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Cómo reinventarse a partir del temperamento

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 10 de septiembre de 2017
Marcelo Gallardo, ante desafíos permanentes
Marcelo Gallardo, ante desafíos permanentes.

Los entrenadores del fútbol argentino conviven permanentemente con la obligación de reinventarse. Si exceptuamos el Boca de este año, que ha logrado mantener su base de jugadores, un repaso de los últimos años ofrece un panorama que se repite al final de cada campeonato: se van los mejores hombres y se incorporan otros que alteran la dinámica de los equipos y dan lugar a versiones diferentes. Porque más allá de las razones tácticas y estratégicas, nunca debe olvidarse que la definición de la forma de jugar depende de los atributos y cualidades de los jugadores.

Todos los directores técnicos padecen el mismo mal, pero los tres años de Marcelo Gallardo al frente de River son los que mejor ejemplifican estos vaivenes. Un repaso a su ciclo lleva a una conclusión rápida: sólo Maidana y Ponzio lo han acompañado siempre. El resto ha sido un reciclaje constante, con algún regreso como el de Ariel Rojas, pero sin continuidad alguna.

El último en marcharse fue Lucas Alario, un futbolista con características muy específicas y una enorme influencia en el juego colectivo, que obligará al técnico a dar una nueva vuelta de tuerca al funcionamiento ofensivo del conjunto.

Desde 2014, River ha mantenido un rasgo: su enorme capacidad competitiva. Gallardo ha impregnado a su plantel de una estabilidad llamativa que se pone especialmente de manifiesto en las series cortas, en las que el equipo, sostenido sobre todo por su temperamento y su carácter, ha lidiado bien con la presión y logró ser eficaz.

Los méritos del entrenador en ese sentido son indudables. El vestuario de un club grande es un ambiente muy sensible, que puede perturbarse por cualquier mínimo disgusto, mal resultado o suplencia mal llevada. Pero en este tiempo, el Muñeco supo mantener a titulares y suplentes muy compenetrados con la causa, fomentando la competencia interna y creando un clima muy positivo dentro del grupo. Ahora tiene por delante una tarea para la cual ya demostró tener suficiente talento: reorganizar el equipo en función de las cualidades de sus nuevos futbolistas y saber qué es lo que necesita cada uno para dar su mejor versión.

Se fueron Alario y Driussi; llegaron Ignacio Scocco, Rafael Santos Borré y Enzo Pérez, y cada una de estas modificaciones obliga a repensar las variantes disponibles a partir de observar cómo se van acoplando entre sí las distintas piezas, qué sociedades se van formando, de qué manera es posible potenciar a un jugador sin recortar el rendimiento de otro.

En el River actual, este último caso se evidencia sobre todo con la incorporación de Enzo Pérez. No es cuestión de sofisticar demasiado el fútbol, pero tampoco se trata de juntar jugadores y ponerlos porque sí. Hay que saber mezclarlos para que ninguno opaque la capacidad del que está al lado y todos puedan exponer sus mejores virtudes. Nacho Fernández, por ejemplo, es un futbolista que necesita tener movilidad para asociarse y un amplio radio de acción, y da la impresión de que si se le recorta su hábitat o si debe dividir sus funciones con un compañero se siente más débil, más incómodo. Es ahí, en esa búsqueda, donde el técnico debe trabajar.

¿Con un delantero o con dos?

Para hacerlo, Gallardo ha contado con un tiempo muy valioso. Se le vienen a River exámenes exigentes, como Banfield hoy mismo y un partido de cuartos de final de la Copa Libertadores en la altura, y hasta ahora, tanto en la primera fecha del campeonato como en el amistoso contra Boca, se vio un equipo sin definir. No queda claro si la apuesta es jugar con uno o dos delanteros, o en qué medida el hecho de agregar un volante, por muy bueno que sea, ayuda a ocupar bien los espacios y distribuir con claridad los roles, sin superposiciones que le quiten fluidez al circuito de juego ni sorpresa en la llegada.

Nadie puede asegurar que este River vaya a ser un gran equipo en poco tiempo, porque eso depende de un montón de factores. Por el momento cuenta con el carácter de su lado, esa mentalidad que lo llevó a conseguir resultados incluso por encima de su rendimiento. Y no es poca cosa.

Al fútbol, en definitiva, lo dominan las ideas, el estilo, la convicción, pero también el estado de seguridad, esa fortaleza de ánimo para llevar adelante lo que uno quiere que le suceda. Eso que, sin ir más lejos, en los últimos años no le pasa a la selección argentina.

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