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¿Por qué leemos?

Daniel Gigena

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LA NACION
Lunes 11 de septiembre de 2017
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Cuando mi madre me preguntó una tarde ya lejana por qué leía tantas novelas no supe qué responderle. Estaba sentado en la parte alta de la escalera, donde daba un poco de sol a esa hora de la siesta, mientras ella removía la tierra de un cantero.

Como mi dormitorio era enorme, mi madre mandó construir una biblioteca muy funcional, con estantes de madera terciada pintados de blanco. Se podían hacer dos filas de libros por estante. Mi padre ya había muerto y quedaban las colecciones de libros que él había comprado a lo largo de su no tan larga vida. Policiales, biografías y novelas, y volúmenes de cuentos en ediciones muy bien encuadernadas. Algunas tapas imitaban el color del cuero y otras tenían los títulos impresos en letras doradas o, en el caso de las novelas policiales (de Raymond Chandler a Dashiell Hammett), en letras negras sobre fondo rojo.

Esa pregunta algo inocente de mi madre volvió a mí unos años después, mientras daba clases en una escuela secundaria de Villa Madero. "¿Pero por qué leemos esto?", quisieron saber los chicos. "Esto" eran cuentos de Jorge Luis Borges, de Julio Cortázar, de Silvina Ocampo (mi preferida) y de Haroldo Conti.

Muchos de ellos ya habían leído antes, con la profesora titular, relatos de Horacio Quiroga y de Manuel Mujica Lainez. Yo iba a darles clases hasta fines de ese año, de modo que tenía que convencerlos. Era un tiempo de descubrimientos, y no sólo literarios. Ellos no sabían que, antes de que nacieran, en esa zona de La Matanza había quintas de portugueses y que en otro tiempo ya lejano por el lugar donde estaba el patio escolar corría el agua de las acequias.

Había preparado una respuesta para esa ocasión: "¿Y por qué no?", les pregunté. ¿Qué podíamos hacer si no leer los mejores cuentos y al menos tres buenas novelas de escritores argentinos? No por nada la materia llevaba como título Literatura Argentina.

Otros antes de nosotros se habían dedicado a imaginar mundos o posibilidades del mundo con elementos (eso hay que reconocerlo) de este propio mundo. Algunos, incluso, lo hacían mientras nosotros estábamos en una escuela del conurbano bonaerense, a las diez de la mañana, interrogándonos sobre las razones por las que leíamos.

¿Por qué no, entonces? Esa respuesta resultó más efectiva que una explicación histórica o didáctica, que desde luego también tenía preparada. Esas respuestas irían apareciendo más tarde, a la hora de dar clases, preparar un cuestionario o detallar el plan de lecturas complementarias.

Leer literatura era no intentar ser útil por un rato, ni en un primer momento explicar nada ni levantar monumentos verbales sobre los autores (pocos de los que figuraban en el programa ministerial vivían en ese entonces). Las cuestiones prácticas durante la lectura quedaban reservadas para cuando, si no se entendía una palabra, teníamos que acudir al diccionario. Entre lectura y lectura, solía decirles una frase que había acuñado durante mi propia experiencia como alumno: "Consulten el diccionario en caso de que no entiendan una palabra".

Reconozco que al principio me fastidiaban, aunque, con el paso de los meses, empecé a agradecerles las preguntas que me habían hecho sobre el sentido que podía adquirir la lectura tanto como a desconfiar de las respuestas rimbombantes y elevadas sobre esos propósitos.

Leer una novela puede servir para amortiguar los efectos de un duelo o, como el caso ficticio de Don Quijote, la criatura de Cervantes, para convertirse en un héroe anacrónico. No sé si cada vez que leemos una novela nueva o un libro de cuentos que nos regalaron es para encontrar por fin la respuesta a esa pregunta que otros nos hicieron hace mucho y que nosotros no olvidamos.

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