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El pasado le muerde los talones al Gobierno

Héctor M. Guyot

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LA NACION
Sábado 09 de septiembre de 2017
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Es verdad que el caso Maldonado se polarizó. Que desató una guerra entre posturas antagónicas. Que fue banalizado por el kirchnerismo para obtener rédito electoral. Pero, al mismo tiempo, habría que advertir que los abusos que se han producido a su alrededor reflejan la transición en la que se encuentra el país. En última instancia, la desaparición de Maldonado (que antes que nada es un interrogante dramático que exige una respuesta concreta) se ha convertido en el territorio de otra aparente polarización: la que enfrenta el pasado con el futuro.

Lo que para el Gobierno es un problema, para el kirchnerismo resultó una oportunidad. Y la está jugando como si fuera la última. Aunque celebró el resultado de la elección como un triunfo, las PASO dejaron a Cristina al borde del nocaut: los votos no le alcanzan para aspirar a la reconquista del poder y eso en el peronismo, tarde o temprano, se paga. Además, la cantinela del ajuste neoliberal se reveló ineficaz. La ex presidenta estaba sin discurso. Así las cosas, el kirchnerismo actúa hoy como si la desaparición del artesano hubiera llegado al rescate. Aferrada a una chance de supervivencia, Cristina no dudó en manipular el caso para salvarse. La acechan el ocaso político y las causas de corrupción, que podrían conducirla a la sombra.

Ella es el pasado y de él se alimenta. Primero, ha arado a conciencia el terreno simbólico en el que despliega su jugada. La cancha está marcada por la grieta. La abrió durante su gobierno mediante la exacerbación de divisiones antiguas, usufructuadas para trazar un corte enfermizo en la sociedad: "nosotros y ellos". Hoy, esa grieta impone sobre el caso visiones dogmáticas. Lo sustrae de la investigación lisa y llana de los hechos. Manipulación mediante, inscribe la desaparición de Maldonado en una supuesta lucha entre buenos y malos con la que Cristina y los suyos siempre han medrado. En este esquema, el caso confirma para sus seguidores que Macri es la dictadura. Y si Macri es la dictadura, pues hay que voltearlo. Es una peligrosa y agónica invocación a la violencia, pero la ex presidenta no parece dudar a la hora de desatar fuerzas destructivas que no domina.

La segunda ayuda que llega del pasado es más concreta. Se trata del rédito que hoy arrojan sus esfuerzos por destruir desde adentro el sistema republicano. A pesar de haber dejado el poder hace más de un año y medio, hay áreas de la Justicia colonizadas por soldados suyos disfrazados de jueces y fiscales, que no dudan a la hora de parcializar sus decisiones de acuerdo con los designios de la jefa. El caso más extremo es la procuradora Gils Carbó, activa como nunca. Parece decidida a compensar en este caso todo lo que no hizo ante la muerte del fiscal Nisman. Mientras, el fiscal Pollicita pide la indagatoria de la ex presidenta por el encubrimiento de los iraníes acusados de volar la AMIA.

En medio de un presente ominoso, y ante un futuro que podría ponerse negro, Cristina apela a las armas que sembró en el pasado para devolvernos a él.

En la vereda del Gobierno, el arma es el futuro. Hay un afán por hacer y empezar una etapa de realizaciones. Hay una invitación a avanzar que obtuvo respuesta en las internas de agosto. Pero esa actitud de no volver la vista atrás encierra el riesgo de un voluntarismo que pretende construir ex nihilo, bajándole la persiana a un pasado no resuelto. Ese pasado es presente y le muerde los talones. El Gobierno debió haber advertido que la desaparición de una persona despertaría fantasmas de otras épocas. Además de buscar la inmediata resolución judicial del caso, debió hacer frente desde el principio al conflicto político.

Más allá de las trampas ideológicas de los que se aprovechan de heridas que no cerraron, hay allí una dimensión histórica ineludible. Lo demostró la tardía intervención del radical Mario Negri en Los Leuco. Con autoridad, el diputado salió a pelearle al kirchnerismo la interpretación tendenciosa de los derechos humanos y del pasado reciente, oponiéndole una lectura constructiva que apunta a reconciliar pasado, presente y futuro. ¿No podría Cambiemos recostarse en políticos como Negri para buscar un diálogo que permita ir saliendo de la grieta por arriba y bajar el nivel de los conflictos que paralizan el país?

Tal vez eso sea posible después de las elecciones de octubre. Mientras, todo será materia de disputa. Incluido el caso de Santiago Maldonado. Ha quedado tan embarrado que resulta difícil ponderar los hechos, lo único que en verdad sería conducente para lograr su esclarecimiento y la aparición con vida del joven artesano, que en definitiva es lo que importa. En la Argentina de hoy, los hechos valen poco y son arcilla en manos de la ideología o la ambición política, materia prima con la que cada cual construye su teoría de acuerdo con su entender o su conveniencia. Sobre todo cuando estamos bajo el efecto de las PASO, en estos días de transición en los que muchas viejas estructuras han empezado a crujir.

En octubre, le tocará a la sociedad decidir si en el país prevalecerá el pasado o el futuro.

La columna de Carlos M. Reymundo Roberts volverá a publicarse el sábado 23

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