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Viviendo por un sueño

Domingo 10 de septiembre de 2017
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LA NACION
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El sueño, ese tirano a veces prófugo, no deja de sorprendernos. Ya hemos hablado en estas páginas de su importancia nunca suficientemente destacada, de su camino a la extinción teniendo en cuenta que dormimos horas (sí: horas) menos que hace 100 años, que su falta se traduce en estar de mal humor, en enfermarnos más, ganar peso y ser menos productivos y más propensos a los accidentes. También es justo decir que el sueño sigue siendo un misterio y que la pregunta de por qué dormimos continúa sin una respuesta definitiva ni satisfactoria.

Pero hay más, siempre hay más en el reino de Hipnos, ese hermano de la muerte que nos espera, sigiloso y magnánimo, cada noche.

Por ejemplo, su relación con la memoria. Sabemos, sí, que durante un buen descanso nocturno se consolidan los recuerdos (corolario: nunca quedar despiertos estudiando antes de un examen importante: las imágenes desaparecerán con las primeras luces). Pero ahora podemos vislumbrar algo del mecanismo. A ver: nombren las células del cerebro, sin repetir y sin soplar. Dijeron "neuronas", ¿verdad? Y está muy bien. pero incompleto. También están las células llamadas "glía" a las que nadie les prestaba suficiente atención, pero que cada año ganan mayor protagonismo en la neurociencia. Una de sus funciones es limpiar los desechos que generan sus primas famosas, las neuronas. Y esta limpieza, como el camión que nos despierta sobresaltados, ocurre por la noche. Ahora resulta que con la falta crónica de sueño este proceso se ve muy afectado: un estudio de hace poquito demuestra que no sólo puede no limpiarse bien la basura neuronal, sino que también pueden comerse conexiones útiles para la memoria.

Pero el sueño también nos protege del alemán más temido: parece ser que una estrategia terapéutica para lentificar la progresión del mal de Alzheimer es. dormir bien. Se sabe que una de las características de esta enfermedad es la aparición de unas placas de algo llamado beta-amiloide, que no sabemos bien cómo contribuyen a la neurodegeneración. De paso, afectan el sueño. Pero la caballería del descanso nocturno viene en nuestra salvación y hay evidencias de que el sueño de buena calidad podría alivianar los síntomas del Alzheimer.

Dormir poco también nos deja más sensibles a los virus que causan el resfrío. Cuando se administraron estos virus en forma de gotas nasales, los participantes que durmieron menos de seis horas durante una semana terminaron casi todos resfriados; los que lo hacían durante más de siete horas resultaron un poco más protegidos del estornudo crónico.

Y siguen las almohadas científicas: ya sabemos que dormir (o no) afecta el estado de ánimo y viceversa: nuestras emociones afectan el sueño. Parece que esta relación se basa en las variaciones de un mismo gen -llamado per3- que tiene que ver con ambas variables (sueño y ánimo a lo largo del año). al menos en ratones (y les debo la explicación de cómo saber cuándo un ratón está deprimido).

Que sí, que el sueño nos afecta a todos. Y si no lo creen, pregúntenles a los personajes de las películas de Disney. Como dice el paper Trastornos de sueño en películas de animación de Disney, es común que ratones, osos, princesas y, sobre todo, perros sufran de patologías que serían fácilmente diagnosticadas por un manual de medicina del sueño. Allí están la famosa escena del aprendiz de hechicero con Mickey a la cabeza, la Cenicienta (con un perro que sufre y actúa sus pesadillas), y también fragmentos memorables de La Dama y el Vagabundo, El Zorro y el Sabueso, aventuras varias de Pluto., todos con trastornos del sueño REM, aquel en el cual aparecen las imágenes oníricas (curiosamente, cuyos problemas han sido caracterizados en humanos y perros). Para mí y para los autores del paper, que algo saben y nos lo tratan de contar a través de los dibujitos soñadores. A dormir.

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