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La tensión nuclear en la era de Internet

Sábado 09 de septiembre de 2017
PARA LA NACION
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"Esta isla es un estado mental", le dice el biólogo Osborne a Traven, el piloto de guerra que imagina J. G. Ballard en el cuento "Playa terminal". Traven está varado en Eniwetok, el atolón del Pacífico que fue escenario del ensayo termonuclear de noviembre de 1952, cuando el gobierno de Estados Unidos detonó la primera bomba de hidrógeno. En los peores años de la guerra fría (el cuento fue publicado en 1964), Ballard recrea Eniwetok como un laberinto de casamatas y gigantescos bloques de hormigón corroído. La flora y la fauna fueron arrasadas y los maniquíes desfigurados son los últimos habitantes de ese paisaje sintético. En un clima de "pre tercera" guerra, el narrador define Eniwetok como "un Auschwitz del alma cuyos mausoleos contenían las fosas comunes de los que aún no habían muerto". Las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki del 45 habían convertido el hongo nuclear en un ícono que tensaba el delicado equilibrio del mundo. Siete años después, la de hidrógeno multiplicaba el terror en cientos de kilotones, y Ballard vio en esas ruinas del Pacífico el teatro perfecto para el drama psicológico de un hombre solo.

La idea de la destrucción de la Tierra en manos de la humanidad viene alimentando el arte desde hace al menos un siglo. En 1914, en El mundo liberado, HG Wells había inventado la bomba atómica al describir una granada de uranio que "seguiría explotando indefinidamente". Más tarde, el trauma radioactivo de Hiroshima y Nagasaki produjo una larga lista de monstruos, mutantes y superhéroes -del japonés Godzilla a los norteamericanos X-Men-, y la cultura pop se entregó al carisma oscuro del desastre. Hasta la moda bautizó el traje de baño de dos piezas con el nombre de las islas que fueron sede de los tests nucleares del 46: Bikini.

En 2005, cuando se editó Atomic Platters, un box set con más de cien canciones que aludían a la cuestión nuclear, grabadas en "la época dorada de la Seguridad Nacional" (entre 1945 y 1969), el crítico Jon Savage escribió sobre la relación entre la bomba atómica y el pop. Para él, la aparición de un arma capaz de acabar con todo se conecta con el modelo de juventud que nace a mediados de 1944: la adolescencia como nueva categoría social. "Ese individuo ávido de productos y placer era el sujeto perfecto para habitar la nueva psicología de un mundo que podía explotar en cualquier momento -dice Savage-. En el vacío de 1945, la juventud norteamericana ofreció una luz de esperanza y allí se arraigó el ideal adolescente. La cultura pop se fundó sobre una especie de existencialismo de mercado de masas: vivir el momento sin pensar en un mañana que de todos modos tal vez no exista. Eso contribuyó a nutrir las explosiones populares que siguieron a Elvis Presley".

65 años después de Eniwetok, la amenaza de la bomba de hidrógeno llega desde Corea del Norte con el anuncio de un nuevo misil balístico intercontinental. En esta versión postodo de la tensión nuclear, Kim Jong-un y Donald Trump aparecen como un par de villanos de Austin Powers, mientras el pánico se diluye en el torrente de información que corre bajo nuestros pulgares. Incapaces de lidiar con el miedo, consumiremos desde el búnker los memes sobre el fin del mundo.

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