Goyo, en el centro)
Charlie Kenton (Hugh Jackman) y Atom, el robot sparring que pasa del fango a la gloria gracias a Max Kenton (Dakota Goyo, en el centro).

Seamos o no conscientes de esto, reconocemos que para llegar a tales alturas de excelencia los deportistas profesionales han debido superar límites impuestos por la naturaleza (y por la mecánica clásica, la gravedad, etcétera). No sería lo mismo si los deportistas que lidian en la pantalla (o los robots en una arena futurista) padecieran límites impuestos por los programadores para que se parezcan a los humanos. Toda simulación implica una renuncia; como bien escribió José Ingenieros, “el que aspira a parecer renuncia a ser”.

Lágrimas de acero

Hay también en la admiración por el deportista otro rasgo catártico, en el sentido original de la palabra. Se parece a lo que sentimos cuando vemos a una estrella de rock. O a un gran actor. Sentimos que, tal vez, si se alinearan los planetas, eso podría pasarnos alguna vez a nosotros. Nos hacen soñar, en otras palabras, lo que no es poco.

Por cierto, está también, en muchos casos y a veces con desviaciones aberrantes, la pertenencia. Nacional, municipal, barrial, provincial y así. De nuevo, uno podría decir con orgullo que el partido lo ganaron robots argentinos frente a los, digamos, brasileños. Pero dado que desde tu smartphone hasta un robot son un compendio de tecnologías provenientes de muchos países, nos daría bastante trabajo identificarnos en este aspecto con un equipo de robots. Es más: para que exista un teléfono inteligente ha sido necesario el trabajo de miles de personas de decenas de países durante décadas. La tecnología digital es planetaria, deberíamos algún día tratar de comprender este cambio de paradigma.

Ya he dicho esto otras veces, pero un aspecto no menor es que el fútbol sintético o el robótico sería por completo inconsciente. Podríamos emular las expresiones de emoción por el triunfo o la derrota, pero, de nuevo, sería una nota en falso. Quiero decir, ¿quién puede creer en lágrimas robóticas?

Es una lucha

Así mirado, el deporte sintético echa luz sobre el reemplazo de trabajadores por parte de robots y de inteligencia artificial. Tengo la impresión de que hemos planteado este asunto en términos poco realistas. Decimos que los robots van a robarnos puestos de trabajo. Pero más bien parece que los humanos nos hemos pasado milenios haciendo trabajos propios de robots. Aptos sólo para cosas que no tienen emociones ni consciencia.

Los deportes, si los miramos de cerca, son particularmente interesantes en este aspecto, porque tienen mucho de físico. De hecho, se hace un gran énfasis en lo físico (lo que es lógico). Por lo tanto, es un trabajo que podría tranquilamente hacer un robot, hacerlo incluso mejor. Pero es al mismo tiempo un trabajo que no tiene el menor sentido que haga un robot. Primero, por lo dicho antes, porque no sentimos empatía por las máquinas. Segundo, porque al final el que gana la partida no es el cuerpo, sino la mente.

Así que el planteo no es tan simple como que “si un robot puede hacer tu trabajo, entonces se va a quedar con él”. Parece que también importa –y mucho–, si todos los demás queremos que un robot haga dicho trabajo. En algunos casos, nos parecerá normal y hasta será una forma de relevar a las personas de empleos enajenantes. En otros casos, simplemente, cambiaremos de canal.

Ahora, como dije al principio, voy a necesitar una mano en esto. Pregunto: ¿es realmente así? ¿De verdad el fútbol sintético no sería exitoso? ¿Qué opinan?

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