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La angustia en Naples, la ciudad que temía seguir los pasos de la Atlántida

Lunes 11 de septiembre de 2017
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El País
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NAPLES, Florida.- Si el Vesubio sepultó Pompeya bajo la lava hace 2000 años, ayer se desató sobre Naples una tormenta que amenazaba con dejar parte de su borde costero bajo el mar. Ayer al mediodía, un voluntario que organizaba la seguridad de un hotel a 15 kilómetros de la playa les avisó a los huéspedes que a la una y media deberían meterse en sus cuartos y a las cuatro en el baño, fuera del alcance de las ventanas, cuyo refuerzo especial antihuracanes podía llegar a ser pulverizado por la potencia de Irma.

Poco más tarde, Jeff Arman, de 56 años, aseguraba en el vestíbulo, mientras el viento empezaba a doblar las palmeras y la lluvia caía en diagonal como una cortina enfurecida, que el nivel de la catástrofe dependerá de que el ojo del huracán pase por encima de Naples o, con suerte -aunque también de forma demoledora-, treinta kilómetros al Norte.

Es difícil concebir el escenario que pintan los meteorólogos para estos días en la costa sudoeste de Florida: que la tormenta haga crecer tanto el mar que lo empuje dentro de la ciudad y termine por sumergir por completo las casas más bajas. Naples, como una nueva Atlántida.

Desde la mañana, los bomberos y la policía recibieron la orden de no patrullar más las calles y refugiarse en sus cuarteles hasta después de la tormenta, en el mejor de los casos hoy por la mañana. No habrá auxilio para aquellos que no estén en un refugio, en un hotel con garantías o en una casa segura, lo más alejada posible de la costa.

Sobre las 14, el panorama era abrumador. Los vientos rondaban los 160 kilómetros por hora. Sólo quedaba atrincherarse y esperar el paso de la tormenta.

Peter Akey, de 64 años, bronceado y con revuelto pelo plateado, tiene su casa en la playa de Naples desde hace 40 años y aseguraba que, pese a que tiene seguro contra todo riesgo, "esa casa vale más que cualquier indemnización millonaria. Yo soy esa casa".

El alcalde Bill Barnett, un funcionario de tercera edad para una ciudad en la que pasan su retiro dorado miles de jubilados norteamericanos, sonríe a quien se encuentra a pesar de que se lo ve agotado con ese desgastado piloto amarillo. Repite: "Espero que todo el mundo esté bien y que superemos este huracán". Naples, de alguna manera, saldrá adelante. Y tal vez fortalecido. Pero ¿unidos?

Ante Irma, Florida se divide entre los que tienen ventanas antiimpacto y los que no las tienen. Los amigos que le dieron refugio a Regla Pino en su casa de Naples son de los segundos. Tampoco pudieron tapiar los delgados ventanales de la vivienda porque hasta los tablones, que buscaron a última hora, escasean. Pino, de 60 años, originaria de Cuba, pertenece a otra subescala de vulnerabilidad: la de los que no tienen casas sólidas, sino habitáculos prefabricados. "Yo vivo en una casa tráiler -dice- y me hicieron dejarla. Vine a este lugar, aunque tampoco hay mucha seguridad." Pino no sabrá si seguirá teniendo casa hasta que Irma haya pasado.

Anoche, en el hotel, un amigable matrimonio de jubilados de Boston que vive en esta ciudad tomaba una botella de vino chileno en el salón del vestíbulo. Tienen en su dulce retiro de Naples una casa "manufacturada" en un muelle, con un pequeño bote. Ante la amenaza de inundaciones costeras apocalípticas, decidieron hospedarse aquí. "A ver si el de arriba se levanta por la mañana y decide salvar mi botecito del ojo del huracán", bromea John Flaherty.

©El País, SL

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