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Al borde de romper todos los manuales

Sábado 09 de septiembre de 2017
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NUEVA YORK.– Nadie puede negar que Juan Martín Del Potro hizo unas cuantas cosas mal este año, aunque su deslumbrante paso por el US Open sirvió para confirmar una sospecha: otorgar ventajas es el lujo que pueden darse aquellos a los que les sobra el talento. Se dejan ir, pero cuando recuperan la motivación, vuelven. Y a Del Potro, que en 2017 se dejó ir bastante, le pasa lo que le pasaba a Gabriela Sabatini: ninguna ciudad lo motiva como Nueva York. Con eso (y un detalle más que no es menor) le alcanzó para estar cerca de romper todos los manuales del deporte. Era sencillamente irracional imaginarlo ganando un Grand Slam en un año en el que tan inconsecuente fue. De nuevo: los talentosos destrozan los análisis, y Del Potro es uno de ellos. Ganar ayer lo habría convertido en casi campeón. Nadie dudaba en Nueva York de que la semi ante Rafael Nadal era una final anticipada. Ni siquiera el sudafricano Kevin Anderson, rival del español mañana, se ofendería frente a ese análisis.

El detalle no menor del paso de Del Potro por Flushing Meadows tiene que ver con Sebastián Prieto, hombre de perfil tan bajo como alto es su conocimiento del tenis. ¡Lo que ayuda un entrenador, aunque sea momentáneo! Prieto lo demostró, porque el Del Potro neoyorquino fue el más ordenado y racional tenísticamente de todo el 2017. Buena noticia: semifinalista del US Open, Del Potro tiene margen de mejora.

Tres horas antes del partido, Nadal se relajaba con juegos de mesa con familiares, aparentemente inmune a los nervios. Pero los nervios estaban: se vio en ese primer set en el que el tandilense lo apabulló. “No estaba jugando mal, pero estaba perdiendo. Tenía que cambiar algo”. Palabra de Nadal. Dos pasos al frente, menos tiros sobre el revés de un Del Potro que engaña con ese golpe –no sólo no es débil, sino que también complica a sus rivales– y actitud sin límites.

Unos metros más arriba de ese cemento inundado por el olor de las hamburguesas, Tiger Woods observaba con una semisonrisa amarga. Que lo atravesara cierta envidia sería comprensible; al fin y al cabo era testigo de la batalla de dos hombres que, tras ver de cerca el final de sus carreras, no dejan de asombrar por su vigencia. Estuvieron, dejaron de estar y vuelven a estar. Nadal y Del Potro pueden. Woods, rechoncho y resignado, ya no.

Mientras Nadal busca terminar el año como número uno, Del Potro bien puede tener ya la vista puesta en 2018, aunque antes lo esperan en el Masters de Londres: los británicos ruegan que esté, porque saben que es atracción, con todo respeto para Anderson y Pablo Carreño Busta.

El gigante de Tandil tiene, en definitiva, una nueva oportunidad. Un 2018 que es un lindo desafío, liberado ya de esa incómoda piedra en el zapato que era la Copa Davis. Lo de Del Potro es ya fascinante, y en parte porque es inexplicable.

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