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Frutas en escuelas, un modo de enseñar

Estudios en colegios mostraron que es posible cambiar hábitos

Domingo 10 de septiembre de 2017
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Más allá de los esfuerzos que se hagan desde la familia, es típico que cuando los chicos se escolarizan adoptan un estilo de alimentación que no es el aconsejado por pediatras y nutricionistas. Ya sea porque los entrega la propia escuela o porque los reciben de sus compañeros, los chicos suelen aficionarse a alfajores, galletitas, caramelos, facturas. Muchas veces, saciados por este tipo de comestibles, regresan a sus casas y dejan de lado la comida preparada en el hogar y las opciones mucho más recomendables. Frecuentemente, ese giro es "un camino de ida".

Luego de un diagnóstico de situación, Irina Kovalskys, coordinadora del comité de nutrición, obesidad y actividad física de Ilsi y docente de nutrición de la Universidad Favaloro, hizo dos estudios que buscaron explorar cómo intervenir desde la escuela para desarrollar hábitos de alimentación saludables. "Al principio hicimos un diagnóstico en escuelas públicas de la ciudad y del área metropolitana, y vimos que la obesidad y el sobrepeso efectivamente son un problema -cuenta-. A partir de allí, diseñamos una intervención y construimos un modelo propio a partir de experiencias que se estaban aplicando en otros países, pero adaptado a nuestro medio."

Los trabajos, llamados "Salten" y "Minisalten" (el primero, en chicos de cuarto y quinto grado, y el segundo, una prueba de concepto en jardín de infantes), tuvieron como objetivo mejorar los hábitos alimentarios y aumentar el gasto energético en los recreos escolares. Para esto, aplicaron un programa educativo impartido por las maestras a través del juego. En cada una de las 80 escuelas que participaron, instalaron un carro (diseñado por docentes de Arquitectura de la Universidad Di Tella), donde se ponía la fruta que se entregaba por un valor simbólico, que hoy sería equivalente a un peso. "Discutimos mucho si teníamos que regalarla o cobrarla, pero quisimos que los chicos las valorizaran, para que no se las llevaran sin consumirlas -explica-. El carro lo atendían las maestras, la directora, hasta en algunos casos, los propios chicos."

Un componente no menor fue el impartido por profesores de educación física, que iban a la escuela y organizaban juegos inclusivos que implicaran un gasto energético moderado a vigoroso.

Después de dos años continuados de intervención, los investigadores se encontraron con la agradable sorpresa de que, sin interferencia alguna de la escuela, los quioscos también empezaron a ofrecer fruta. "La idea es aplicar un modelo socioecológico que intenta dejar de lado el «deber ser» en la alimentación -concluye-. Insistir en que es «lo que hay que hacer» genera un efecto paradójico, los chicos se resisten. En cambio, nosotros intentamos tentarlos, mostrarles que comer fruta es cool."

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