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A la espera de Zama, la película

Pedro B. Rey

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LA NACION
Sábado 09 de septiembre de 2017
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Tantos libros tuve que leer por trabajo en las últimas semanas que hasta cuando pienso en pasarme al bando del cine aparece, insidiosa, la literatura. Lo demuestra el par de películas que me llamaron la atención en estos días. No tuve la oportunidad de curiosear todavía la primera, Los que aman, odian, en los cines desde anteayer. En cambio, gracias a un prestreno, sí pude ver Zama, que no llegará a las salas hasta fines de mes. Considerémoslo una paradoja periodística.

A las dos películas las une un hilo secreto: están basadas en novelas argentinas más o menos clásicas que siempre imaginé me gustaría ver alguna vez filmadas. Los que aman, odian, dirigida por Alejandro Maci, tiene como punto de partida la única ficción que escribieron juntos Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. Y aunque las críticas aparecidas subrayan sobre todo una escena de alto voltaje erótico entre los actores principales, más me intriga cotejar (prometo dirigirme al cine después del punto final de esta nota) cómo se revela la identidad del asesino, algo que los autores del libro, el matrimonio más conocido de la literatura argentina, consideraban una escandalosa picardía policial.

Las adaptaciones siempre tienen, de todas maneras, un dilema. Cuando a Roman Polanski le preguntaron por las bondades de El inquilino dijo que su virtud había sido basarse en una novela mala. ¡Pobre Roland Topor! La frase tiene mucha crueldad gratuita, pero también esconde su grado de verdad. Si no mala, al menos es una ventaja que no sea muy conocida. Eso evita las analogías y las añoranzas. Por eso Gabriel García Márquez siempre se negó a que Cien años de soledad llegara a la pantalla grande (¿o, se me ocurre de ponto, habrá sido que, apenas se publicó el libro, Pier Paolo Pasolini dijo que parecía escrita para venderle los derechos a una gran superproducción?).

Claro está. Las comparaciones no valen por la simple razón de que la representación perfecta no existe. Una película nunca reemplaza la historia original. Es, simplemente, otra cosa. El cineasta que se mide con una novela tiene como única condición la de ser infiel en la fidelidad y fiel en la infidelidad. Susan Sontag, cuando escribió sobre Berlin Alexanderplatz, la monumental versión que Rainer Werner Fassbinder hizo de una gran novela alemana (la firmaba Alfred Döblin), lo planteaba así: la literalidad no importa, pero si por qué el director optó por ese libro y no por otro.

Lo más fácil sería considerar que Lucrecia Martel eligió Zama –novela que se publicó en 1956 y tuvo un reconocimiento lento, pero firme– porque la obra de Antonio Di Benedetto comparte cierto aire con sus propias películas, aunque tal vez sea más cierto sostener que el parecido es justamente lo que permitirá que se distingan.

El escenario de la trama es, como se sabe, colonial. Estamos a fines del siglo XVIII. Un funcionario, don Diego de Zama, espera en Asunción ser trasladado a otro destino de la corona española, de preferencia Buenos Aires. Con su extraño idioma, que pertenece sólo a la novela, la desventura del protagonista tiene algo de eterna postergación kafkiana. En la película, Martel hace suya la historia con imágenes de una belleza seca y descarnada, dignas del paisaje áspero y rústico circundante. La espera de Zama, por lo demás, importa menos que la necesidad asfixiante de huir.


Las comparaciones no valen por la simple razón de que la representación perfecta no existe

Hay, sin embargo, un detalle que separa la película Zama del libro Zama. Curiosamente se trata de una omisión. La novela, como recordarán sus lectores, empieza con el protagonista junto al río, observando el cadáver de un mono que se enmaraña en los palos de un muelle viejo. A menos que me haya distraído por una fracción de segundo, no hay mono alguno en la versión de Martel. Tal vez no haya mejor manera de emancipar una película de su referente que pasar por alto su imagen más poderosa. Es una manera de darle a la novela lo que es de la novela y ponerle a la nueva obra que sale de ella una firma imposible de borrar.

Por esos contradictorios asuntos del destino, la bitacora del rodaje de Zama, escrita por Selva Almada y que acaba de publicarse, lleva como título El mono en el remolino. Puede leerse como el lado B de la película, un diario del set de filmación donde se palpa el barro, la paja seca, el calor formoseño, las interacciones del equipo y la presencia silenciosa de los qom. Entre ellos, sin levantar la voz, pero siempre escuchada, se mueve Lucrecia Martel. Prende un cigarro, fuma. “Parece –anota Almada, y ¡cómo no creer en esa síntesis después de tamaña película!– una exploradora del siglo XIX o un ave rara del siglo XXI”.

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