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La sensibilidad y el arte pueden salvarnos

Lunes 11 de septiembre de 2017
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LA NACION
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PERRO (UN CUENTO RURAL)

Dramaturgia y dirección: Hernán Grinstein/ intérpretes: Carlos Bembibre, Francisco Daniel Franco, Hernán Grinstein, Jorge Laplace y Jimena López/ escenografía: Hernán Grinstein/ asesoramiento de escenografía y vestuario: Macarena García/ luces: Lucía Feijoó, Christian Gadea/ sonido: Federico Torres/ asistencia de dirección: Federico Torres, Eugenio Sauvage/ sala: El Método Kairós (El Salvador 4530)/ funciones: viernes, a las 20.30/ duración: 70 minutos/ Nuestra opinión: muy buena

Perro (Grinstein), medio hombre, medio bestia
Perro (Grinstein), medio hombre, medio bestia.

Lo humano como rasgo positivo conlleva, claro, su antónimo: la inhumanidad. Como si todos los hombres cargasen como propios ciertos rasgos de crueldad infinita que aplican en otras personas o en otros seres, la inhumanidad es parte intrínseca de cada quien. Lo que Hernán Grinstein construye en su dramaturgia y en su puesta en escena es un trabajo muy cuidado sobre la miseria y la brutalidad que habitan en el ser humano, que, desatadas y con poder, pueden generar cosas espantosas en un otro. Sea animal, bestia o un semejante. La esclavitud, el sometimiento, el desamparo son elementos que circulan en la obra. Pero, aunque la historia tenga sesgos tristes y desesperanzadores, hay una salida: el amor. La sensibilidad y el arte también habitan en todos y bien conducidos pueden salvarnos.

Una vez más el teatro trae la temática del campo a escena. Será porque en aquellos aires está la pureza de los estados, la bravura necesaria para hablar del hombre en todas sus facetas. Desde el olor a establo, la paja suelta por el piso, las imágenes del Gauchito Gil en la entrada hasta, finalmente, los cinco personajes que construyen esta historia, el clima campero se mete en la escena. Tony, el patrón, por un lado, con sus criaturas, Perro y Leyla, como pertenencia -cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia-, y los dueños de la pulpería de aquel pueblo, hombres desalmados, que son los encargados de armar las peleas mortales en las que Perro tiene mucho para dar, pero también mucho que perder.

Aquí Tony sin dudas es el salvaje. El ser más inhumano de todos. Sus criaturas sólo verán cómo hacer para sobrevivir en el desamparo y en la humillación. Aun ahí, en la orfandad que implica depender de un amo para comer y vivir, el amor existe y perdura. Si Perro es efectivamente un perro o un humano, poco importa. Su ser porta la nobleza, la fidelidad y la sensibilidad. Para crear este ser, medio hombre, medio bestia, Grinstein hace un trabajo excepcional que va desde el cuerpo hasta la voz, para tornarlo ambiguo a tal punto que quedará la pregunta sobre su condición sobrevolando en la pieza.

Nacida de un montaje que el propio Claudio Tolcachir dirigió hace casi diez años en Timbre 4, Perro (un cuento rural) sigue su camino desde entonces, pasó por muchas salas, acuñó unos cuantos premios bien merecidos, sobre todo por el gran trabajo de Hernán Grinstein en todos los frentes.

Criaturas cosificadas que pierden su identidad y se mezclan con el deseo y las frustraciones de otro que las somete y les quita sus derechos. Y es ahí donde la obra se vuelve necesaria: para echar luz a esos seres olvidados que viven casi anestesiados. El hombre que se vuelve cosa sin derechos ¿sigue siendo hombre? Entonces Perro se vuelve metáfora. Ya no importa que sea perro o humano. Su vida ya no le pertenece, es de otro. Bastará saber si finalmente Perro encontrará alguna vez el momento preciso para reconocerse cosa y desde ahí, tocando fondo en su salvajismo, recuperar su identidad.

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